La MANO que los RIGE

por: Diego Ordaz

A empuña, como si fuera una daga, como si llevara un trozo filosísimo de botella de cerveza, un revólver Smith and Wesson de retrocarga y cartucho metálico de 1873; matará a B por sostener un amorío furtivo con C.

B y C tenían ya una historia anterior; se conocieron en el bachillerato y no sin dificultad identificaron tardíamente, a los 30 años, que la empatía en la amargura inteligente era indispensable en el amor. C supo, en el encuentro ocasional con B en el cine, que ni siquiera podría compartir una alegría con A. Pensaba (y se arrepentía) que había aceptado vivir con A para sentirse osada, por una ilusión novelesca de un divorcio rápido, quizá; se había mudado con A después de dos semanas de haberlo conocido en cualquier lugar. Él jamás dejaría que C se marchara sin consecuencias.

Firmaron un contrato civil a la semana de vivir juntos; los parientes de ella pensaron que era un desatino, sin embargo, organizaron una cena con regalos para el nuevo matrimonio. El abuelo italiano de C les obsequió, de manera patrimonial, el costoso revólver de 1873 que con frecuencia A manipulaba poco fino.

 Su nombre, A, como sus actos, eran para C, para B, para el vecino D que observó el asesinato, para cualquier taxista, patética fuerza excesiva, posible temeridad demencial.

El mismo A pensaba que su nombre era recio, que correspondía con su gruñona personalidad. Había repasado a los A populares de la humanidad y se sentía uno de ellos; todos aparecían con carnes anchas, con impunes delitos y con sangrienta y seductora virilidad. B y C hablaban de él como viril y con un aspecto (así en su nombre) de indiscutible asesino.

Cuando la ignición del Smith and Wesson haría fluir las imágenes y los recuerdos en B, ya no pensó en si A era nombre de asesino, ni si se confirmaba que llamar C a C hacía cumplir ahora con la carga trágica de culpa que llevaba su nombre. Ni siquiera recordó llamarse B y que por ello le asignaban sobrenombres en la primaria; y qué importaba, si lo único que podía disfrutar ahora era una bala que sólo nombre genérico tenía, que no alcanzaba –tan ilusorio como cualquiera- un valor individual. No logró percatarse, mientras disfrutaba de la trayectoria, del penetrar en el cráneo de su bala (lo supo A y el vecino D y más tarde C), que A no era un instrumento para que un proyectil, para que un Smith and Wesson se realizaran. Si C había sido un motivo, un pretexto, B era el instrumento preciso que A buscaba para lograr lo que artificiosamente había pensado para sí mismo; daba lo mismo cualquier objeto y el siglo del que provenía; no importa si era una Colt, una espada prusiana del siglo XIX o sus puños de impune asesino viril.

2 Respuestas a “La MANO que los RIGE

  1. Cabe pensar que los personajes son funciones, piezas de la narración en su sentido lúdico. El relato puede ser la estructura de un guión audiovisual o de un libreto. Este rasgo de estilo en “La mano que los rige” propicia múltiples lecturas. Gracias, Diego, por colaborar con nosotros. Esperamos que sea el inicio…
    Saludos, Denis.

  2. me agrada.

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