Pyotr VAIL y Alexander GENIS: COCINA RUSA EN EL EXILIO (Fragmento II)

TRADUCCIÓN DEL RUSO:

DARIA SINITSYNA

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EL TÉ NO ES VODKA PARA TOMARLO POR LITROS

Es natural que el vodka se considere la bebida nacional rusa. No tenemos ningunas ganas de desmentirlo ya que sería una tontería, pero es necesario por el bien de la verdad. Porque también tenemos té.

El té llegó a Rusia desde China en 1638, o sea cien años antes de que lo conocieran, digamos, en Inglaterra. Desde entonces se ha convertido en el símbolo y a veces en la esencia de la sobremesa rusa. El samovar ha pasado a ser una manera de vivir. Una obra de Ostróvskiy o Chéjov es inconcebible sin uno. El tomarlo ha formado un pasatiempos específico ruso: conversaciones largas sobre el sentido de la vida, casas de campo, ruiseñores y cosas por el estilo…

Y eso que ahora en Rusia no saben tomar té. Como sucede muchas veces, para disfrutar de la cocina rusa hay que salir al exilio. No es que aquí entiendan mucho, pero en EE UU hay todo lo necesario para un goloso de verdad.

Antes que todo, olvídese de los paqueticos. Que no le confunda la rapidez del procedimiento o el precio. Puede preparar una taza de té fantástico en diez minutos e incluso los mejores no cuestan más de tres céntimos por vaso. Al paquetico le echan polvo, lo peor. Además, el pegamento al diluirse en la taza arruina el sabor.

Otro error histórico es la costumbre de echarle agua al ya preparado. Esta costumbre nace en la pobreza y se convierte en el prejuicio de que el té fuerte es dañino. No hay eminencia médica que no afirme que uno fortísimo preparado correctamente es muy bueno para la salud. Muchos dicen que el amor de los anglosajones a esta bebida les permitió crear un imperio universal. En cambio, la invención de los paqueticos lo llevó a la ruina.

Es alucinante la facilidad de preparar el té. Lo único que se necesita es el esmero. En principio, cocinar es un arte único en el cual la aplicación vale más que el talento.

Caliente una tetera de porcelana, échele té  –una cucharadita por cada taza más una por la tetera– y luego agua hirviendo (que no lleve mucho hirviendo). Déjelo reposar cuatro minutos (si más, va a saber amargo). Lo mezcla y lo echa a las tazas.

El té de verdad puede tomarse con azúcar pero sin limón o mermelada, que quitan el aroma. Si le gusta el inglés, observe la sucesión: échelo a la leche y no al revés. Cuesta creer que la mayor parte de la humanidad es incapaz de seguir estas reglas elementales y se toma un mejunje asqueroso en vez de gozar de una bebida realmente feérica.

En cualquier ciudad estadounidense hay una tienda donde venden los mejores por peso. Además, por todas partes existe el famoso té en lata de la marca inglesa Twinings. El mejor es el indio Darjeeling. También son muy buenos y olorosos los tés negros chinos de calidad, por ejemplo, el Yunnan. Para el té con leche queda mejor el de Ceilán. Y después de una comida fuerte es imprescindible el verde japonés. El chino Lapsang huele un poco a humo. Si lo añade a cualquier té negro, provoca recuerdos nostálgicos de haberlo tomado en el bosque.

A los amantes de sensaciones exóticas podemos recomendarles la variante calmuca  aproximada a las condiciones urbanas. Se prepara un té negro muy muy fuerte con leche hirviendo (¡sin agua!). Se añade un poco de sal y mantequilla. El té calmuco quita la borrachera, lo cual nunca está de más. Sobre todo si recordamos el antiguo refrán ruso: “el té no es vodka para tomarlo por litros”.

UNA CONGA que se acerca…

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Celebramos la aparición de Conga triste de La Habana (Araña Editorial, 2015),  del actor y escritor habanero Julián Martínez Gómez (1985), e ilustrado por David Redondo Bomati, Flick (Madrid, 1971).

Presentado hace poco por nuestro contribuyente, el narrador y gestor cultural Michel García Cruz en la quincuagésima Feria del Llibre de Valencia, al leer por segunda vez el poemario advierto la necesidad de seguir el futuro quehacer poético de este joven autor. La breve compilación que aquí ofrecemos, revela la forja de una voz diferente en el panorama de nuestra poesía más actual.

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Hoy viene del mar un aliento de tigre.

Mi corazón se derrite como los helados

en las mesas de Coppelia.

Los muchachos me miran salivando,

soñando con neveras.

Yo no soy más que un suspiro líquido

sobre la mesa.

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Muchachos en la Calle 23,

cada cual con su lucha.

En la comparsa de los poros,

vienen al mundo gotas

de sal y miel de Ochún.

Ojos de Eleguá y caminos.

Traspié de sueños,

danzón de caracoles.

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Negro bien negro de la noche,

abrázalos a todos.

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04

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Bájate de la bicicleta.

No quiero que cargues con mi peso.

Quiero llevar el tuyo de la mano,

viajar sin trampa,

sin bolsillo,

regalarte un jacinto.

La vida es una conga triste,

pero mi amor es blando

como la acera en agosto.

Bájate de la bicicleta, mulato.

¡Bájate!

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Doce del mediodía.

Hay rectificación en la columna,

diazepam en el macuto,

timbales,

sueño,

bajo,

flauta,

hastío,

violines,

días sin promesa.

Por Prado y Neptuno

el mismo Chachachá de siempre;

bailo despacio el engaño

para evitar el tedio.

Uno, dos y tres,

parece que no pasa el tiempo…

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01

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SÍNCOPA

Somos una alegría que viene

con lo triste,

arrollando como puede.

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La poesía en nuestro tiempo o del insoportable Paz

Para Diego, en Borges

Poemas de Gelsys M García

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                         Banquete

El baptisterio fue mi cuarto de juegos,
mi salón de espejos,
mi urinario.
En la pila bautismal escupí junto a los otros niños                             de la  catequesis.
Y me miré en el agua como se observa la gente en un cristal.
La cabeza de Juan Bautista fue lo único que vi en el fondo           del agua.
Salomé llevando la cabeza de Juan,
sirviéndola a los comensales hambrientos,
con un hambre de siglos de cristianismo.
Y un hilo de sangre,
cayendo de la bandeja,
manchándoles los vestidos
y el mantel blanco.

© 2013 Rafael Álvarez.

© 2013 Rafael Álvarez.

                                       El mensajero y el ángel

El mensajero que llega desfallecido, ya sea tras correr miles de kilómetros que separan un sitio de otro, ya sea por recorrer una distancia menor en un sentido espacial neto, real si se prefiere. El mensajero cuya mala nueva es la causa de su repudio público, de su condición de apestado. Del vocablo griego con que se designaba al mensajero se derivó nuestro «ángel». Quizás porque para los helenos toda noticia por llegar era trascendente y escapaba de cualquier maniqueísmo fácil. Ángel y mensajero, dos seres que son totalmente ajenos, antagónicos. El ángel nuestro pertenece a lo alto. La verticalidad es su reino. El mensajero pertenece a la tierra. El subsuelo es su verdadera morada. El ángel que anuncia a María es el único que desempeña el rol de mensajero. Viceversa sería imposible. Un mensajero trasmutado en ángel sería un cataclismo para el pensamiento occidental. Pangloss ángel. Cándido mensajero. Alcofribas Nasier ángel. Rudolf Diels mensajero.

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                                           Definición (47)

Llegar a la definición. El propio san Agustín lo intentó, pero su valor es puramente estilístico y quizás hasta retórico. Un pretexto escriturario más.

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La divinidad que da su mensaje en 114 azoras tan dispares en su extensión nos lleva a pensar en la confusión de ese Ser, incapaz de hilvanar un discurso coherente o un único estilo propio. Divinidad para nada creíble cuando su más excelso profeta se llama a sí mismo Muhammad, ‘Alabado’. El Dios de los cristianos está envuelto en polémicas mayores: la primera de ellas es la que concierne a lo que realmente es su mensaje: 66 libros, 73, 77 o 78. En segundo lugar, un Dios que se expresa ya en versos, ya en prosa; que se pinta a sí mismo como iracundo o como el perfecto amador; que lo mismo se deleita en la épica y pide la paz, que condena la lujuria pero que se distiende en cantares eróticos; no es más que el reflejo de un Ser inestable y difuso. Un Ser hecho a nuestra imagen y semejanza.

© 2014 Rafael Álvarez.

© 2013 Rafael Álvarez.

                                                Profesión de fe

Todos los Cristos me han parecido irónicos, seres innecesarios. El Cristo amarillo delata esa condición de ser sin rostro. Los Cristos sangrantes del arte han hecho de Cristo un souvenir más. El Cristo de los evangelios es un ser de ficción producto de las fabulaciones de inciertos autores también perdidos en el tiempo, un producto de la tradición oral. Del único Cristo que tenemos certeza es del apellidado Javacheff. Lo vemos como un hombre de los números, un funcionario del espectáculo occidental: miles de sobrillas en Ibaraki y en California; Christo sentado en una silla de madera y tela (como la de cualquier director del western spaghetti) contemplando un Reichstag envuelto en aluminio; un bosque de Basilea, cientos de árboles, cubierto de tela. Todos estos gestos solo son la prueba de su existencia: los millones de espectadores congregados ante sus obras testificando que Christo es un hombre.

Las del alba serían…

Con este texto que el gran Diego Ordaz (no el defensa de los Lobos, sino el literato) nos ha hecho llegar, se abre una nueva y necesaria sección temática en TDH dedicada a la crónica urbana. Me temo que, para bien, la ciudad elegida y su cronista pondrán en crisis los comodines mismos del género. Recomendamos altamente su lectura.

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No hace muchos días, a unas cuantas cuadras de mi casa —mi casa es su casa—, justo ante la espera del tren que pasaba lento, pardo en la calle mal iluminada, dos personas fueron descubiertas en una camioneta con un cadáver a bordo. Sucedió en la madrugada, preciso en la hora donde los trasnochados circulan ya ebrios, ya cansados, luchando por terminarse las cervezas que compraron en exceso. Ese horario justo yo lo calcularía entre las cuatro y seis de la mañana, entre el alba y la luz.

Esta noticia, en Ciudad Juárez, nada tiene de extraordinaria. Es una urbe que ha vibrado muchas muertes en tan variadas formas: dígase de cabezas —sin el cuerpo, sí— que aparecen dentro de una portería, crucificados en el puente más transitado o metidos en tambos de cemento a punto de fraguar, como ceremonia prehispánica. (Es momento que todos aquellos peregrinos de moral ambigua reclamen de este texto hablar sobre la belleza y las “cosas positivas” que albergamos los juarenses, y que arremetan diciendo que ni soy de la ciudad ni la quiero: venga, suenen los quejiditos burgueses reclamando la reapertura de bares y demás negocios).

Cuando los hombres —convertidos en jóvenes por la euforia del alcohol— fueron descubiertos con bebidas, bajaron de la camioneta: eran tres y solo dos atendieron la orden. Intentaron negociar, que si cuatrocientos, o quinientos, que si ochocientos pesos, que era lo más que llevaban. Ante la sospecha de que el tercero no descendía, los policías echaron un vistazo: estaba frío, tieso, sentado en medio de los dos, como si quisiera haberse perpetuado en la camaradería norteña de beber tres amigos en la cabina de una camioneta. Lo imagino con una cerveza entre sus piernas, sosteniéndola con su mano fría: ahora, la botella tibia y la mano fría, como en una trasmutación de cualidades, de servicios.

Canto Vital, coreografía de Azari Plisetski.

© 2014 Rafael Álvarez.

Los tres amigos fueron consignados, dos ante el ministerio público y el otro al anfiteatro. En las declaraciones ante la prensa (televisoras locales y periódicos) los dos sobrevivientes aseguraron que llevarían a su amigo a casa, donde vivía sólo, sin sírvete, ni madre, como diría Vallejo. Que lo dejarían allí, dentro, acostado en su cama, para que al paso del tiempo los vecinos dieran parte a la policía y lo declararan muerto por congestión, por mezcla de red bull con whiskey, por exceso de pastillas con cerveza o qué sé yo. Las circunstancias generales de la muerte, de cualquier manera, serían las mismas y, eso sí, sin culpa para lo amigos, que realmente cumplían con una entrega digna del tercero a Mitla. Sin embargo, la policía en esta ciudad, como los bomberos que lanzan fuego de Fahrenheit 451, es injustamente oximorónica: cuando asaltan, secuestran, roban o matan, no se aparecen sino hasta un tiempo considerable, el suficiente para que el delincuente llegue a su casa y se ponga las pantuflas mientras su esposa le hace una rica cena y los niños terminan la tarea a regañadientes; cuando deben dejar que la vida transcurra, apacible y melancólica, interrumpen como moscas en burrería. Esta vez importunaron una camaradería genuina, digna y derecha: los chicos despedían a su amigo y lo entregarían en casa hasta que las Tecates se terminaran. Ni modo.

La muerte (las muertes), sin duda, tiene esa cualidad variopinta que también tiene la vida. En esta ciudad se presenta la de la hoz, aunque parece que ya disminuye la frecuencia, de todas las maneras imaginables: basta revisar los periódicos de cinco años a la fecha. No es del todo malo y casi llega a ser reconfortante —lo digo no sin temor a que me engañe cierto pulso literario— que una vida se extinga entre amigos de buena voluntad, aunque emprendan acciones socialmente incorrectas. Ojalá Ciudad Juárez, así Caronte, estuviera entregada a esa amabilidad, ese desinterés, esa camaradería.

Diego Ordaz

5 de mayo de 2014, Ciudad Juárez, Chihuahua

Iniciación cubana de KATÁBASIS

TDH celebra KATÁBASIS (2014), del sello editorial cruceño LA MIRADA, con dos fragmentos de su lectura poética en La Habana: “La ruta de la seda”, de Jesús Barquet  y “Los sueños de Anu. Tablilla II”, de Yoandy Cabrera, leídos ambos por el propio Barquet en la presentación del libro que tuvo lugar el 24 de marzo del presente año en el CC Dulce Ma. Loynaz.

 

Fragmento de LA NORIA, de AHMEL ECHEVARRÍA

TDH está de vuelta, después de un largo receso, y lo hace celebrando el otorgamiento del Premio Italo Calvino 2012 al joven narrador cubano Ahmel Echevarría con la publicación de un fragmento de su laureada  La noria (Unión, 2013).

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I. El cañón en la boca

1.

¿Nunca se sabrá cómo contar esta historia?

Estaba de pie, frente a la ventana —el único ventanal que tiene la sala de su apartamento—, a cinco pisos de altura sobre la calle Campanario. El sol caía vertical sobre el asfalto, rebrillaba en los cromos y parabrisas de los viejos automóviles americanos o en la flamante carrocería de los autos modernos. Esta calle no tiene soportales ni árboles en las aceras, solo viejos edificios y caserones que con el paso de las décadas y el arduo clima del trópico dejan caer pedazos de sus fachadas —incluso han perdido más que la testa de una cariátide, parte del alero o balcón encima de algún caminante o inquilino—; a los transeúntes no les queda otro remedio que ir calle arriba o calle abajo sin poder resguardarse del duro sol del mediodía multiplicado por el pavimento. ¡Cuánto quisiera este hombre disfrutar ese aparente andar despreocupado de los que caminan por la calle y la acera! Pero un episodio, para él muy particular, ha vivido. No lo ha olvidado. Incluso buscó papel en blanco y se ha puesto frente a la vieja máquina de escribir.

¿Cómo contar ese episodio? ¿Nunca se sabrá?

Se encoge de hombros. Luego de mirar el reloj regresa al cómodo butacón en donde estaba sentado.

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Había cerrado los ojos antes de respirar profundo. Este hombre de barba cana, con un peinado afro que le impone varios centímetros a su espigado cuerpo, necesita encontrar la calma. Mientras escucha los Conciertos de Brandeburgo siente los latidos de su corazón. Pegan muy fuerte en el pecho y la sien. Solo está convencido de que hay una historia, una historia espera por ser contada. La vivió en cuerpo y alma. Aunque parezca inverosímil cree que debe escribirla.

Tan pronto exhala, abre los ojos y toma un libro: Las armas secretas de Julio Cortázar (Editorial Sudamericana, 1959). Es un ejemplar autografiado en 1963 por el propio Cortázar al finalizar una charla; era su segunda visita a Cuba.

Lo abre justo donde está el marcador: el cuento ‘Las babas del diablo’. Y de pie comienza a teclear en su Remington:

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada.

Relee lo escrito y mira hacia el librero: Proust, Dostoievski, Hemingway, Borges, Carpentier, Lezama, Henry James, Faulkner, Piñera, Cabrera Infante, Arenas, Flaubert, Pessoa, Tolstoi… Imagina el lomo de cada libro como el rostro de alguien que lo observa y juzga. Pero con un golpe de tecla retoma la escritura:

… formas que no servirán de nada. Si se pudiera escribir: lo vieron caminar por el boulevard de Obispo como quien va en dirección al mar,

Mientras se rasca la barba se pregunta si alguien en pleno siglo XXI tendría paciencia para leer un relato en donde se experimenta con el lenguaje. ¿Puro fuego de artificio? Sus dedos tamborilean sobre la carcasa de la Remington. Y toma un bolígrafo. Luego de tachar la frase inconclusa decide retomarla:

… formas que no servirán de nada. Si se pudiera escribir: lo vieron caminar por el boulevard de Obispo como quien va en dirección al mar, para terminar el acostumbrado paseo del tercer sábado del mes, después de un almuerzo, sentados sobre el muro del litoral bajo el tibio sol de la tarde, un sol que se irá doblando en calor y luz sobre la piel, o: nos me duele el fondo de los ojos cuando miro el claro y altísimo azul interrumpido a ratos por enormes manchones blancos, arrastrados por la brisa que llega desde el mar; nos me duele el fondo de los ojos si miro a esa porción de cielo que nos deja sobre mí esas vetustas fachadas a ambos lados del boulevard, mientras andamos como quien va en dirección al mar, sabiendo que allá, al muro del litoral, no llegaré como otras veces: atiborrado de un mediocrísimo arroz frito, boniato hervido, ensalada, el dulcísimo postre y una cerveza más agria que amarga; atiborrado pero con un gran sosiego. Esta vez, casi en la mitad de mi paseo sabatino, habrá un portón abierto que sin yo saberlo me espera. O si mi Remington y yo, en plena comunión y ósmosis, dejáramos impreso en un papel: tú la mujer trigueña y la muñeira que llega a mi oído, una mujer y los acordes de una danza que ya no siguen allí, en el portón, en esa puerta que sin saberlo estuvo abierta, a mitad de cuadra; la gaita y los redobles de no sé qué otros instrumentos acoplados en el seis por ocho de la muñeira, y una mujer trigueña toda sonrisa delante de mis sus nuestros rostros.

Ha escrito el primer párrafo de su relato luego de poco más de veinte años sin escribir un texto de ficción. Antes de quitarse los espejuelos vuelve a mirar hacia el librero.

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S/T. De la serie "Muñeca Mía". René Peña, 1992.

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 2.

Supongamos que este hombre se llama Jorge Luis, Julio César o Antón, Piotr Ilich, Ernest, Virgilio, Fiódor o quizá Johann Sebastian. La lista de posibles nombres podría ser mayor, porque tras seleccionar un disco iba hasta su Remington. Se sabía en un rapto de emoción y dejaba atrás su propia identidad; tal como hoy, deviene otra persona frente a la máquina de escribir.

Tiene una variada colección de óperas, conciertos, sinfonías, oberturas y oratorios junto a las vacas sagradas del rock & roll, el bossa nova, la nueva y la vieja trova, el rock, los pardos búfalos del filin, el bolero y el jazz. En el aparador —en donde todavía está la Remington— escribía. Y lo hacía como según él debía hacerse: de pie, descalzo, emocionado.

A ratos busca en su librero un ejemplar de Emancipación: Cultura y Sociedad. Conserva viejos números de esa revista trimestral, pero no elige al azar; hay, en la cuarta edición del año 1970, en la sección “Crítica de Arte y Literatura”, un ensayo dedicado a sus textos narrativos: ‘¿El Paraíso en la Tierra?’, de Alfonso Fernández de la Riva.

Ha vuelto a tomar la revista. Pero hoy solo releerá algunos párrafos:

“Me atrevería a afirmar que su cuerpo es el escenario donde batallan mujeres y hombres sin una Gran Historia a sus espaldas, pero cuyas historias mínimas resultan verdaderas tragedias. El amor y la muerte, la traición, la soledad y la culpa en medio de una «vorágine» mucho mayor: la Revolución; entre tales temas se debaten los protagonistas de su novela La duquesa (Nueva Isla, 1964) y su todavía inédita “Fin de semana en Neverland” (Segundo Premio del reciente Concurso Anual de Novela de la Sociedad Nacional de Artistas y Escritores —SNAE) o de su cuaderno de cuentos Bajo el mismo cielo (Ediciones Sociedad, 1968; Premio del Concurso Anual de la SNAE 1967), incluso su breve poemario Kabuki (Ediciones Sociedad, 1966). Con la lectura, el lector tendrá ante sí a individuos de diferentes estratos sociales; están en esas páginas, como si el autor los hubiera creado a partir de una de sus costillas. Allí están, con sus virtudes pero también con sus grandes defectos, cobran vida en esas páginas soldados y obreros, batallones y sindicatos, burgueses venidos a menos, prostitutas, viejos guerrilleros, anarquistas y comunistas evocando escaramuzas y heridas en un país anclado en el Caribe.”

Tras hacer una pausa se pregunta cómo Fernández de la Riva pudo haber muerto de un paro respiratorio. Era evidente el sobrepeso, pero el asma no lo aquejaba, tampoco tenía un carcinoma en los pulmones. En la nota necrológica los diarios notificaron que la muerte se debió al fallo respiratorio. El redactor de la nota incluyó la hora del velorio y el lugar donde sería sepultado. ¿Era aquel paro simplemente una casualidad? ¿O la punta de una madeja en la que tarde o temprano se enredaría un cuerpo obeso, de 52 años, aparentemente sano? Una vecina lo encontró muerto. En las mañanas esta mujer le llevaba café. Fue en diciembre de 1971 cuando lo vio tirado en el suelo, boca arriba, húmeda la entrepierna; un espumarajo blanquecino brotaba de la boca.

En 1970 llegó a las librerías un libro de ensayos de Alfonso Fernández de la Riva: ¿Microcosmos? (Editorial Nueva Isla). Recorría varios años de literatura cubana y se detenía en una docena de autores: Julián del Casal, Emilio Ballagas, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz, Lino Novás Calvo, Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Ezequiel Vieta, Dulce María Loynaz y Cintio Vitier. Pero en la primera edición del 71 de la propia Emancipación: Cultura y Sociedad —de la cual fue su fundador y director desde 1963 a 1969— publicaron una reseña sobre su libro sin que él se diera por enterado. Alguien, parapetado tras el seudónimo Leovigildo Avilés, apretó el gatillo: “al autor de ¿Microcosmos? no le interesa ahondar únicamente dentro de los límites de la simple crítica literaria. Ese aparente ejercicio del ensayo de tema literario cae en el terreno de la ideología y la confrontación. Su carga de subjetivismo es indudablemente ladina exaltación, subversión, realidad muy parcializada amparada en pretendidas posiciones revolucionarias.”

Mientras lee fragmentos del ensayo de Alfonso Fernández de la Riva enarca las cejas. Según la autopsia, Fernández de la Riva tenía demasiado alcohol en el torrente sanguíneo y una increíble cantidad de barbitúricos en el estómago. ¿Necesitaba apaciguar su escritura, mantener a raya la exaltación y la subversión? Se sabía de la gran afición de Alfonso no solo por la buena cocina y la literatura, con cierta y ya no tan discreta frecuencia organizaba el “doble festín de la carne”. Gracias a una enemistad a raíz de una reseña literaria escrita por él y publicada en Emancipación: Cultura y Sociedad, un olvidable narrador hizo público detalles que todos intuían pero que nadie a ciencia cierta sabía: cómo Fernández de la Riva saciaba el hambre de cuanto jovenzuelo recluta, incivil o universitario pescaba y a la vez saciaba la suya. “Salir tras un jabalí. Cazarlo. Comerse al aderezado jabalí.”

Tras imaginar los supuestos festines retomó la lectura del ensayo:

“He leído en cierta publicación la siguiente aseveración: No es inteligente abandonar las profundas raíces realistas e históricas de la narrativa nacional por otras quizá novedosas, pero que no están lo suficientemente sustentadas desde el punto de vista estético, ni por la apreciación del público lector. La cita, como el texto del que fue extraído, opera como una suerte de alarma. Intenta advertirnos que es peligroso alejarse de nuestras tradiciones literarias. ¿Acaso debe un escritor argentino no fijarse en otra tradición literaria sino la de Sarmiento, Macedonio Fernández, Leopoldo Lugones, José Hernández, Ricardo Güiraldes?”

Cada vez que relee el ensayo ‘¿El Paraíso en la Tierra?’ se pregunta si verdaderamente su obra es lo analizado. Lo cierto es que Fernández de la Riva lo nombraba, mencionaba sus libros, sus personajes.

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Los Conciertos de Brandeburgo, Pasión según San Mateo o la Sinfonía No. 40, el Réquiem en re menor, Sinfonía de los adioses y El Mesías, Música acuática o la Sinfonía nº 9 en re menor le servían para escribir y a la vez pagarse un boleto de ida y vuelta a otro cuerpo y por un momento llamarse Julio, Jorge Luis, Julio César o Antón, Piotr Ilich, Ernest, Virgilio, Fiódor o Johann Sebastian. Pero eso era antes, cuando alternaba los cuentos, relatos y novelas con la poesía, la dramaturgia o sus textos críticos. Hoy, a pesar de que tiene a mano el libro Las armas secretas, prefirió llamarse Ernest en vez de Julio.

Ernest es el nombre ideal no solo porque Hemingway escribía de pie; hoy, en su emoción y desvarío, este hombre siente que irremediablemente hay algo duro en su boca, acerado y frío. ¿El cañón de una escopeta?