KRUSCHOV, de Dolores LABARCENA

La editorial Verbum acaba de publicar la primera novela de la escritora cubana Dolores Labarcena, colaboradora habitual de este espacio. Celebramos tan buena noticia con un fragmento de KRUSCHOV. 

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(Fragmento)

Donde impera el poder invariablemente habrá fisuras. Prenda la situación por el cogote. Ya sé que es insólito y que solo los psicópatas reaccionan así, sin nervios. Pero en todo individuo hay un psicópata latente. Vale, venga, llegó la hora… Ignórelo. Saque el suyo. Pase por encima de él. Es solo el portero del Bingo: un lugar tan arte­ramente triunfalista como el traje de látex que lleva puesto. ¡Haga algo! Y me sorprendió el desenfado con que profería tales manifes­taciones. El carácter despótico que afloraba en él, Kraus, un altozano del psicoanálisis, me dejó amilanado. Ok, si no logra hacer acopio de coraje, no lo haga. Entremos sin más. No lo mire, dijo Kraus. No obstante, mi traje llamó la atención de forma inusitada, o eso pensé, ya que al pararnos en la entrada del Bingo, el portero, muy civilmente, me impidió el paso con el argumento de que con ese traje no debía entrar. Esto es una Sala de Juegos, dijo. Y además, que me había equivocado y la fiesta de disfraces era en el Carabalí, el pub de la esquina. ¿Qué pasa?, desafió Kraus al portero. ¿No es evidente? Pertenece a la subcultura de los cosplayers, dijo señalando hacia mí. Vivimos en una sociedad libre, democrática, ¿no? Vamos, hombre, déjenos pasar. Los cosplayers son personas inofensivas, el único fin es disfrazarse de sus personajes favoritos, en su caso de Spiderman, pero los hay que se disfrazan de Bob Esponja, de Barbie, de Mickey Mouse… Venga, venga, que venimos a tirar nuestro dinero, comentó Kraus despectivamente. A la fiesta del Carabalí vaya usted. Nosotros queremos probar suerte. ¿De qué derecho de admisión habla?, ¿eh?, ¿eh? Apártese si no quiere que llame a su superior. ¡Mastodonte! Por menos que esto en Las Vegas lo echarían a patadas. Recuerde que tie­ne trabajo gracias a los jugadores. ¡Apártese!, y el portero se apartó, no sin antes llamar por un walkie-talkie del que escuchamos un “Au­torizado. Mantenga código azul. Cambio y fuera.” Mi apocamiento fue tal, que permanecí como en los sueños donde gesticulas pero no alcanzas a proferir palabra. Parado, avance, nos sentaremos en la mesa de la señora con el helado. Pediremos cuatro cartones. ¿Ha jugado al Bingo? Un juego matemático, se trata de dividir la cantidad de carto­nes que se usa en cada ronda por la cantidad total de cartones en jue­go. Si hay 100 cartones en juego, y nosotros tenemos cuatro, tenemos el cuatro por ciento de probabilidades de ganar. Por supuesto, hay que tener la destreza de calcular la cantidad de jugadores, y estable­cer un promedio de cartones por cada uno. ¿Ha entendido, Parado? Yo jugaré, usted en tanto observe a su alrededor, dijo al sentarnos.

Dinner is served

Y observé. A nuestro costado se encontraba un joven que miraba compulsivamente a la cantante de los números, venía acompañado de un señor mayor, quizás su abuelo, el cual no prestaba atención ni tenía cartones; solo bebía Red Bull, imagino que contagiado por el nieto. En la mesa de atrás, un señor en chándal se tomaba un cortado o un carajillo de Baileys, mientras cinco chicas eslavas se reían del camarero, que era manco. Se inhalaba un aire tenso y viciado. En los rostros se podía apreciar con total certeza la derrota o el triunfo. ¡Bin­go!, gritó alguien, y la sala enmudeció. Luego se escuchó un bisbiseo antes de instaurarse el silencio, la expectación. ¿Ha visto, Parado?, cálculo, susurró Kraus. Un cartón más hace la diferencia. Por eso pedí cuatro. Y es poco. Ese individuo de allí, ¿lo ve?, el del bisoñé, se gasta lo mínimo 380 euros diarios. Fue paciente mío. Sin embargo, no terminó el tratamiento. Un acto biológicamente natural, el juego. Lo lúdico, Parado, el oficio de entretener está en nuestros genes mu­cho antes que el lenguaje, antes incluso que el hombre de las cavernas. ¿Ha observado esos rostros? Sí, respondí. ¿Y qué le parecen? Pues gente crispada. Así es, si usted Parado, ahora juega y pierde, lo lógi­co es que se disparen en su cerebro sentimientos de insatisfacción. Normal, uno de los sentimientos más primitivos que hemos heredado es ese. La dicha es el resultado de una victoria obtenida. Por tal mo­tivo lo traje. Fíjese, el triunfador de cada ronda es uno entre tantos. El ejemplo, Parado, sirve igualmente para allá afuera, la vida. ¿Y qué trato de advertirle con esto? Que el que persevera triunfa. No obstante, en ello debe ir implícita la autodeterminación. Y es aquí donde comenzamos el tratamiento, no antes. Levántese y cólmese de valor, vocifere: Soy un hombre libre. Grítelo, dijo Kraus, y fue lo que hice. Llené de aire mis pulmones y exclamé aquella frase. Primero tímida, pronto enérgica, convincentemente: ¡Soy un hombre libre!… No quiero recordar. Se acalló la cantante de los números, un jugador me lanzó una lata de cerveza, la señora del helado mientras tiraba sus cartones en la mesa me llamó varias veces malparido, las chicas eslavas aprovechando el bullicio vociferaban: ¡Manco, manco, manco! El manco perturbado fue corriendo a buscar al portero. Nada, que se armó un zafarrancho de combate, todos imprecando a la vez: ¡Estafadores! ¡Devuélvannos el dinero! ¡Cuadrilla de chorizos!, etc… Sin dejar de patearme, el portero, un hombre fornidísimo y de una crueldad indecible, me colmó de oprobios, olvidándose de la explicación exhaustiva de Kraus sobre los cosplayers: ¡Fantoche! ¡Capullo! ¡Vete hacer puñetas al festival del cómic!, y cosas así. Me sentí infinitamente agraviado, ultrajado, y si bien esquivé las patadas, los dolores no me dejaban mover un músculo. ¿Me permite que descanse?, jadeante le rogué a Kraus tras un grandísimo esfuerzo, al rebasar el portal que estaba justo a unos cincuenta metros del Bingo y que pertenecía a la iglesia de la Inmaculada Concepción. ¿Descansar? Mire Parado, el alboroto y enfrentamiento físico de usted con el portero harán que venga la policía en cuestión de segundos. ¿No siente la alarma? Dígame, ¿trajo ropa para cambiarse? No, no, y expresé varias veces el no con inflexión pujante y exasperada. En ese momento se me unieron el cielo y la tierra. Ni una palabra más. Desaparezca, Parado. ¡Lárguese! Consiga que su presencia se convierta en un completo misterio. ¡Huya! ¡Eche a correr!

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NOTA: Los interesados en adquirir esta novela pueden hacerlo en 

http://www.casadellibro.com/libro-kruschov/9788490741696/2541037

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Pyotr VAIL y Alexander GENIS: COCINA RUSA EN EL EXILIO (Fragmento II)

TRADUCCIÓN DEL RUSO:

DARIA SINITSYNA

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EL TÉ NO ES VODKA PARA TOMARLO POR LITROS

Es natural que el vodka se considere la bebida nacional rusa. No tenemos ningunas ganas de desmentirlo ya que sería una tontería, pero es necesario por el bien de la verdad. Porque también tenemos té.

El té llegó a Rusia desde China en 1638, o sea cien años antes de que lo conocieran, digamos, en Inglaterra. Desde entonces se ha convertido en el símbolo y a veces en la esencia de la sobremesa rusa. El samovar ha pasado a ser una manera de vivir. Una obra de Ostróvskiy o Chéjov es inconcebible sin uno. El tomarlo ha formado un pasatiempos específico ruso: conversaciones largas sobre el sentido de la vida, casas de campo, ruiseñores y cosas por el estilo…

Y eso que ahora en Rusia no saben tomar té. Como sucede muchas veces, para disfrutar de la cocina rusa hay que salir al exilio. No es que aquí entiendan mucho, pero en EE UU hay todo lo necesario para un goloso de verdad.

Antes que todo, olvídese de los paqueticos. Que no le confunda la rapidez del procedimiento o el precio. Puede preparar una taza de té fantástico en diez minutos e incluso los mejores no cuestan más de tres céntimos por vaso. Al paquetico le echan polvo, lo peor. Además, el pegamento al diluirse en la taza arruina el sabor.

Otro error histórico es la costumbre de echarle agua al ya preparado. Esta costumbre nace en la pobreza y se convierte en el prejuicio de que el té fuerte es dañino. No hay eminencia médica que no afirme que uno fortísimo preparado correctamente es muy bueno para la salud. Muchos dicen que el amor de los anglosajones a esta bebida les permitió crear un imperio universal. En cambio, la invención de los paqueticos lo llevó a la ruina.

Es alucinante la facilidad de preparar el té. Lo único que se necesita es el esmero. En principio, cocinar es un arte único en el cual la aplicación vale más que el talento.

Caliente una tetera de porcelana, échele té  –una cucharadita por cada taza más una por la tetera– y luego agua hirviendo (que no lleve mucho hirviendo). Déjelo reposar cuatro minutos (si más, va a saber amargo). Lo mezcla y lo echa a las tazas.

El té de verdad puede tomarse con azúcar pero sin limón o mermelada, que quitan el aroma. Si le gusta el inglés, observe la sucesión: échelo a la leche y no al revés. Cuesta creer que la mayor parte de la humanidad es incapaz de seguir estas reglas elementales y se toma un mejunje asqueroso en vez de gozar de una bebida realmente feérica.

En cualquier ciudad estadounidense hay una tienda donde venden los mejores por peso. Además, por todas partes existe el famoso té en lata de la marca inglesa Twinings. El mejor es el indio Darjeeling. También son muy buenos y olorosos los tés negros chinos de calidad, por ejemplo, el Yunnan. Para el té con leche queda mejor el de Ceilán. Y después de una comida fuerte es imprescindible el verde japonés. El chino Lapsang huele un poco a humo. Si lo añade a cualquier té negro, provoca recuerdos nostálgicos de haberlo tomado en el bosque.

A los amantes de sensaciones exóticas podemos recomendarles la variante calmuca  aproximada a las condiciones urbanas. Se prepara un té negro muy muy fuerte con leche hirviendo (¡sin agua!). Se añade un poco de sal y mantequilla. El té calmuco quita la borrachera, lo cual nunca está de más. Sobre todo si recordamos el antiguo refrán ruso: “el té no es vodka para tomarlo por litros”.

UNA CONGA que se acerca…

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Celebramos la aparición de Conga triste de La Habana (Araña Editorial, 2015),  del actor y escritor habanero Julián Martínez Gómez (1985), e ilustrado por David Redondo Bomati, Flick (Madrid, 1971).

Presentado hace poco por nuestro contribuyente, el narrador y gestor cultural Michel García Cruz en la quincuagésima Feria del Llibre de Valencia, al leer por segunda vez el poemario advierto la necesidad de seguir el futuro quehacer poético de este joven autor. La breve compilación que aquí ofrecemos, revela la forja de una voz diferente en el panorama de nuestra poesía más actual.

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Hoy viene del mar un aliento de tigre.

Mi corazón se derrite como los helados

en las mesas de Coppelia.

Los muchachos me miran salivando,

soñando con neveras.

Yo no soy más que un suspiro líquido

sobre la mesa.

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Muchachos en la Calle 23,

cada cual con su lucha.

En la comparsa de los poros,

vienen al mundo gotas

de sal y miel de Ochún.

Ojos de Eleguá y caminos.

Traspié de sueños,

danzón de caracoles.

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Negro bien negro de la noche,

abrázalos a todos.

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04

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Bájate de la bicicleta.

No quiero que cargues con mi peso.

Quiero llevar el tuyo de la mano,

viajar sin trampa,

sin bolsillo,

regalarte un jacinto.

La vida es una conga triste,

pero mi amor es blando

como la acera en agosto.

Bájate de la bicicleta, mulato.

¡Bájate!

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Doce del mediodía.

Hay rectificación en la columna,

diazepam en el macuto,

timbales,

sueño,

bajo,

flauta,

hastío,

violines,

días sin promesa.

Por Prado y Neptuno

el mismo Chachachá de siempre;

bailo despacio el engaño

para evitar el tedio.

Uno, dos y tres,

parece que no pasa el tiempo…

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01

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SÍNCOPA

Somos una alegría que viene

con lo triste,

arrollando como puede.

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La poesía en nuestro tiempo o del insoportable Paz

Para Diego, en Borges

Poemas de Gelsys M García

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                         Banquete

El baptisterio fue mi cuarto de juegos,
mi salón de espejos,
mi urinario.
En la pila bautismal escupí junto a los otros niños                             de la  catequesis.
Y me miré en el agua como se observa la gente en un cristal.
La cabeza de Juan Bautista fue lo único que vi en el fondo           del agua.
Salomé llevando la cabeza de Juan,
sirviéndola a los comensales hambrientos,
con un hambre de siglos de cristianismo.
Y un hilo de sangre,
cayendo de la bandeja,
manchándoles los vestidos
y el mantel blanco.

© 2013 Rafael Álvarez.

© 2013 Rafael Álvarez.

                                       El mensajero y el ángel

El mensajero que llega desfallecido, ya sea tras correr miles de kilómetros que separan un sitio de otro, ya sea por recorrer una distancia menor en un sentido espacial neto, real si se prefiere. El mensajero cuya mala nueva es la causa de su repudio público, de su condición de apestado. Del vocablo griego con que se designaba al mensajero se derivó nuestro «ángel». Quizás porque para los helenos toda noticia por llegar era trascendente y escapaba de cualquier maniqueísmo fácil. Ángel y mensajero, dos seres que son totalmente ajenos, antagónicos. El ángel nuestro pertenece a lo alto. La verticalidad es su reino. El mensajero pertenece a la tierra. El subsuelo es su verdadera morada. El ángel que anuncia a María es el único que desempeña el rol de mensajero. Viceversa sería imposible. Un mensajero trasmutado en ángel sería un cataclismo para el pensamiento occidental. Pangloss ángel. Cándido mensajero. Alcofribas Nasier ángel. Rudolf Diels mensajero.

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                                           Definición (47)

Llegar a la definición. El propio san Agustín lo intentó, pero su valor es puramente estilístico y quizás hasta retórico. Un pretexto escriturario más.

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La divinidad que da su mensaje en 114 azoras tan dispares en su extensión nos lleva a pensar en la confusión de ese Ser, incapaz de hilvanar un discurso coherente o un único estilo propio. Divinidad para nada creíble cuando su más excelso profeta se llama a sí mismo Muhammad, ‘Alabado’. El Dios de los cristianos está envuelto en polémicas mayores: la primera de ellas es la que concierne a lo que realmente es su mensaje: 66 libros, 73, 77 o 78. En segundo lugar, un Dios que se expresa ya en versos, ya en prosa; que se pinta a sí mismo como iracundo o como el perfecto amador; que lo mismo se deleita en la épica y pide la paz, que condena la lujuria pero que se distiende en cantares eróticos; no es más que el reflejo de un Ser inestable y difuso. Un Ser hecho a nuestra imagen y semejanza.

© 2014 Rafael Álvarez.

© 2013 Rafael Álvarez.

                                                Profesión de fe

Todos los Cristos me han parecido irónicos, seres innecesarios. El Cristo amarillo delata esa condición de ser sin rostro. Los Cristos sangrantes del arte han hecho de Cristo un souvenir más. El Cristo de los evangelios es un ser de ficción producto de las fabulaciones de inciertos autores también perdidos en el tiempo, un producto de la tradición oral. Del único Cristo que tenemos certeza es del apellidado Javacheff. Lo vemos como un hombre de los números, un funcionario del espectáculo occidental: miles de sobrillas en Ibaraki y en California; Christo sentado en una silla de madera y tela (como la de cualquier director del western spaghetti) contemplando un Reichstag envuelto en aluminio; un bosque de Basilea, cientos de árboles, cubierto de tela. Todos estos gestos solo son la prueba de su existencia: los millones de espectadores congregados ante sus obras testificando que Christo es un hombre.

Las del alba serían…

Con este texto que el gran Diego Ordaz (no el defensa de los Lobos, sino el literato) nos ha hecho llegar, se abre una nueva y necesaria sección temática en TDH dedicada a la crónica urbana. Me temo que, para bien, la ciudad elegida y su cronista pondrán en crisis los comodines mismos del género. Recomendamos altamente su lectura.

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No hace muchos días, a unas cuantas cuadras de mi casa —mi casa es su casa—, justo ante la espera del tren que pasaba lento, pardo en la calle mal iluminada, dos personas fueron descubiertas en una camioneta con un cadáver a bordo. Sucedió en la madrugada, preciso en la hora donde los trasnochados circulan ya ebrios, ya cansados, luchando por terminarse las cervezas que compraron en exceso. Ese horario justo yo lo calcularía entre las cuatro y seis de la mañana, entre el alba y la luz.

Esta noticia, en Ciudad Juárez, nada tiene de extraordinaria. Es una urbe que ha vibrado muchas muertes en tan variadas formas: dígase de cabezas —sin el cuerpo, sí— que aparecen dentro de una portería, crucificados en el puente más transitado o metidos en tambos de cemento a punto de fraguar, como ceremonia prehispánica. (Es momento que todos aquellos peregrinos de moral ambigua reclamen de este texto hablar sobre la belleza y las “cosas positivas” que albergamos los juarenses, y que arremetan diciendo que ni soy de la ciudad ni la quiero: venga, suenen los quejiditos burgueses reclamando la reapertura de bares y demás negocios).

Cuando los hombres —convertidos en jóvenes por la euforia del alcohol— fueron descubiertos con bebidas, bajaron de la camioneta: eran tres y solo dos atendieron la orden. Intentaron negociar, que si cuatrocientos, o quinientos, que si ochocientos pesos, que era lo más que llevaban. Ante la sospecha de que el tercero no descendía, los policías echaron un vistazo: estaba frío, tieso, sentado en medio de los dos, como si quisiera haberse perpetuado en la camaradería norteña de beber tres amigos en la cabina de una camioneta. Lo imagino con una cerveza entre sus piernas, sosteniéndola con su mano fría: ahora, la botella tibia y la mano fría, como en una trasmutación de cualidades, de servicios.

Canto Vital, coreografía de Azari Plisetski.

© 2014 Rafael Álvarez.

Los tres amigos fueron consignados, dos ante el ministerio público y el otro al anfiteatro. En las declaraciones ante la prensa (televisoras locales y periódicos) los dos sobrevivientes aseguraron que llevarían a su amigo a casa, donde vivía sólo, sin sírvete, ni madre, como diría Vallejo. Que lo dejarían allí, dentro, acostado en su cama, para que al paso del tiempo los vecinos dieran parte a la policía y lo declararan muerto por congestión, por mezcla de red bull con whiskey, por exceso de pastillas con cerveza o qué sé yo. Las circunstancias generales de la muerte, de cualquier manera, serían las mismas y, eso sí, sin culpa para lo amigos, que realmente cumplían con una entrega digna del tercero a Mitla. Sin embargo, la policía en esta ciudad, como los bomberos que lanzan fuego de Fahrenheit 451, es injustamente oximorónica: cuando asaltan, secuestran, roban o matan, no se aparecen sino hasta un tiempo considerable, el suficiente para que el delincuente llegue a su casa y se ponga las pantuflas mientras su esposa le hace una rica cena y los niños terminan la tarea a regañadientes; cuando deben dejar que la vida transcurra, apacible y melancólica, interrumpen como moscas en burrería. Esta vez importunaron una camaradería genuina, digna y derecha: los chicos despedían a su amigo y lo entregarían en casa hasta que las Tecates se terminaran. Ni modo.

La muerte (las muertes), sin duda, tiene esa cualidad variopinta que también tiene la vida. En esta ciudad se presenta la de la hoz, aunque parece que ya disminuye la frecuencia, de todas las maneras imaginables: basta revisar los periódicos de cinco años a la fecha. No es del todo malo y casi llega a ser reconfortante —lo digo no sin temor a que me engañe cierto pulso literario— que una vida se extinga entre amigos de buena voluntad, aunque emprendan acciones socialmente incorrectas. Ojalá Ciudad Juárez, así Caronte, estuviera entregada a esa amabilidad, ese desinterés, esa camaradería.

Diego Ordaz

5 de mayo de 2014, Ciudad Juárez, Chihuahua

Iniciación cubana de KATÁBASIS

TDH celebra KATÁBASIS (2014), del sello editorial cruceño LA MIRADA, con dos fragmentos de su lectura poética en La Habana: “La ruta de la seda”, de Jesús Barquet  y “Los sueños de Anu. Tablilla II”, de Yoandy Cabrera, leídos ambos por el propio Barquet en la presentación del libro que tuvo lugar el 24 de marzo del presente año en el CC Dulce Ma. Loynaz.