A poco de la mudanza
(febrero, 1969)
Una caja fuera de lugar
un hueso apenas dislocado
parientes que irrumpen en la noche
desde la zona acordonada
El resto (más bien lo imaginamos)
unos cuantos columnistas atrapados
y alguien que grita “Se está quemando El Mundo”.
Desde entonces, me las arreglo con el lenguaje.
(Salvo el perro)
Y bien que nos fijamos en el cuadro: Lenin en Smolny, de Isaak Brodsky (1930). Un perro tendido a sus pies, cuyos ojos parecen malograr la brevedad de la pausa, revelando el interior en definitiva ferozmente doméstico de los “asuntos de Estado”. Como si el rodillo de la industria fuera para el pensamiento, en esa hora de reposo, no una ilusión sino una aplanadora; y el cerebro –epítome de un músculo– hubiese sido exprimido hasta la extenuación. En cierto momento imaginé un paisaje de fondo, despoblado; pero ahora puedo corregirlo. Nada se oculta en esa superficie (salvo el perro). La única verdad que se sostiene es la cabeza, cayendo por su peso, como si en efecto se fuera quedando dormido.






