Monólogo de Michel saliendo a navegar en su cama

 

por Michel García Cruz

 

¿Cómo definir el estado de un alma
que se resiste a su propia realización
sólo porque los medios que se ofrecen
no parecen estar en armonía
con el orden natural de las cosas?

MIGUEL COLLAZO, Onoloria

El sábado dieciocho de septiembre de dos mil… encontré algo insólito cuando entré a mi cuarto después de desayunar: mi cama, la misma que llevaba algo más de quince años usando, tenía acoplado a sus pies un motor de doble hélice. Eso fue lo que vi sin posibilidad de error, porque de inmediato limpié mis gafas para comprobar que aquello no era un espejismo causado por insomnios o alucinaciones después de tantas lecturas dentro y fuera de los mismos libros que poblaban la cama. Porque mi cama era una especie de librería ambulante, el lugar donde ponía desde folletos de la más horrorosa literatura del momento hasta clásicos como Petrarca o Virgilio. Y mi ordenador portátil también estaba por allí, por lo que mi cama venía a ser una extensión de mi oficina —trabajaba como Sugerente-Lector en una de las editoriales más importantes de la ciudad― y solía terminar sobre ella el trabajo acumulado.

En lugar de Gregorio Samsa, yo era un viajante de literaturas que nunca tuvo tiempo más que para apolillarse el fin de semana entre libros viejos o nuevos que nadie iba a leer. Fui un viajante al que encomendaban también toda clase de actividades que no tenían nada que ver con literatura, las que supe cumplir mejor: desde cargar sillas para que se sentaran los miembros de la prestigiosa OLA (Organización de Literatos Adjuntos) hasta encender velas e incienso para los visitantes etéreos que llegaban a nuestra editorial. No me molestaba, y nunca sentía más placer que cuando el Director de Estrategia Editorial se me acercaba a decirme que era un trabajador ejemplar porque había logrado terminar todo en tiempo.

Por eso me sorprendió aquella mañana de septiembre encontrar que mi cama se había convertido en un artefacto de mar, en un objeto parecido a la máquina de H. G. Wells. Nunca fui un hombre de mar, ni pretendí subir a una incipiente balsa, como lo que a todas luces parecía esta cama. Podría decir que odiaba a los intrusos en mi cuarto, e intrusos allí eran desde una mosca hasta el humano que no se llamara Buganvilia Rodríguez de Arellano; ella era mi madre y la única persona autorizada a entrar a mi habitación. Sabía que si esto se incumplía, jamás volvería a hablarle.

 

Tol Pedn, 1942. John Tunnard

Tol Pedn, 1942. John Tunnard

 

Mi madre tenía pavor a la soledad. Me limpiaba el cuarto sin apenas levantar las toneladas de papel que tenía sobre la cama (y a veces hasta en el suelo) con tal de que no la dejara sola. Ella sabía que mis cosas eran intocables, que moverlas hubiera significado quebrar una racionalidad literaria que de inmediato se daría por muerta. Éramos criaturas hurañas que sólo se dirigían al otro con un saludo seco, un simple buenos días, sin más palabras en toda la jornada. Sabíamos que no existían otras personas que aguantaran nuestro silencio. Por eso seguíamos juntos.

Mi primer impulso cuando vi aquel motor fue salir del cuarto. Volver a la sala o a la cocina donde mi mamá estuviera fregando los platos del desayuno, pero eso hubiera sido dar vuelta atrás a todos los relojes o empezar la vida con la muerte y no con los nacimientos. Cuando de regreso del desayuno traspasaba el umbral de mi cuarto, no salía más de allí hasta la hora del almuerzo. Me dispuse entonces a hojear mi papelería, sin hacer mucho caso de lo que veía. A pesar de que el motor seguía allí cuando encendí el ordenador y comencé a trabajar en la nota literaria que debía entregar el lunes, decidí no darle más importancia al hecho, pues de seguro hallaría su propia explicación sin que yo se la pidiera. Vivía a más de doscientos kilómetros del mar y, repito, nunca tuve que ver con él ni con sus avíos. Además, nunca pasé de mojar mis pies en la orilla y caminar horas sobre la arena, fantaseando, cuando el trabajo me lo permitía, porque mi vida transcurría de la cama a la oficina y viceversa.

La nota para el lunes era complicada porque tenía que referirse a los manuscritos de un joven narrador que los había entregado diciendo que teníamos en nuestras manos el mejor libro de cuentos jamás escrito en la isla. Estábamos acostumbrados a lidiar con autores que se auto ensalzaban y, al fin y al cabo, eran más de lo mismo. Rechazaba a quienes venían con pretensiones de luminarias, pero mi trabajo era emitir un juicio profesional sobre sus escasos méritos literarios; leerlos en el reguero de mi cama y luego firmar la nota para beneplácito de mis superiores. Y fue lo que hice hasta cerca de las once y treinta, cuando me percaté que por las paredes de mi cuarto había comenzado a filtrarse agua. No de cualquier tipo: aquello era agua de mar.

Afuera escuchaba los gritos de Bungavilia, que preguntaba qué pasaba, por qué salía tanta agua de mi cuarto con arena y cangrejos, pulpos y anémonas que invadían su sala de estar. Nunca le pude responder, intenté hacerlo pero comprendí que mis gritos no se escuchaban debido al bullicio de las aguas que traían peces martillos y mantas devoradoras que caían sobre libros, zapatos y pantalones que yo había dejado en su lugar la noche anterior.

El ordenador se apagó mientras la cama empezaba a flotar. Lo último que oí antes de que el techo se abriera como el túnel de un helipuerto fue el grito de angustia de mi madre, que por primera vez demostraba que tenía sangre y corazón, dispuesta a salvarme o hacer cualquier otra cosa por mí. No pude responderle que estaba bien, que intentaba proteger lo que todos aquellos años había constituido mi única herencia.

De repente me hallé en medio de lo que parecía ser un océano, una tromba de agua que había inundado todas las casas y matado a todos los ciudadanos, cuyos cadáveres vi pasar por mi lado en fauces de bestias que veía por primera vez. No reconocí el barrio donde había vivido ni las casas de los vecinos, aunque sí sus cuerpos, muertos y arrastrados por repentinas corrientes del Golfo.

En uno de los bruscos movimientos de la cama, el ordenador se hundió con dos o tres chispazos. Otra cosa más que perdía, la computadora donde guardaba copias fieles de todos mis escritos, todas las notas que habían salido de mi cabeza de creador.

Comencé a recordar entonces un episodio parecido en una de las novelas de Reinaldo Arenas, donde los habitantes del lugar se echan al mar para roer con sus dientes la plataforma insular hasta arrancar la tierra de sus cimientos, y me pareció que esto tenía algo que ver con aquello, sólo que de otra manera. Aquí nadie se había echado al mar a roer nada, era el mar el que se había venido sobre nosotros…

Con pavor comprobé que de todos los artefactos flotantes, mi cama era la que parecía resistir el vendaval de aquellas aguas descolocadas de tiempo y lugar. Vi el cuerpo mutilado de mi madre en las fauces abiertas de un calamar de más de catorce metros de longitud. Su pelo estaba enredado en los tentáculos que iban tiñéndolo todo de negro. Ahí me quedé sin fuerzas y no pude más que decirle un adiós para mis adentros, como nos decíamos en la casa cuando cada cual se retiraba a sus labores. La cama navegó a la deriva y yo no tuve ni ancla para lanzar.

Desperté un tiempo después atenazado por el sol y la situación era la misma. Allí no había, al parecer, el más leve espejismo de tierra a muchos kilómetros a la redonda. Caí en la cuenta de que había olvidado la noción de tiempo. No supe en que día de la semana estábamos ni la hora que era. No existían los relojes, hundidos debajo de la cuenca azulada. No hubo por quién gritar, a quién salvar, porque la vida había escapado de allí. Me convertí en el último humano vivo dela Isla, si es que en algún momento había estado verdaderamente en ella.

Estuve condenado a seguir allí por tiempo indefinido. No podría regresar jamás a la ciudad donde había trabajado. No iba a regresar al rompecabezas de la realidad. Nadie iba a acordarse de que yo había existido, sobre todo si era la última persona condenada a sobrevivir en este país anegado por las aguas. Nadie me dedicaría dos o tres segundos de pensamiento, jamás recibiría mi madre una nota de condolencia por la desaparición de Michel González de Arellano, su hijo, el Sugerente-Lector.

Después de un rato, me hundí.

 

 

3 Respuestas a “Monólogo de Michel saliendo a navegar en su cama

  1. Lo que más me interesa del cuento es la focalización en la figura del editor. Ese anónimo de la literatura.

  2. Michel García Cruz

    El cuento no es más que el análisis de lo que es vivir en una isla sin posibilidad de salida, Cuba es una isla diferente por condiciones obvias, bloqueos exteriores y más que nada, interiores, como ha quedado demostrado. Por eso la aparición del agua y del mar en la habitación del personaje que lee, que pasa su vida entre libros.

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