LA DERROTA

 

por Alfonso Tirado

Como todas las noches, desde hacía más de dos años, Ulises se metió a la cama cerca de las ocho para continuar la lectura de Los Rescoldos de las Guerras Virónicas de Farabundo Carpuso, obra de consulta en cuatro tomos, Pléyade Editores, República de Paiva. Había sobrevivido las primeras 247 páginas sobre la conquista de América. En la soledad de su habitación, viviendo los desiertos de la viudez sin hijos, no había quien se interpusiera a sus lecturas. Los libros se apilaban por doquier. Cada vez que terminaba uno, lo dejaba en cualquier lugar y no volvía a tocarlo. No le importaba el desorden, tampoco le preocupaba combatir sus hábitos.

Desde niño leía todo lo que estaba a mano. Siempre encontraba la forma de hacerse de algún texto, de un lugar secreto a la hora adecuada, para no ser sorprendido por las molestas advertencias de su abuela. Con el tiempo refinó sus gustos y decidió dedicarse a la guerra. Desconocía el porqué de su inclinación por las armas. No fue educado en escuela militar ni había ejemplos en la familia que hubieran podido inducirlo. Sus antecedentes “heráldicos” se reducían al padre, campesino bastante bruto, a una madre que nunca conoció y a una abuela analfabeta. Tenía ya cincuenta y ocho años, pacífico y rutinario, del trabajo a la casa; los domingos, a merodear mercados de libros viejos para escarbar entre los estantes en busca del título que lo transportara a alguna batalla, a la vida de militares ilustres. Tarde o temprano encontraba algo valioso y entonces daba por bien empleado el tiempo.

 

Cruzados. Entrada a Constantinopla,  1877. Gustave Dore

Cruzados. Entrada a Constantinopla, 1877. Gustave Dore


 

Encontró la obra de Farabundo Carpuso durante la venta de limpieza en la casona señorial de la avenida Reforma, que había quedado abandonada a la muerte del licenciado Luis Maroto, nieto y heredero universal del General español Rafael Maroto, valiente luchador por la independencia de su país y que, en 1817, fuera vencido por el General José de San Martín en Chacabuco.

Ulises no sólo leía libros, sería mejor decir que los vivía. Sentía aversión contra el ejército español; admiraba en cambio la Francia de Bonaparte. Celebraba las victorias de sus héroes entrando a la cocina en desfile triunfal, iluminados por las notas de alegres marchas que brotaban de su victrola de cuerda. No obstante, en ocasiones, tuvo que aceptar la derrota a manos de ejércitos rebeldes o de invasores bárbaros. Entonces guardaba horas de silencio. No se apresuraba. Cada noche llegaría la hora de vivir su vida castrense. La esperaba, preparándose para cualquier situación a la que las belicosas páginas quisieran enfrentarlo.

Tocaba el turno a “La Guerra del Antimonio”. Experimentó angustia al descubrir que los ejércitos prusianos fueron sorprendidos en el interior de las minas de antimonio, donde el rey Guillermo I había ubicado su cuartel general, que creía secreto. Ulises sufrió el encierro en carne propia: la traición taponando todas las vías de acceso, sitiándolos como a ratas. Una cabeceada en las avanzadas del sueño, permitió que el volumen se fuera cerrando paulatinamente sobre su rostro. Cuando se percató de la situación, ya se encontraba bajo los muros infranqueables del papel frío y sofocante de la obra carpusiana. Sintió que se asfixiaba. Al igual que los soldados de Guillermo I, que a pesar de las múltiples bajas resistieron hasta lograr liberarse del fatídico calabozo, Ulises logró en las primeras horas de la mañana escapar del agobio que lo tuvo prisionero.

A la noche siguiente se reanudaron las narraciones épicas, cantos bíblicos y danzas heroicas escritas en denso papel amarillento, elaborado con fórmulas concebidas por la sabiduría de los estrategas, macerado con la insidia de traidores y añejado con la memoria de caudillos. Tintas que habían sido cuidadosamente elegidas: la negra sobre espaldas esclavas; la roja, color universal de la sangre, producida en cualquier momento y con toda facilidad, producto de alto factor renovable, surtida a domicilio sin requerir autorización de facultativo ni permisos expresos, legales o patriarcales; las guerras de Asia, con una tinta amarilla que tenía la particularidad de no diluirse al paso del tiempo, tinta que mantenía un intenso poder de regeneración y que, con los años, era más firme y tenía mayor capacidad de reproducirse hasta el exceso, con una sola filosofía: la de apoderarse lenta y pacíficamente de la riqueza del enemigo que se había erigido su vencedor. Ideas son éstas también contenidas en las acotaciones del célibe Farabundo Carpuso al apéndice titulado “Aclaraciones pertinentes”, tomo primero.

El nombre del grabador se mantenía en el anonimato. Sin embargo, en cada lámina se hacía evidente el estilo de Gustave Doré, el francés que también ilustró el Quijote y La Divina Comedia. Con mucha justificación se le adjudica esta obra, porque sería un acto de necios no reconocer los fúnebres juegos de líneas y sombras que realzan el terror, los claros profundos que enaltecen a los héroes. Ilustraciones de trazo firme y decidido que tenían todo la impronta de las batallas apocalípticas.

 

Cruzados. Una luz celestial, 1877. Gustave Dore

Cruzados. Una luz celestial, 1877. Gustave Dore


 

Cuando las líneas impresas comenzaban a desvanecerse tras largas horas de lectura, cuando los rugidos de los cañones y el galopar de la caballería empezaban a fundirse en el horizonte oscuro y lejano, Ulises volvió a escuchar como un eco persistente y necio las cantatas de la abuela. Su vista tenía ya los estragos de tanta batalla librada: emboscadas, derrocamientos, coronaciones, estados de sitio. Sabía interpretar las tácticas de cada ejército contendiente, entendía de posiciones estratégicas, del alcance de las armas, de bajas en vencedores y vencidos. Pasaba noches identificando la geografía marcial, clasificando armas: fusiles, obuses, lanzas, cañones ligeros, artillería pesada. Algunas de esas piezas dormitaban apuntando aun entre la barricada de libros. Eran su arsenal de campaña.

Podría decirse que la vida de Ulises era una carga difícil. Por causas de fuerza mayor, tuvo que retirarse del frente: una lenta pero irremediable afección pulmonar. Se le concedieron pocas posibilidades de sobrevivirla a causa de la escasa resistencia que presentaba su organismo, maltrecho y anémico. Él nunca pensó que fuera a morir. Sabía que recuperarse era sólo cuestión de tiempo. Atribuía sus males a una prolongada exposición a los humos de la pólvora y a los nauseabundos vapores de los insepultos de Waterloo, donde el General Arthur Wellington, Duque de Hierro, infringió a Napoleón Bonaparte una de las derrotas más célebres de la historia.

Ulises padeció la batalla como soldado incondicional del emperador. Quizá por ello, el derrumbe de su salud. Aunque no se restableció del todo, pasados cuatro meses, salió del hospital, galenos y enfermeras ondeaban la bandera de la capitulación. Soportando cada nueva hora y el dolor bíblico de los pulmones que desencadenaban furiosos accesos de tos, continuó viviendo las campañas de Mahoma III en Transilvania, las de Mahoma IV, las luchas de Turquía contra Rusia, Venecia y Austria, hasta llegar a las guerras de Crimea.

Dos de mayo. Las fuerzas del orden civil encontraron a Ulises tendido con el tomo cuarto de Los Rescoldos de las Guerras Virónicas aplastándole la cara. La sangre sobre la almohada estaba reseca desde hacía varias horas, posiblemente más de 24 horas, según la opinión forense. El Ministerio Público dio fe de la defunción sin determinar la causa. Nadie se percató que un arcabuz español, apoyado sobre una trinchera de libros, desprendía un olorcillo a pólvora recién quemada.

Era el 2 de Mayo. Día en que ciento cincuenta años atrás los madrileños, cansados y humillados de las provocaciones de las tropas francesas acantonadas en la ciudad, se sublevaron para dar principio a la guerra de independencia.

 

4 Respuestas a “LA DERROTA

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