Los DÍAS y el POLVO

 

por Diego Ordaz

 

 
 

[Fragmentos]

 

Desde luego que yo sabía aún más de la extraña vida de Valeriano, todos en la Unión Ganadera lo comentaban. Papá se lo platicó a mamá mientras ella peinaba su largo cabello húmedo olor a champú de jojoba, yo almorzaba cereal; mamá se lo repitió a mi tía, yo jugaba al Atari; mis primos y mis hermanos se burlaban de ello y yo soltaba una risilla al recordar la fotografía que había armado y arrojado al escusado.

Valeriano estaba casado, tenía tres hijos: Jesús, Cecilia y Fernando. Los tres eran idiotas. Jesús había matado un niño en su auto Nova de llantas anchas; Cecilia era una obesa que hablaba con la lengua entre los dientes: cuando niños, a solas, entre los corrales, me preguntaba con su imbécil hablar ¿te gustan las películas para adultos? Ferny siempre fue sucio, como cualquier inadaptado o trastornado. He pensado que mucho lo aturdía la vida moderna, pero no para alejarse de ella, sino, curioso y maravillado, la siguió hasta que se convirtió en uno de sus más refinados y contundentes monigotes. Vestía camiseta con manchas de aceite, pantalón Dickies exageradamente grande y tenis Fila con la cinta sin sujetar. Es imprudente, Janeth, como la versión de La Fonsi en masculino, pero sin la posibilidad de vender su cuerpo.

Lo imagino ahora, ya muy adulto, llegar un 24 de diciembre a un KFC a punto de cerrar, con los pulgares metidos en las bolsas frontales del pantalón y suplicar a la púbera empleada que no cierre, que quiere pollo y biskets. Lo veo subir sin precisar el rumbo en los camiones urbanos, comiendo el pollo que altruistamente la granienta empleada le regaló.

 

 […]

 

 Valeriano me traía la noche, Janetísima, la noche. Su bigote saliente, que adiviné como salpullido en mis hombros y mi nuca, me hizo pensar en que su cabeza tenía precio “Se busca. Recompensa $ 10,000 dólares. Vivo o muerto”. Sentí en mi diástole-sístole su Wrangler ajustado, las botas de armadillo y la camisa semiabierta que dejaba ver su vello y el crucifijo de oro. Vi su lengua lenta humedecer el papel: liaba un cigarrillo para mí.

Cambió de tema, me habló de la ciudad que yo bien conocía, “cruzando la calle, en la esquina, está el correo”. Introdujo apenas la cartografía del centro: del Monumento a Juárez a La Catedral, del Café la Nueva Central al cine Dorado 70. Fue cada vez más específico: Hotel del Río, Hotel Avenida, Hotel AREMAR, Hotel Monumento, Hotel Mariscal, Hotel Posada Juárez, Hotel Omare. Dijo que deseaba ducharse, dormir, afeitarse, ver televisión, seguir bebiendo, descansar, quitarse las botas, “10 minutos después llegas tú, preguntas por el cuarto de Valeriano Robles”.

Sus ojos, ya sin lentes, eran moros, sus pestañas, largas y gruesas. Sigo recordando su rostro girando, a menudo lo imagino así mientras camino, atrapado en un tornado líquido de Dorotie, yéndose infinitamente por el girar del agua, en el escusado, hacia otro mundo tan parecido a éste.

 
 

Disponible en: http://articulo.mercadolibre.com.mx

 

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