México en EXCELSIOR

José Martí

Los lectores de La América conocen, porque en nuestro número del mes de junio se lo describimos, el baile suntuoso que, como un himno cantado por los colores y los miembros armoniosos del cuerpo humano a las conquistas del hombre sobre la Naturaleza, han dispuesto, con notable alcance en el pensamiento y lujo en la forma, sus afortunados autores.

New York exhibe ahora el baile Excelsior, sin aquella plenitud de buen gusto con que, como flor inmensa que se abre en cesto de oro, lo exhibía el teatro Edén a los parisienses; pero con no menor riqueza. Cuando a nuestros ojos latinos asoman casi las lágrimas ante la dolorosa agonía, presentada en apropiada mímica, de los ingenieros franceses que creen haber errado sus cálculos y desesperan de haber venido abriendo el túnel del lado de Francia en la misma dirección en que lo venían abriendo del lado de Italia; cuando se dilata el alma jubilosa, y se sonríe dichosamente, como cuando se acaba de conmover a los hombres con una palabra, o arrancar un hecho nuevo a la Naturaleza; al ver entrar, al fin, lleno de abrazos, por el agujero abierto de ambas partes en el mismo lugar del túnel, al primer obrero italiano que dobla en tierra la rodilla, saludando con los llorosos franceses a un Dios nuevo, el público de Niblo´s Garden apenas aplaude. Generalmente no aplaude. ¡Hay entonces poca luz, poco color, pocas damiselas en la escena!

Pero luego es de ver, en “Ismailía”, el baile de todas las naciones. Todas están allí, en sus trajes peculiares y pintorescos; algunas faltan, que se están elaborando en la sombra y purgando pecados antes de subir a la morada de la Libertad; otras sobran, ya degeneradas y caídas, más hechas para ser bebidas de un sorbo por una sedienta bailarina, como el reino de Nápoles, que para llevar sus armas de abrir istmos en el cortejo de la locomotora prepujante, clarín de casco plumado de los ejércitos modernos.

En esa escena de Excelsior, en que los pueblos todos de la Tierra se juntan, en clarísimo espacio, por todas partes matizado —como por lenguas de gozo― de banderas, a celebrar la unión de los mares, aplauden los espectadores noche tras noche un curioso baile a cuatro, que viene después de magnífico quinteto bailado en que la Civilización, en saya corta, y la Luz, con casco y largo manto relumbrantes, disputan a un cruel señor de esclavos, azuzado por el genio negro de la Oscuridad, un pobre siervo desnudo y maltrecho, con quien la Civilización, al cabo victoriosa, baila en conyugal abandono el paso de la igualdad y de la paz; todo lo cual, con ser mímica y tener grano de chiste, conmueve, y enseña, y habla al juicio, y humedece los ojos.

Y en el baile de a cuatro, en que un inglés, todo vestido de dril blanco, figura a Europa, y a Asia un chino de ancha toga de seda, casco mondado y bigotes cadentes, cuyos extremos danzan como brazos de pulpo a los caprichos del aire, que el chino sacude con inquieto y cínico abanico, México ha sido elegido para representar a América; mas no de ridícula manera, como el inglés, que baila en la escena cancán descoyuntado, y el chino, que acompaña la animada orquesta con brincos y escarceos de ardilla loca; sino de garboso y cuasi heroico modo, y como caballero de la Civilización, que con igual brío la arrebatara de los brazos del chino que de los del inglés, cuando en los accidentes del baile se escapa a ellos.

A mayor atrevimiento, mayor honra. México se dio en su lucha contra Europa, tamaños de pueblo; y hoy, cuando quiere un europeo simbolizar la América, la simboliza en México.

No por indio, tocado de vistosas plumas y vestido de blancos algodones, y sobre ellos colgantes del pecho gruesos trozos de horadada obsidiana, y en los dedos muestras ricas de aquellas labores de oro que tan sutilmente hacían los artífices aztecas; no por indio de tiempos de antaño está representado México en el baile, sino por charro gallardísimo, de vestido apropiado y lujoso, a quien sólo sobran unas como monedillas de oro que le cuelgan del borde del sombrero. Su parte en el cuarteto no es la de Sganarelle, sino la de D. Juan. No le engañan, ni se da ocasión a que se burlen de él. Es el amante preferido de la dama, a quien su valor rescata siempre de los brazos rivales. Y en la música misma, el zapateo que el mexicano y la Civilización bailan, que no llega a ser el melodioso jarabe tapatío, interrumpe, como dúo de amor entre carcajadas de payasos, las notas saltarinas y compases descuadernados que acompañan las piruetas carnavalescas del chino y del inglés.

De todo lo cual, aunque parece cosa pequeña, se deduce que, a la larga, todo pueblo saca ventaja, por la fama que asegura y respeto que inspira, de haber sido heroico… así como queda para befa y mote cuando tarda en serlo.

 La América, Nueva York, octubre de 1883.

 [Tomado de: José Martí. “México en Excelsior”, Obras completas: La Habana, Ciencias Sociales, 1975, Vol. VII, pp. 28-30.]

Una respuesta a “México en EXCELSIOR

  1. Orfebre de la sintaxis y el verbo.

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