Sueños y desafíos de CARLOS ACOSTA

 Hoy, Día Internacional de la Danza, el primerísimo bailarín Carlos Acosta recibe el Premio Nacional de Danza de Cuba. Tiempo de Hibernación quiere celebrar el evento, publicando una entrevista que la crítico de ballet Martha Sánchez le hizo para su libro Por una danza sin fronteras.

 «La danza es un estilo de vida, no una profesión», asevera Carlos Acosta, el único bailarín negro que en la danza clásica ha llegado realmente a la cima internacional. Piensa que el duro camino del artista vale la pena, y aunque el precio” supera cualquier fórmula escrita, hasta hace poco alternaba sus zapatillas con una pluma en los ratos libres, pues aspira a que los bailarines del futuro encuentren  aliento en sus palabras.

En 2007 publicó su autobiografía, No way home, «un libro sobre mis experiencias. Yo quiero que sea una guía para bailarines, que cuando se sientan en algún lugar muy solos lo vean y digan: “Mira, la soledad y los obstáculos no son el enemigo”».

Carlos danza con este sueño en el Royal, el American, el Bolshoi y hasta en la Ópera de París. El lanzamiento de su libro en Gran Bretaña fue todo un éxito; aún así la debilidad le brota por los poros, y la debilidad en Carlos Acosta tiene un nombre: Cuba. En la tierra donde es ídolo de las nuevas generaciones de bailarines, ansía ver publicada su obra.

En La Habana, lejos de los grandes espectáculos, Junior, como prefieren llamarle sus amigos, es una estrella de pueblo. Su musculatura, el caminar airoso con los brazos entreabiertos y el porte varonil se lo garantizan. Y ni hablar del baile, porque de salsa, guaguancó y rumba sabe tanto como de Giselle, Quijote y El lago Los baila con igual gozo y excelencia.

 ¿De dónde proviene Carlos Junior Acosta Quesada?

 Bueno, la raza cubana es toda una mezcla. Aquí hay de todo. Mi padre era descendiente de esclavos del ingenio de los Acosta, en San Juan y Martínez, Pinar del Río, y en aquella época se solía denominar con el apellido del amo a los esclavos para definirlos como propiedad. Entonces, el abuelo de mi padre adquirió este apellido español y posteriormente lo pasó al resto de la familia. Y mi otro apellido, Quesada, igual es español, porque la familia por parte de madre era de esclavos también.

 -¿Cuál consideras el recuerdo más lindo de tu adolescencia?

 Mi participación en el concurso de Lausana, Suiza. Eso fue tremendo impacto, estuve en las nubes como tres meses. Marcó un gran choque, porque yo me crié en Los Pinos (uno de los más antiguos repartos de La Habana). No podía creer que eso me estuviera pasando a mí. Me costó bastante trabajo adaptarme a la idea porque siempre viví sin esperar muchos resultados de la vida, ya me había adaptado a eso, como para evitar la desilusión. Entonces, dos meses antes estaba en Los Pinos, casi sin futuro, y de repente, el Grand Prix de Lausana. No podía creer que eso me estuviera pasando. Es un recuerdo bellísimo.

 Fuiste un muchacho inquieto y rebelde ¿Cuándo te empezó a gustar el ballet?

 Tardó cuatro años en atraerme. El ballet a mí nunca me gustó. Mi papá me impuso esta carrera en contra de mi voluntad. Después de que me expulsan de la escuela de La Habana por indisciplina y llego a Pinar del Río con 13 años, por fin vi bailar al Ballet Nacional de Cuba (BNC), que se encontraba en esa provincia como parte de una gira nacional. Pude ver a los profesionales hacer todos los saltos y las piruetas, y como a mí siempre me gustó el deporte, comprobé que hasta un cierto grado los bailarines eran deportistas también, por el nivel atlético. Desde ese momento me gustó el ballet y me propuse bailar lo mejor posible. Me acuerdo todavía que vi bailar a Alberto Terrero en Festival de las flores en Genzano. Ese hombre estaba en tremenda forma. Toda la gente de mi grupo decía: “Yo quiero ser como Esquivel”, “Yo soy Lázaro Carreño”, y yo quería ser como Alberto Terrero. Eso fue lo que pasó.

 Entonces te gustan los deportes.

 Claro que sí. El fútbol me encanta, igual que el béisbol, el básquet, aunque no lo puedo jugar; me gusta verlo, el atletismo. Y si compite algún cubano, mejor todavía.

 ¿Maestros imprescindibles en tu carrera?

 Juan Carlos González, en el nivel elemental. Él me montaba coreografías y no me limitaba, quería que yo hiciera cosas que estaban por encima de mi nivel, incluso pasos profesionales que no se imparten en el nivel elemental y que yo podía hacer entonces. Él me decía: “si lo puedes hacer, hazlo mejor, y sigue”. Me fue inculcando ese deseo y poco a poco alcancé confianza. Ya en la Escuela Nacional de Ballet, Mirta Hermida y Ramona de Sáa esculpieron mi futuro. Fueron la guía, porque la relación de alumno y profesor es la misma relación que entre padre e hijo. Ellas empezaron a fijarse en mí, en mi potencial, quisieron llevarme hasta el nivel más alto y lo cumplieron. También Lázaro Carreño fue mi maestro en el último año de nivel medio, tremenda experiencia, todavía le debo mucho a él, a sus clases.

 En 1991 Carlos Acosta había iniciado su carrera profesional en las filas del cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba (BNC), cuando una propuesta como primer bailarín del English National Ballet (ENB) llegó a sus manos y no lo pensó dos veces. Tenía 18 años y el mundo le empezaba a sonreír.

 -¿Cómo valoras tu experiencia en el English National Ballet?

 La experiencia del English National Ballet fue muy enriquecedora por el cambio de escuela. La cubana tiene una dirección, se caracteriza por tener esta influencia de la escuela rusa donde el hombre es muy fuerte técnicamente, etc… es un estilo muy definido, y el English National Ballet era más bien la escuela Royal de Inglaterra, pero al mismo tiempo allí encuentras bailarines de todo el mundo con distintas formaciones. Ya el hecho de ver y ser parte de ese elenco de bailarines te nutre, te aporta otras ideas en cuanto al estudio y las interpretaciones de los personajes. Eso te hace un artista más completo.

 Era la primera vez que te alejabas de Cuba por tanto tiempo. ¿Cuál fue la mayor dificultad que enfrentaste en este período?

 Lo más difícil de todo es el proceso de adaptación. Tenía 18 años, era un mundo nuevo para mí. Prácticamente llegué con mi mochila y mis sueños, nada más. Entonces, el idioma inglés, no había arroz con frijoles, imagínate. Tienes que adaptarte a todo eso, un sistema de vida nuevo por completo. Con respecto al idioma, al principio, cuando estaba en un ensayo general y me decían en inglés: “Fulano vete pa’ la esquina”, yo me quedaba parado en el mismo lugar. En un ensayo general donde había setenta artistas y todos eran extranjeros, uno italiano, otro ruso…, “¡Fulano vete pa’ la esquina!”, y yo me quedaba en el lugar: “Pero caballero, ¿de qué están hablando? Díganmelo en español”. Me ponía rojo, era impresionante. No es fácil estar en esa posición; pero bueno, poco a poco fui aprendiendo hasta que pude participar, entender y hacer amigos, que es lo importante. El choque más fuerte fue ese. Gracias a Dios que tenía a José Manuel Carreño y a Lourdes Novoa que vivíamos juntos, y si no fuera por ellos, imagínate.

 -¿Los momentos más dolorosos de tu vida están en ese período tal vez?

 No, no, momentos dolorosos hubo muchísimos, en mi niñez por ejemplo, cuando a mi mamá le da el derrame cerebral, eso fue un dolor, y a mi papá, al mismo tiempo, lo meten en la cárcel por dos años. Entonces, yo prácticamente no tenía guía, mi hermana mayor, que tenía como 15 años, era la que tenía que cocinar y hacer de todo en la casa. Ese momento fue… pero aquí estoy. Hay un refrán que dice: “lo que no te mata te fortalece”, y es verdad.

 -¿Momentos dolorosos no son también las lesiones?

 Las lesiones sí, todo entra en el mismo paquete. Pero eso es normal, no son una fatalidad, son normales. Imposible que el cuerpo esté cien por ciento perfecto. Y tienes un uñero, te duele la cabeza o se te murió el gato, pero tienes que bailar. Como dicen: El show debe continuar, The show must go on.

 ¿Cuántos calificativos te ha dado la crítica?

 ¿A mí? –enseguida se tumba de la risa-, “el paracaídas”, Acosta el Superman”, “el Arma Letal”, pero bien. Todo eso son muestras de cariño y de afecto que de alguna manera me dan fuerzas para seguir.

 Después de concluir el contrato en el ENB y bailar una temporada como solista del BNC en su país, Ben Stevenson le propone incorporarse a su compañía, el Houston Ballet, en la categoría de primer bailarín. La prensa norteamericana distingue a Carlos como una relevación mundial y lo compara con las máximas celebridades del ballet clásico: Barishnikov, Nijinski, Nureyev. En 1995, los príncipes Carolina y Alberto de Mónaco le entregaron el premio Princesa Grace Kelly por su brillante actuación en una gala benéfica celebrada en el Metropolitan Opera House de Nueva York. A finales de esa década, el Royal Ballet de Londres lo llama y desde entonces ha sido su compañía más estable.

 Has recibido muchos premios a lo largo de tu carrera, ¿esos premios te abren puertas o te traen responsabilidades?

 Son simplemente geniales, porque con todos estos dolores, con todas las adaptaciones y los problemas que antes decía, uno se da cuenta de que valen la pena porque ves que con lo que haces tocas a la gente, llegas a las personas, y ellos tienen millones de problemas: se les va el agua, discutieron con el esposo, millones de cosas, pero vinieron a verte. Y que tú seas capaz de hacerle olvidar esos problemas aunque sea por una hora… Aparte de eso, paralelamente, hay sesenta espectáculos más: obras teatrales, musicales, varios museos, muchas opciones; sin embargo, ellos escogieron venirte a ver. Eso es algo que no se puede pagar, no se puede comprar. Entonces, vale la pena pasar por todos los dolores.

¿Naciste con las condiciones físicas ideales para bailarín?

 No, yo trabajé muchísimo, mucho, mucho, mucho. Quería ser muy bueno y me daba cuenta de que si trabajaba de verdad podía cambiar mi futuro y el de mi familia. El ticket ganador que podía tener era mi trabajo, eso lo era todo. Y entonces mientras mucha gente jugaba fútbol, Carlos Acosta estaba trabajando en un salón, haciendo doble tours para los dos lados. La gente viene y dice: “¡mira esto y mira lo otro!” y… caballero, si ustedes supieran el trabajo que hay detrás de todo eso, –asevera, y la voz se le cansa, como si estuviera al final de un ensayo, agotado y serio, con la garganta seca-, y la dedicación, eso no viene solo. Incluso me lastimé muchas veces por la obsesión que tenía de ser muy bueno, pero así se llega. Así es como se llega.

 -¿Qué es lo que más te gusta del ballet?

 Todo me gusta. Todos los ejercicios: los saltos, los giros, pero me fascina transmitir emociones, eso es lo más importante y lo que el público tiene que entender, los manierismos, dar el personaje, cuando es el cazador parecer un cazador, cuando es el príncipe, cuando es Romeo, porque el ballet es un arte. Si la gente se concentra en el paso, en la pirouette, en qué alto saltó…, eso vale pero no es lo más importante.

 ¿Estilo predilecto?

 Todos, porque me dan la oportunidad de ser alguien que no soy en la vida real. Ahora yo puedo hacer el estilo que me gusta y queda mejor, pero me quedo ahí. Y lo que me gusta es el desafío, que me reten a crearme algo, hacer alguna cosa que desconozca. Me gustan todos los estilos, no puedo decir que prefiero uno más que otro.

 ¿Y coreógrafos?

 Cuando se hable de la coreografía se debe hablar de Balanchine, uno de los genios, de hecho, el creador del estilo neoclásico. Balanchine me encanta. Me gusta mucho Nacho Duato, Jiry Killian, que es la escuela de contemporáneo. También Christopher Bruce, con el que he tenido el privilegio de trabajar, en fin, muchos creadores. Nosotros los cubanos tenemos a Alberto Méndez, que es genial, y a Marianela Boán, impresionante en lo contemporáneo.

 ¿Qué criterio te merece la danza moderna?

 La danza moderna es el lenguaje de hoy; tenemos que hacer más. En lo que respecta a la coreografía en Cuba y a otros lugares, está en crisis, y es producto de la falta de información. Hay que documentarse mejor, hay que ver lo que se está haciendo en el mundo, innovar y hacer un gran esfuerzo porque es el lenguaje del futuro. El clásico nunca va a morir, pero nosotros tenemos que buscar hoy un lenguaje que nos identifique mejor, que esté más cerca de lo que estamos viviendo, de nuestra realidad, que no es la misma del año 1890, cuando se creó La bella durmiente. Entonces hace falta eso, crear los Balanchines de nuestra era, los nuevos Bejart, y coreógrafos como esos.

 ¿Qué otras manifestaciones artísticas te gustan?

 La literatura, las obras teatrales, la música. El mundo sin música es la cosa más aburrida. Aprecio la pintura, en fin, todo lo que es arte me atrae.

Y eso se nota, en cada puerta y ventana de su casa en La Habana reluce un vitral. Unos reproducen cuadros de relevantes pintores cubanos como Servando Cabrera o Mariano Rodríguez; otros, figuras abstractas, y al mismísimo Carlos en zapatillas, desafiando con un empeine a quien lo mire de frente.

 -¿Tus lugares favoritos?

 A mí me gusta la Habana Vieja cantidad. Me gusta Cuba, el amanecer, todo verde. Aquí cuando caminas por la calle hablas con las personas, me encanta eso. Me gusta la cubanía, la gente humilde.

 ¿De qué no puede prescindir nunca un bailarín?

 De la disciplina. El ballet no es una profesión, es un estilo de vida. Levántate, a las 9:00 a.m. o a las 10:00 a.m. das clases, después estás ocho horas brincando, aprendiéndote Romeo y Julieta, El lago de los cisnes, desde que tienes nueve años. O sea, nosotros no conocemos otro mundo. A mí me pasa cualquier cosa, una puerta se me rompe, y no sé cambiar la puerta. Lo único que sabemos es de ballet, Chaikovski, Juan Sebastián Bach, cosas por el estilo. Y esa dedicación crea disciplina. Se dice que los bailarines tenemos la posibilidad de empezar una segunda carrera, porque como en el momento del retiro todavía somos jóvenes, a los 40 años uno puede emprender otra profesión. Y dicen que los bailarines tienen éxito en cualquier empeño, porque la disciplina la han aprendido tan bien, que son puntuales, metódicos. Yo conozco amigos míos que estudiaron ballet y actualmente son banqueros y tienen negocios impresionantes. Pues sí, yo creo que la disciplina es la entrada a tener éxito.

 ¿Cómo te preparas para dar vida a un personaje?

 Tratando de buscar informaciones de muchas maneras. Por ejemplo, estoy haciendo Mayerling, y ese lugar existió, hay un libro sobre él, un texto sobre el príncipe Rudolf, que es el protagonista. Además, trabajo con el coreógrafo, o en este caso MacMillan que ya está muerto, con la persona que me ensaye. Ellos me van dando elementos: “Bueno MacMillan era así, decía que esta mano era…”, entonces yo voy tomando eso. Empiezo a leer el libro y lo relaciono con la danza: ¿qué hago en esta parte?, ¿qué es lo que estoy pensando? Después de que ya sé de qué tratan todas las escenas, trato de poner mi sello, lo que me va a diferenciar de otro intérprete. Casi siempre un ballet o un personaje tiene muchos enfoques, muchos ángulos. Por eso es que el ballet clásico no muere, porque a pesar de ser la misma historia, los mismos pasos, uno es distinto, es otro ser humano que siente el amor diferente. Entonces yo voy a sentir y voy a mostrar cómo es Carlos Acosta en ese momento, en el amor, en la forma de expresar. Es lo que trato de hacer.

 El momento de la llamada a escena, ¿representa algo en especial?

 Mucha ansiedad, es… como un toro a punto de salir al ruedo –de pronto altera su respiración como un toro-, y cuando sale: ¡uah…! Ya. Las manos me sudan, ah, me pasan un montón de cosas. Pero hay veces, cuando bailo algo alegre, lo que hago es que pongo los Van Van pa’ relajarme. Y eso me levanta el ánimo.

Ríe a carcajadas y comienza a mover la cintura al ritmo de los Van Van, una de las orquestas cubanas más populares. En ese momento se le ve realmente divertido y feliz.

 ¿Qué es lo que más te atrae de la escuela cubana?

 La técnica es una de los aspectos más fuertes de la escuela cubana, pero lo que más me gusta es el amor con que los profesores te trasmiten los mensajes. Se nota que les gusta, los maestros aman lo que hacen, incluso sin esperar mucho a cambio. Eso se percibe y me gustaría que la gente apreciara eso, los que tienen la oportunidad, porque no se encuentra en muchos lugares.

 ¿Qué es lo más complicado de la danza?

 La danza es muy difícil, el ballet muy complejo, porque todo se tiene que hacer de una sola forma, o sea, una quinta posición es una quinta posición en Hong Kong, en China, y un entrechat-six es de una sola forma. Si le pones algo contemporáneo ahí se pierde, porque la técnica es muy pura. Entonces, cuando no lo haces bien, enseguida se nota. Ahora, yo hago un contemporáneo, me equivoco, hago cualquier cosa y cabe, ¿quién me dice a mí que eso no es la coreografía? Sin embargo, cuando no haces un doble tour a quinta dicen: “Ño, la quinta está…, el doble tour ese es de tercera”. La gente sabe eso y es muy difícil mantener el nivel. Lo mismo que haces en el escenario tienes que hacerlo setenta veces al día para llegar ahí, y es muy difícil. Llega un momento que el cuerpo te pasa la cuenta, te dice: “Mira lo que me debes, arriba, a pagarme”, entonces vienen las lesiones. El ballet es para una edad determinada, ya después da muchos problemas, incluso, suele ocasionar efectos secundarios. Y es que el ballet es anti-anatómico. El cuerpo humano no está diseñado para estar abriendo esas posiciones. Y eso al final tiene un efecto pero… vale la pena.

 ¿Te gusta la fama?

 Claro que sí, pero estoy consciente de que la fama es una ilusión, efímera y transitoria. Uno tiene que estar bien agarrado con los pies dentro de sus zapatos y pisando bien el piso porque la fama no dura, nada es eterno. Mi consejo para la gente es que invierta más en lo que verdaderamente importa, que es la familia y los amigos.

 ¿Tu mayor aspiración profesional en estos momentos?

 Saber de todo, por lo menos eso es lo que yo siempre he querido: ser un artista completo y que no me digan: “ah, él es bueno en Don Quijote, pero no puede hacer…” No, no, yo tengo que hacer de todo y hoy en día el bailarín clásico tiene que bailar Nacho Duato, Kylian, Bejart, como mismo hace un Giselle, porque si no, hay setenta detrás de ti. Y esa presión también te hace mucho más completo, que es lo bueno. La versatilidad es muy importante. Poder hacer Don Quijote, Romeo y Julieta, Forsythe, Guaguancó, Shangó, saber llevar el hilo conductor de una obra y hacer a la gente soñar sin un paso. El arte es muy amplio, no se puede limitar a dos o tres ballets clásicos.

Cuando pase mucho tiempo, ¿cómo desearías que te recuerden?

 Cuando pase mucho tiempo, cuando ya no tenga dientes y peine canas y no pueda bailar, y ya no sea Albretch, ni Romeo, me gustaría que la gente me recordara como un muchacho de Los Pinos, con muchos sueños y que muchos de ellos se hicieron realidad. Y que me vean como algo positivo, como muestra de que los sueños se pueden realizar.

 Glorias en la danza tiene y de sobra. Sus experiencias y sentimientos, eso que Martha Graham llamaría la turbulencia divina del interior del artista, se confabulan en un libro autobiográfico, no publicado en Cuba, que responde a un único anhelo. Carlos Acosta solo desea compartir sus sueños.

Una respuesta a “Sueños y desafíos de CARLOS ACOSTA

  1. Lo definiría yo: “El asere del ballet cubano”; de su lirismo escénico a su chavacanería personal (impostada o no) hay, en mi opinión, una paradoja digna de lo “real maravilloso” carpenteriano, de las surrealidades insulares que muy bien presenta Sarduy en De donde son los cantantes… El estereotipo, la mayoría del tiempo, nos echa en cara cuánto prejuicio puede habitarnos.

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