COMENTARIO LITERARIO: arquetipo del TIRANO

 

por Rafael Álvarez Rosales

 

Lectura contrastiva de dos textos del Siglo de Oro: Diálogo de Mercurio y Carón (1529) de Alfonso de Valdés y Brevísima relación de la destruición de las Indias (1552) de Bartolomé de Las Casas

 

I

Discurrir en torno a la figura del tirano significa adentrarse en la del mal rey, y para arribar a una definición más lograda de este último hay que referirse a su contraparte, el buen rey, que por negación completa la caracterización de aquél. Este binomio emerge como resultante de las tensiones internacionales de principios del XVI. Sus referentes teóricos pueden encontrarse en los albores del siglo con El Príncipe de Maquiavelo y La educación del príncipe cristiano de Erasmo de Rotterdam, tratados político-didácticos cuya finalidad fue proponer visiones programáticas sobre el deber ser y deber obrar del aspirante a monarca.

Pero, grosso modo, ¿qué distinguiría al buen rey de su antagonista? Ya desde Aristóteles1 se puede registrar esa diferencia que replanteó posteriormente Erasmo. El buen rey es aquel que rige para y por su pueblo (esfera pública). Se regocija en el servicio. El tirano sólo rige para y por sí (esfera privada). Su vocación de servicio se halla distorsionada: no sirve a sus súbditos, sino que se hace servir de ellos. La ceguera que le incita el ejercicio de la gobernación lo aboca a una espiral de insaciable avaricia y deshonestidad. Detenta el poder no como medio, sino como fin. El tirano no escatima en ardides para propiciar la concurrencia de hechos que favorezcan sus intenciones. Los móviles son la mentira, el engaño, la burla, el descompromiso, la traición, la violencia, la represión. Su razón de estado es abusiva. El propósito fundamental del buen rey es la búsqueda del bien, del equilibrio entre las partes, de la unicidad en la diversidad,2 para de esa manera alcanzar un estadio duradero de concordia universal de la república cristiana. El buen rey es una encarnación viva de la ley y el orden, así como de Cristo.

En Diálogo de Mercurio y Carón los arquetipos de mal y buen monarca están representados en el plano ficcional a través del rey de los gálatos y del rey Polidoro, respectivamente. Ya desde el predio onomástico se anticipa la clave de sentido detrás de los personajes. Al primero de los aludidos le es negado un nombre y, por consiguiente, la trascendencia. Cuando lo que es destacado de sí es el posicionamiento sobre su “rebaño”, se está reduciendo su personalidad al acto de poder, al tiempo que se pronostica la similitud que sostiene con el antiparadigma de monarca cristiano. En cambio, el segundo rey ostenta nombre propio,3 que viene a significar “el que tiene muchos dones” o “el virtuoso”, atributos que, por extensión, se erigen cualidades distintivas.

 

Diálogo... (2)

 

Lo primero que salta a la vista cuando hace su entrada el rey de los gálatos es el uso enfático del calificativo “monstruo” por parte de Mercurio y Carón. Pareciera que la visión perturbadora de la monstruosidad es inseparable de la presencia del tirano. Mas también sorprende el énfasis en el vocablo “infiel”. La reiteración de estos calificativos, cercanos entre sí en el mapa textual, hace pensarlos en una unidad de sentido cuya interpretación alegórica sería la transgresión del orden, degeneración moral y de credo (sátira espiritual). Se percibe una voluntad de hiperbolización del pecado a través del grotesco corporal.

Lo segundo que llama la atención del mal rey es su absentismo administrativo para los asuntos civiles. Relega esta labor a sus subalternos. Sin embargo, para la tarea de gestionar el engrosamiento de sus arcas personales o el beneficio de sus intereses por despojo o guerra, sí convoca al consejo (sátira política). Su reino es el del terror y sus súbditos no lo respetan, le temen. Significativa diferencia puede encontrarse en Polidoro, cuya empresa más noble es la procura del concierto global en virtud de una perdurable confraternidad pacífica. Esa vocación conciliadora le hace ganarse la admiración de su pueblo. Apréciese la convergencia entre el modus operandi de los reyes del plano ficcional y los del histórico.

El tirano con su desviado proceder se convierte en el instaurador del mundo al revés. Favorece la proliferación de subversiones y se regodea en el acto mismo de la transgresión:

A los malos trataba bien y hacía mercedes, a los buenos no quería ver ni hablar (…) Porque los buenos nunca me hacían sino ladrar a las orejas, diciendo que trataba mal mis súbditos y que no hacía lo que debía, y por esto los tenía aborrecidos; los otros nunca me decían cosa que me pesase, mas todo lo que hacía, aunque fuese lo peor del mundo, lo aprobaban ellos por muy bueno. (Valdés 153.)

La sátira espiritual viene ahora imbricada a la sátira política. Esta apreciación puede constatarse en el contrapunteo de tipo erasmista de Carón, quien muda la voz y se acoje a un tono sentencioso, el sermón, como contrapeso ideológico del statement del rey de los gálatos.

Pero la ligereza y volubilidad no quedan ahí, sino que se extienden incluso al compromiso de palabra, norma que para el tirano se queda en convención y para Polidoro es un código de honor inviolable. A palabra empeñada, fidelidad jurada: reza el refranero español. El tirano niega el empeño, la promesa y con ello el conglomerado de buenas formas que acompañan el desenvolvimiento de un monarca.

CARÓN. Y a esos pocos [amigos], ¿teníasles buena amistad?
ÁNIMA. Cuando me cumplía.
CARÓN. ¿Guardabas la fe que les dabas?
ÁNIMA. Mientras que me estaba bien guardarla, la guardaba, y cuando no, nunca faltaba algún achaque conque romperla. (154.)

Sobreviene una interferencia en el entendimiento por códigos de honor entre el tirano y el buen rey. En el feudo del revés que entroniza el rey de los gálatos no se otorga crédito a la palabra como compromiso inquebrantable. Véase nuevamente cómo las coordenadas de la ficción y la realidad histórica se cruzan. Francisco I da fe verbal de su promesa de cumplir con lo dispuesto por el Tratado de Madrid de 1526; sin embargo, luego de ser liberado del cautiverio, incumple. El emperador queda burlado una vez más, víctima de los engaños y despropósitos de un rey, inferior a él.

Por último, en cuanto a su vida religiosa, se repite el patrón de otros tipos sociales: la práctica exterior de la fe. En el caso del tirano, su externalización constituye una demostración de su vanagloria porque se limita solamente a la edificación de templos y monasterios (visibilidad de su poderío): presunto salvoconducto al paraíso. Carente de una praxis religiosa íntima y anónima, el tirano se asila en las falsas expectativas que le conceden las bulas. En su vida como rey no le da importancia alguna a la fe y religión cristianas en el desarrollo del poder. Ha estado enfrascado en una sola tarea: la expansión de su conquista, la perpetuación en el poder.

Polidoro, una vez que cumple su anagnórisis, ve en la vida de Cristo el modelo a seguir para oficiar como pastor de sus ovejas. El buen rey es un instrumento de bien en las manos de la providencia. Asienta su oficio en el aprendizaje de las sagradas escrituras porque sólo en la palabra de Dios se encuentra el ideario y plan de acción de la república cristiana. Se hace sólo acompañar de los justos y de los sinceros. Es el instaurador del orden. Su reino es el de la veracidad. Es el conductor ideal de la nave del estado.

La aparición de las ánimas reales en el inframundo no se limita a una mera polaridad discursiva. En tanto arquetipos conductuales, los reyes del marco ficcional operan como proyección retórica de los reyes del marco histórico: Francisco I y Carlos V. Rememoremos la causa principal que motivó a Alfonso de Valdés para escribir Diálogo…: “manifestar la justicia del emperador y la iniquidad de aquellos que lo desafiaron” (73). Por un parte desea justificar la política e ideología imperiales de Carlos V frente al proceder divisionista y arbitrario de Francisco I, Enrique VIII y Clemente VII; por otra parte, desea exaltar la figura del emperador como modelo de virtud, razón, y justicia (visión idealizada) en detrimento de sus oponentes. Valdés se sirve de los personajes acaso mitológicos para, a través de los recursos de la contraposición y la analogía, enfatizar su crítica del errado proceder político de lo monarcas europeos en cuestión. Si el rey de los gálatos por su mal obrar constituye el otro-degradado del príncipe erasmista y por consiguiente de Carlos V, Polidoro es la encarnación del ideal monárquico-cristiano, antítesis del príncipe maquiavélico y, por asociación, de Francisco I. Carlos V es el único monarca que sale ileso del balance valdesiano. Pero no sólo detenta la prominencia política por su confesa madurez conciliadora, sino también la secular, ante la degeneración moral y espiritual de la Santa Sede. La fe cristiana se erige como elemento cohesivo del imperio (E pluribus unum).

II

En el caso de Bartolomé de las Casas y la Brevísima relación de las destruición de las Indias, la revisión de la figura del tirano o los tiranos, como veremos, no implica una pormenorización como en Diálogo… Las retóricas que envuelven al arquetipo y su contraparte son más sencillas. La figura del tirano contempla otros matices, no menos atractivos, porque el espacio del antiparadigma no es ocupado por un monarca sino por dos colectividades: la casta militar y el comité de la encomienda, que en el texto parecen muchas veces fusionados.

Cabe aquí recurrir al propósito último o el fin por el que fueron enviados estas instituciones al Nuevo Mundo. Por una parte tenemos las órdenes religiosas (dominicos, jerónimos, franciscanos…), que llegan en calidad de representantes de la Iglesia Católica Apostólica y Romana y tienen una expresa misión evangelizadora: dar a conocer a los nativos la existencia de Dios, el legado de su palabra; a la postre, integrarlos a las huestes de la fe cristiana. La iglesia viene a fungir simbólicamente como el buen pastor y los indígenas como “las ovejas necesitadas de un guía que las lleve a buen recaudo y destino”. Por otra parte, tenemos el grupo integrado por militares y encomenderos. La función de los militares es la de iniciar el descubrimiento, y como tales su móvil debía ser la diplomacia, en virtud de facilitar los primeros contactos y crear los cimientos de las relaciones que hoy llamaríamos bilaterales. La función de los segundos, que se incorporan posteriormente a la empresa, es la de servir como intermediarios o reguladores de las prestaciones o tributos que los súbditos presuntamente libres ofrecen a la Corona (relación contractual). Debían obrar como facilitadores del adoctrinamiento, cuidar de la integridad física de los indígenas, así como pagarles un salario adecuado por sus prestaciones.

Sin embargo, solamente el aparato eclesiástico es consecuente con la tarea encomendada. Su praxis moral lo coloca por encima de la casta militar legal y de los encomenderos. Se alza la voz de Bartolomé de las Casas para dar testimonio4 y denuncia de la subversión de propósitos en América:

(…) entraron los españoles, desde luego que las conocieron [ovejas mansas,5 refiriéndose a los nativos, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte (…) sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas… (Casas 77.)

Surge una escritura que delata las injusticias cometidas por los colonos contra los indígenas, a quienes consideran y tratan como bestias. Las Casas da fe de la naturaleza sana, mansa, obediente, leal, casi edénica del indio. El desconocimiento de Dios y de la fe católica por parte de los indígenas no constituye en opinión del dominico una carencia de humanidad, sino un problema de aprendizaje que puede ser resuelto dado el estado de abierto en que se halla el indígena. Su docilidad es idónea en virtud del interés último de las Casas y los dominicos: realizar un apostolado pacífico de la enseñanza de la fe,6 a través de la decisión voluntaria.

La figura del archinombrado tirano (el vocablo aparece cerca de cien veces en el texto) es representada literariamente como bestia. Véase cómo en los años en que se escribió Brevísima… existe una convención literaria que asocia al tirano con la animalidad o la depredación, nociones que ya están recogidas en Diálogo de Mercurio y Carón.

Tal y como el de Diálogo…, el tirano de Brevísima… gesta la práctica del mundo al revés. América, llamada a ser el espacio de las delicias, de acuerdo con las predicciones del imaginario utópico, deviene antípoda del nuevo edén tan anhelado por las elucubraciones intelectuales europeas. Ocurre un trastorno del binomio civilización-barbarie por cuanto son los colonizadores quienes se barbarizan y los colonizados quienes los reciben apelando en sus formas a una actitud civilizada.

Solamente la casta sacerdotal acompaña y es consecuente con el interés de la Iglesia, los intereses de la Corona Española y de Felipe II. Al menos eso parece sugerir(nos) Bartolomé de las Casas en su vívida exposición de la destrucción de las Indias. Por eso apela a la figura del monarca; sólo él está en capacidad de organizar el caos y desterrar el revés, al tirano, que se ha hecho receptáculo él mismo del pecado original, el pecado de la desobediencia:

(…) si su Majestad con tiempo no lo manda remediar (según la matanza en los indios se hace solamente por sacarles el oro que no tienen, porque todo lo que tenían lo han dado) que se acabará en poco de tiempo que no haya indios ningunos para sostener la tierra y quedará toda yerma y despoblada. (170-171.)

 

Brevísima... (1)

 

Obras consultadas

Aristóteles. Política. México D.F.: Espasa-Calpe, 1991.

De las Casas, Bartolomé. Brevísima relación de la destruición de las Indias. Madrid: Cátedra, 2001.

De Rotterdam, Erasmo. Educación del príncipe cristiano. Barcelona: Editorial Tecnos, 2007.

De Valdés, Alfonso. Diálogo de Mercurio y Carón. Madrid: Cátedra, 1999.

Maquiavelo. El príncipe. Barcelona: Editorial Tecnos, 2011.

San Agustín. De Doctrina Christiana. Obra selecta. Madrid: Editorial Gredos, 2012.

__________________________

1Política: libro tercero, capítulo cinco; libro sexto, capítulo ocho; libro octavo, capítulos ocho y nueve.

2 Es curioso cómo la idea del cuerpo místico de Cristo que alude San Pablo (Romanos 12: 4-5) converge con la propuesta de cuerpo imperial de Carlos V. La analogía entre ambas figuras en tanto cabezas y guías de sus respectivos rebaños o cuerpos simbólicos es inevitable.

3Polidoro. Del griego poly (determinante indefinido): mucho, numeroso y doron (sustantivo neutro): regalo, don. Las palabras griegas aparecen escritas en caracteres latinos.

4 Compruébese que tanto Diálogo de Mercurio y Carón como Brevísima relación de la destruición de las Indias tienen una función informativa y propagandística.

5En la relación, al tiempo que se insiste en la representación de los conquistadores como bestias, también se enfatiza, pero de manera tautológica, en la de los indígenas como “mansas o mansísimas ovejas”. Nótese la didáctica maniquea con la que Casas pretende sugestionar el criterio de Felipe II.

6Su visión sobre la evangelización coincide con la de Polidoro. Desde el coto ficcional en Diálogo… y el histórico en Brevísima… (protagonizado por los dominicos) se aboga por un adoctrinamiento pacífico, moderado, que considere la voluntad y decisión del otro (turcos, indígenas, respectivamente). En este sentido, se evidencia la puesta en práctica de un perspectivismo o visión relativista que implica reconocer cierta autonomía del conquistado. Las prácticas etnocentristas quedan relegadas al accionar violento de tipo o grupos como el rey de los gálatos y los encomenderos, quienes han tergiversado el propósito por el que fueron instituidos y han pecado contra la fe.

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