OLVIDÓ que me QUERÍA

 

TIEMPO DE HIBERNACIÓN propone un fragmento de la novela Olvidó que me quería, de Miguel Ángel Fraga.

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Odlanier caminaba ensimismado, avergonzado, pero con el estómago satisfecho. Eran las nueve de la noche de un sábado y la Rampa estaba poblada de juventud. Podría encontrarse por casualidad con alguna de las amigas de Desabel y obtener información sobre su novia, pero dieron las diez, las once, y las doce sin rastro alguno.

En el Malecón se unió a un grupo de roqueros y charló sobre su bregar mientras probaba por primera vez la mejor yerba llegada de Jamaica. Los muchachos no quisieron adelantarle nada, se miraron en complicidad y resolvieron no inmiscuirse en el problema. ¡Agua, la niña de los ojos azules!, gritó uno de ellos y en desbandada se desvanecieron tirando el sobrecito con los restos de la yerba.

El carro patrullero se detuvo cerca de Odlanier. Dos oficiales de la PNR, con cara de pocos amigos, le exigieron la identificación. Hojearon varias veces el documento y le preguntaron su nombre y la dirección donde residía. Quisieron saber qué hacía en el Vedado si vivía en Centro Habana. Aquí no queremos noctámbulos, dijo envalentonado el más joven de los policías, un chiquillo recién llegado de la zona más oriental del país. Pa’ su casa si no quiere pasar la noche en el calabozo.

Odlanier guardó su carné de identidad y al echar a andar tropezó con una mujer esbelta de rostro anguloso, maquillada como para carnaval, y que, al parecer, andaba como él, desorientada. La mujer lo miró y se puso algo nerviosa. Se agachó para recoger el bolso que se le había caído, pero Odlanier se le adelantó primero.

Gracias por tanta caballerosidad. ¿Buscas compañía?

No me gustan los hombres –dijo Odlanier, que había descubierto (tan tonto no era) que se trataba de un travestido, esos que acostumbran a pulular en la zona del Vedado y el Parque de la Fraternidad a la caza de bugarrones.

No me rechaces que yo no muerdo. ¿Qué? ¿Tuviste problema con el cuerpo nacional de vigilancia? Al lado mío no vas a tener ninguno, son mis amigos. He sido enviada a la estación tantas veces que ya perdí la cuenta. He dormido con la mayoría de ellos, por no decir con todos, una nunca puede generalizar. Conocen de memoria mis datos, mis antecedentes penales y actos delictivos. Ahora ni me toman en cuenta. No sé el tiempo que hace que no se la chupo a un policía. Ninguno quiere saber de mí, dicen que se las araño con los dientes. Es que me excita tanto el uniforme… –Odlanier siguió caminando sin hacer más caso a los disparates del travestido–. Oye mulato, no te vayas, mira que la policía los ha espantado a todos. Si quieres, cambio de conversación…

Odlanier no escuchó el resto. Apuró el paso y cruzó la avenida. No soportaba a esa gentuza ni en pintura. Al dejarlo atrás, aminoró la marcha. A cien metros se encontró con dos de los roqueros, sofocados y violentos.

¿Dónde está la yerba?

¿Cuál yerba?

Oye tú, no te hagas el que no sabes. La recogiste cuando se fue la monada. Pasamos por ahí y no encontramos na’. ¡Devuélvela!

Yo no he cogido nada, se lo juro, no sé nada.

Uno de ellos sacó una navaja. Volvieron a interrogarlo. Se veían nerviosos y ya les había tomado mucho tiempo recuperarla. El más pequeño trató de tomarlo por la espalda. Odlanier lo pateó para demostrar sus habilidades marciales. El de la navaja se le echó encima. El mulato logró esquivarlo y le torció la mano hasta que soltó el arma. El travesti, que no había dejado de seguir al muchacho, recogió la navaja del suelo y preguntó:

¿Quién coño es el que quiere pelea?

Los chiquitos quedaron perplejos al ver a una loca marimacha. Ahora la lucha sería pareja, pero el arma había pasado al otro bando. Decidieron, a su pesar, dejar la cosa como estaba, no sin antes, en un descuido, patearle los testículos a Odlanier. Se alejaron corriendo y se volvieron para gritarle que ojalá lo hubiesen capado, que se lo merecía por ladrón y tarrú. Su novia se había acostado con cinco de los de su grupo y pariría un hijo en nueve meses sin saber quién era el padre.

Odlanier no supo qué le causó más dolor: si la patada en los huevos o enterarse de cómo se divertía Desabel. Quedó doblado con la cabeza apoyada en la acera y los ojos cerrados. La que iba a ser su futura esposa no sólo se había entregado a Lovilli, sino que se revolcó con media Habana. El travestí se arrodilló a su lado y lo incorporó. Odlanier lo rechazó con violencia.

Mal agradecido, si lo único que trato es ser amable. Así me pagas. Lo quieras o no, me debes una, mulato. Si no fuera por mí, estarías desangrándote como un cordero. Por aquí no se ve ni un alma que hubiera podido hacerte el favor de llevarte al hospital. Sólo yo: esta pálida materia que exorciza la noche. Vamos, arriba la moral, que no se diga que aquí no hay un hombre. Lo peor ya pasó, respira hondo, así. No creo que tenga que acompañarte al Cuerpo de Guardia, estás entero. ¿Qué piensas hacer? No me digas que vas para tu casa, porque cara de sueño no tienes y tampoco pienso que hayas creído lo que dijeron esos sobre tu novia. Porque si es cierto que quedaste estéril y tu novia te dejó plantado, lo más recomendable es que te cuelgues del ventilador del techo. Vamos, sonríe, que era una broma. Pero… tú tienes problemas sentimentales; a ver, mírame a los ojos. Sí, lo veo en tu rostro. Si son sentimentales, por medio hay una falda: tu novia. ¿Piensas casarte con ella pronto, verdad? No soy espiritista, sino astróloga y cartomántica. ¿Qué signo eres? ¡Aries! El primero del zodiaco, alaba’o, el más difícil. Con ustedes los Aries hay que tener mucho cuidado. Son testarudos hasta más no poder. Cuando se empecinan en una idea, aunque no tengan razón, tenemos que dejarlos por incorregibles. ¡Qué caprichosos son! Tú eres Aries con ascendente Piscis, naciste en la segunda mitad de Marzo y eso te hace soñador. También voluble. Piensas una cosa y haces lo contrario. Eres meticuloso, serio para los estudios, te gusta practicar deportes y también eres vegetariano… ¿Qué cómo lo sé? No te acabo de decir que soy astróloga. Mi arte son las estrellas y la adivinación, si quieres te digo la carta astral y el estado biorrítmico. Te aseguro que vas a quedar fascinado con lo que vas a descubrir de tu persona, cosas que ni tú mismo sabes. Las estrellas no mienten. Eso sí, tiene que ser en mi estudio porque con el ruido del mar no puedo concentrarme. Oye niño, no te asustes, no estoy proponiéndote nada deshonesto. Yo soy muy seria en mi trabajo y tengo muy buenos clientes intelectuales y gente famosa. Los tengo también del departamento de Seguridad del Estado y hasta del Instituto de Meteorología, cuando no se aclaran con los partes del tiempo. ¡Ay, qué torpeza la mía! Habla que te habla y no me he presentado. Soy Maridalia. El nombre me lo puse porque me encanta la cantante puertorriqueña que cantaba con La 440. ¿Que no la conoces? ¿Cómo la vas a conocer si a ti lo único que te interesa es la música americana? Tu cantante preferido es Bon Jovi, a que sí…

Con lo que la chica sabía sobre él, ni siquiera se dio cuenta de que el dolor había pasado y ahora caminaba cada vez más interesado en el monólogo del travesti. Quería saber hasta qué punto aquel individuo podía saber más de su vida que él mismo. Era asombroso que hubiera adivinado que era vegetariano y que Bon Jovi era su cantante favorito. Poco más y le dice el número de serie de su carné de identidad. Se preguntaba cómo podían existir personas de este tipo si el materialismo dialéctico imponía otras verdades. Él nunca creyó en esas cosas; sin embargo, hoy le parecía que su vida dependía de ellas. Se detuvieron ante un edificio de la calle 25, entre J y K.

Aquí vivo yo, en el último piso.

Su cara mostró una expresión de vacilación: era bien diferente que le dijeran cuatro cosas por el camino a permanecer un tiempo más o menos largo con un ser místico, de apariencia charlatana y, para mayor desgracia, maricón. ¿Lo reconocería alguno del barrio? Ya era casi la una de la madrugada. El cederista que hacía su guardia nocturna se hizo notar desde la esquina con una linterna. Maridalia comenzó a sentirse incómoda ante la duda de su presa y agitando nerviosamente el bolso miró la hora en su reloj. El vecino de vigilancia solo tendría una vaga impresión de su fisonomía, semejante a la de tantos otros mulatos de La Habana que usaban cabello trenzado como el suyo. Subieron por las escaleras y llegaron a un pequeño apartamento en la azotea del edificio.

A un lado de la puerta había un tronco pequeño de madera, a medio tallar, con un platillo de cerámica que contenía monedas de diferentes países. Mientras Maridalia ordenaba el interior de la vivienda y encendía velas e inciensos, le indicó que colaborara con los espíritus astrales y que dejara caer alguna monedita en el platillo del santo africano.

Es el protector de mi morada dijo y las monedas que más le gustan son los centavos americanos. Si no tienes puedes echarle una monedita INTUR que tiene el mismo valor que el dólar, o si no, una moneda con la imagen del Che porque el santo también es comunista. Después se dirigió a la cocina y desde allí le ofreció té porque sabía que era eso lo que tomaba. Pero se equivocó.

A esta hora no tomo nada, gracias.

Ante la negación, Maridalia se sentó frente a él, cruzó sus largas piernas y comenzó a estudiarlo en silencio mientras se fumaba un cigarrillo mentolado. Odlanier comenzó a inquietarse. El maricón tenía razón, siempre hacía lo contrario a lo que quería. Qué hacía sentado en un sofá de mimbre en la casa de un homosexual con quien había tropezado en la calle y que lo único que buscaba era sexo.

¿No tienes nada que preguntarme? inició Maridalia el diálogo.

Me trajiste aquí para contarme no sé qué cosas sobre mi vida. Estoy curioso por saber qué es lo que sabes de mí.

Todo, o casi todo. El resto lo dirán las cartas –y continuó observándolo.

Al parecer no tenía intención de comenzar la consulta. No se veían cartas, ni caracoles, ni bola de cristal por ningún lado. Terminó con el cigarrillo y encendió el segundo.

Naciste en Ciego de Ávila, pero te criaste en La Habana. Desde pequeño fuiste muy listo para los estudios, terminabas los cursos con sobresaliente y tienes alrededor de un centenar de pepillas puestas pa’ tu cartón, pero no le haces caso a ninguna. Sólo tienes ojos para una, tu novia, que se te perdió hace unos días y estás buscándola desesperadamente. ¿Me equivoco?

Odlanier se paró de un salto.

¿Tú eres bruja o qué?

Soy astróloga, no te lo repito más. Siéntate que acabamos de empezar. En realidad me sorprende que no nos hayamos encontrado antes, yo soy… cómo te lo podría explicar… Tu otra mitad, el ente vedado a tus sueños, el desdoblamiento de tu personalidad. Ambos teníamos que enfrentarnos alguna vez. La fuerza telepática funciona, y mira dónde nos topamos: en el Malecón, el lugar más surrealista y onírico de la ciudad. Allí pasa de todo. Sí, no me mires así, es la verdad. Obsérvame bien, voy a dar unos pasitos para ver si te recuerdo a alguien.

Se levantó con gracia y se paseó un rato contoneando las caderas. Dio un giro, se puso la mano en el pecho y caminó en dirección a Odlanier. Se apartó el pelo de la frente y se inclinó cuanto pudo para provocarlo.

¿De verdad que no te parezco familiar?

Odlanier negó con la cabeza. Lo que en realidad le parecía era una loca de armas tomar. Maridalia se sacó los rellenos de las tetas y se bajó el escote para mostrar su pecho velludo. Al comprobar que el mulato seguía con cara de circunstancia se apartó, alzó su vestido y echó fuera los rellenos de las caderas y el trasero. Ahora Odlanier, intrigado, parecía asistir a un striptease un tanto peculiar. Maridalia regresó a su lado y, tomándolo de la barbilla, con una mirada hipnotizadora le dijo bésame. El beso duró sólo un par de segundos. Odlanierle arrancó la peluca y gritó:

¡Cojones, tú eres Lovilli!

Recordó de golpe cuando trabajaban en la Escuela al Campo. Lovilli se había disfrazado de mujer para divertir al campamento, y en aquella ocasión, por jodedera, le había dado un sonado beso en la boca que agotó la risa de los espectadores con la misma actuación cursi y lasciva que había empleado ahora. Después se corrió la bola que Odlanier era maricón porque se había dejado besar por un hombre. Sin embargo, de Lovilli nunca se habló en esos términos porque él andaba detrás de las chiquillas y no se preocupaba por hacer elección, le daba igual blanca que trigueña, negra que mulata, china, jabada, india o albina. Hasta la media boba de Merisloydi entró en su currículo, la cuatro ojos de Oydalis y la gorda Surami. Siempre alardeó de ser el que ligaba más hembras, aunque de físico era el más feo de la escuela. Odlanier, en cambio, virgen, atractivo y educado le gustaba cumplir con sus deberes y no se fugaba de los turnos de clase. Para los alumnos de las escuelas de Centro Habana eso era síntoma de debilidad masculina. El beso de jodedera que le plantó Lovilli lo marcó como maricón durante un tiempo hasta que empezó a practicar karate y los compañeros de curso dejaron de molestarlo porque no les gustaban las patadas y los puñetazos que recibían cuando lo llamaban pato, pajarito, cherna, mariquita o maricón.

Esta vez no se puso colorado ni se refugió por vergüenza en un rincón. Quizá porque no había testigos o había madurado. El beso de Lovilli ni le bajó ni le subió la presión; lo tomó con el sentido de humor con que debió haber tomado el beso aquel para evitar las burlas de sus compañeros.

Tienes tremenda peste a boca, asere fue el comentario que hizo y empujó al amigo.

Se recostaron en el sofá con la cabeza echada hacia atrás y empezaron a reírse a carcajadas. En medio de sus contorsiones, Odlanier se volcó sobre Lovilli y comenzó a golpearlo en una lucha lúdica. El falso travesti trató de defenderse y siguió la parodia, ahora cojeando porque había perdido un zapato. Corrió por la pequeña pieza en busca de un lugar dónde esconderse mientras gritaba con voz afectada:

¡Mi marido me quiere pegar, auxilio! Llegó a la casa y no encontró la comida lista ni los niños durmiendo. Papi, perdóname, es que me entretuve conversando con la manicura. ¡Ay, suéltame, no me pegues, bruto!

Al tomar un respiro, ya eran amigos otra vez. Lovilli ni sabía lo que parecía: el vestido por la cintura, el pecho descubierto y con los sostenes colgándole de un lado, las medias rotas, el maquillaje corrido embadurnando su cara y sin peluca. Era un miembro más del club de los monstruos.

Te va mejor de mujer que de hombre, el narizón lo disimulas y no pareces tan frontudo.

Lovilli le explicó por qué había preferido ocultarse tras la máscara de travestí. Era el mejor disfraz para un pobre diablo perseguido. Le juró al amigo, por su madrecita santa, que no le había hecho ningún daño a Desabel, que en verdad trató de besarla, pero ella le dio una mordida tan fuerte en la oreja derecha que se le pasaron de inmediato las ganas. La gente inventó lo de la violación por culpa del sangramiento. Prefirió no comentar, por el momento, sus sospechas sobre la antropofagia de Desabel, buscaría una mejor oportunidad para hacerlo. Tampoco comentó el récord de natación que había impuesto ni su llegada a Haití porque estaba a punto de reconsiderar la aventura como un sueño. Nadie le creería y lo que más necesitaba en estos momentos era no quedar como mentiroso. Sí le confesó que en su desafuero sexual se había templado a la mujer de su padre y que los había sorprendido en la cama en plena faena. Pasó por alto el por qué se calentó con su madrastra, esperaba que fuera el propio Odlanier quien, si lo quería, le contara su aventura con la mujer. Le dijo que el padre había jurado matarlo si lo encontraba y no se atrevía a regresar a la casa para evitarle mayores disgustos a su madre que debía estar angustiadísima, la pobrecita. Esta era la casa de un puntito homosexual que él se singaba cuando le bajaba la racha bugarrona, porque los maricones, en la vida real, mamaban la pinga mucho mejor que las mujeres. El tipo estaba en el Cotorro, en casa de su compromiso, y en un acto de solidaridad le dejó las llaves del apartamento. Fue aquí donde encontró tanta ropa, maquillaje y accesorios femeninos que se fue al Malecón a tomar el fresco y para demostrar sus habilidades como experto en camuflaje.

Eso es todo concluyó y le dio una palmada al amigo en el muslo.

Se levantó y fue a preparar un cigarrillo. Preguntó dónde había dejado el bolso y al encontrarlo extrajo de él un sobrecito de papel cartucho. Lo abrió y mostró la yerba que se les había perdido a los roqueros. Él lo había visto caer al suelo, y para recogerlo, sin levantar sospecha, tropezó con Odlanier sin percatarse de que era su amigo. Al comprobar que su camuflaje era efectivo, decidió divertirse y provocar a Odlanier para saber hasta dónde era capaz de resistir su espectáculo.

Ahora fumaban los dos y se reían por pura inercia. Odlanier se fue relajando. Por primera vez en tantos días había dejado de pensar en Desabel; estaba a gusto con Lovilli que, aunque siempre le diera sorpresas, acababa disculpándolo, mucho más ahora que mostraba un aspecto hermoso y ambiguo.

De verdad, te ves muy bien de mujer le confesó Odlanier y le sopló un beso.

 

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