De la NEBLINA del AYER

por Ahmel Echevarría

[Fragmento]

Las ramas muertas del rosal
El hombre que amaba a los perros es la crónica o la novela de una muerte anunciada. Al menos una parte de los lectores saben que Trotski murió asesinado en México; una porción de ese grupo conoce del piolet hundido en el cráneo del viejo león en Coyoacán, el 21 de agosto de 1940, gracias a las artes de Jacques Monard/Ramón Mercader, verdugo devenido víctima. Pero Leonardo Padura Fuentes se traía mucho más entre manos, o entre páginas.

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No es el fin de Liev Davídovich la historia a narrar, sino la muerte de un idilio, el fin de un sueño, un ideal que acompañaba a varios millones de cubanos desde la salida a la puesta del sol. “Es una tarde en la que se rompen mitos y se cumplen sueños” —dijo Padura en la presentación—; en la otrora fortaleza militar San Carlos de La Cabaña, sede de la Feria Internacional del Libro en su edición de 2011. También comentó que su novela era un libro “profundamente cubano”, escrito y pensado desde Cuba para sus lectores, “en la que todo parte y termina en la isla, a pesar de que la historia atraviesa muchos escenarios de Europa y América”. Sin embargo, esta máquina narrativa admite pasajeros de otras latitudes, porque no es uno de esos libros en donde se perpetra la escritura de un diminuto episodio nacional siquiera importante para el autor o los protagonistas del relato. En El hombre que amaba a los perros se habla de esa Cuba que, con aciertos y cuentas pendientes, ha transitado entre crisis de índoles diversas hasta dar de cara con este siglo y milenio —llevando a sus espaldas nuevos aciertos y viejas cuentas pendientes—, pero también habla de las luces y muchas sombras de la URSS (y Rusia), del México de la Kahlo, Rivera, Lázaro Cárdenas y un variado diapasón de miserias humanas. Habla de la España sumida en la Guerra Civil y en antagonismos, traiciones, engaños y otras canalladas. Con esta novela Padura pone el ojo y el escalpelo en las revoluciones (el uso de la minúscula es ex profeso y no obvia sus importancias geopolíticas y dimensiones históricas), porque su intención es mostrar el funcionamiento de sus mecanismos, el verdadero papel de los hombres encargados de dirigir tal vorágine, de los hombres arrastrados y devorados por ella, de los que por razones diversas no se sumaron o decidieron disentir.

Esta entrega de Padura, que no es “la novela de su vida”, también hace una parada en el amor y su paisaje, en la verdad y su contrario, la traición, el sexo, sus alrededores; en ella se habla de la familia y el abandono, del dolor, de infligir dolor, y de la muerte, el exilio, el engaño, de la fe y la ausencia de fe tras sentir la vacuidad y falta de sentido común del discurso político; se habla de utopías, quimeras, de una cadena evolutiva en donde el último y esperado eslabón no fue el Hombre Nuevo (si acaso, fue el eslabón perdido o malogrado), de malabarismos para salir a flote en medio de una crisis no personal sino nacional que cambió, para bien o para mal, las reglas del juego (como toda crisis que se respete) y que tomó por sorpresa a la mayoría, tal como sucede en toda debacle económica, política y social.

En El hombre que amaba a los perros se nos advierte de ese relato construido y narrado por todo Estado, en donde no siempre se incluye la realidad, porque es más extraña e inverosímil y políticamente incorrecta que la ficción.

Fantasmas en la noche, de trasluz
Era el segundo semestre de 2004 cuando Iván Cárdenas, con un libro de cuentos en su haber y encargado de un cuartucho devenido clínica veterinaria, pierde a su mujer. Por esos días rememora un episodio de su vida ocurrido en 1977: el encuentro con un enigmático hombre que, acompañado de dos galgos rusos, acostumbraba a pasear por una de las playas del este de La Habana. Luego de varios encuentros, Jaime Ramón López o el hombre que amaba a los perros decidió compartir con Iván una serie de confidencias que tiene como eje al asesino de Trotski.

Por Ramón Mercader, este enigmático hombre, aquejado de una rara enfermedad y custodiado por un negro alto y flaco, conoce detalles muy íntimos. Ayudado por tales revelaciones, Iván redacta un manuscrito, donde confluyen las vidas de Trotski y Mercader, que llegará a manos de su amigo y pupilo literario Dany. Así podría resumir la novela de Padura. Solo falta agregar que la vida de Iván es un verdadero calvario. Hay de todo en la viña de este señor: las consecuencias de la homofobia, las horribles sacudidas de una política cultural o bestia gris que durante más de un quinquenio redujo, amordazó y silenció a no pocos intelectuales y artistas; alcoholismo y huesos rotos; expulsiones por “conducta impropia” en centros de trabajo, estudio y núcleos familiares; castigos y doble moral; inmuebles en “estática milagrosa”; Período Especial y todo lo que ello implica; perros sarnosos, cinismo, un poderosísimo huracán, osteoporosis, muerte y el derrumbe de una casa.

Un cuento de Raymond Chandler le sirvió a Padura para titular su novela: “El hombre que amaba a los perros”. En el texto del norteamericano el protagonista es un asesino a sueldo, el título remite a su afición. La novela del cubano le da cobija a más de un asesino; evitemos complicaciones: Mercader es el asesino y además ama a los borzoi —se aficiona a esta raza tras su acercamiento a León Trotski, que bien conocía el gusto de la aristocracia rusa por esos galgos.

El homenaje a Chandler se extiende un poco más; el norteamericano es uno de los autores que Iván prefiere luego de comprender que Literatura no es escribir en blanco y negro para cambiar todo lo que debe ser cambiado. Otro detalle: el mismo día del encuentro con Jaime López, Iván Cárdenas leía un libro de Chandler donde aparece este relato.

La neblina del ayer
Puede que haya más en la vida de Iván. Él es el escenario escogido por Padura para la puesta en escena del comienzo y final de toda una generación que se entregó en alma y cuerpo a la Revolución: “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y los manipulan hasta hacerlos mierda”. Quizá sea demasiado en la vida de una sola persona, igual puede haberle ocurrido a más de un cubano de esa generación nacido en las décadas del ’40 y ’50. Pero la realidad es más extraña que la ficción y esto le pasa factura a la novela.

De los tres compartimentos el de Iván deja un raro sabor, o la sensación de que algo no se logró o no se logró del todo. He llegado a decirme y decir “no es una buena novela”, porque en ella la historia está en función de La Historia, como si el autor hubiera subido a la máquina del tiempo y regresara del pasado no solo con una pequeña flor amarilla prendida en la solapa; es difícil moverse con gracia cargando tanto equipaje. Quizá en el afán de dejar sitio en el relato a cada kilogramo de Historia, quedaron ocultos en el compartimento de Iván los nombres de algunos de los protagonistas de los episodios nacionales que sirvieron de base ―por la www anduvo un epistolario o intercambio de e-mails rubricado por más de un intelectual cubano tras la aparición y la mención de… y de… en la TVC; de la “misa”, ese affaire no es ni la mitad. Tal vez la ausencia se debe a que todo el contenido narrado por Padura es pura ficción, o el efecto de la estilizada curva de la elipsis.

En El hombre que amaba a los perros, repito, la historia está en función de La Historia tal como si Padura tuviera la imperiosa necesidad de no dejar nada fuera. Es ahí donde la voz, a partir del supuesto manuscrito redactado por Iván desde sus encuentros con Jaime López/Ramón Mercader, reporta y opina sobre la realidad nacional y se cuela en la ficción como si fuera un troyano. La supuesta escritura o voz de otro autor dentro de la novela podría ser la justificación; sin embargo, me digo y digo “El hombre que amaba a los perros es un buen libro”. Citemos a Iván: “Saltar al vacío, jugárselo todo en la escritura”. Quizá la ficción no sea tan eficiente como en otras entregas de Padura, pero ese loco afán de no dejar nada afuera, de hacer una novela total, de saltar a la biografía novelada, de conectar geografías, de entrelazar revoluciones y sociedades cuyas r.p.m. son diferentes, a pesar de que no todos los nombres estén; en este caso, se agradece y de qué modo. Aunque parezca poco verosímil cuanto le acontece a Iván, además del encuentro con un amante de los galgos y conocedor de ciertos detalles sobre la “víctima y verdugo de uno de los crímenes más reveladores del siglo XX”, muchos lectores, en especial los cubanos que ya peinan canas, se verán en esas páginas.

Son muy superiores los compartimentos dedicados a Trotski y Mercader. Liev Davídovich y Ramón cobran vida y hasta se les puede tocar y sentir. Padura va asociando, hilvanando las hebras de diferentes sucesos históricos. El lector verá cómo, desde “el destierro impuesto por Stalin a Trotski en 1929 y el penoso periplo del exiliado (Siberia, Turquía, Noruega, Francia, México), desde la infancia de Mercader en la Barcelona burguesa, sus amores y peripecias durante la Guerra Civil, o más adelante en Moscú y París, las vidas de ambos se entrelazan hasta confluir en México”. Gracias a ese tejido queda en manos del lector (precisemos: en las manos del lector cubano) terribles pasajes y paisajes que les fueron escamoteados a lo largo de su vida:

Ramón Mercader del Río llegó a Cuba en 1974. Este hombre, entrenado por la inteligencia soviética para eliminar al gran enemigo de la revolución, muere de una muy rara enfermedad en 1978. Solo unos pocos conocían su verdadera identidad. Era un hombre cuya historia personal debía permanecer sepultada. Soldado, verdugo, víctima; quienes tenían el control de los hilos atados a sus brazos y piernas determinaron que una isla del Caribe era el lugar idóneo para los días finales de su vida. Hubo un diálogo, un acuerdo entre partes. Nosotros no decimos cree, decimos lee.

Cómo es mejor el verso aquel
El hombre que amaba a los perros no será uno de esos libros que pasará sin penas ni glorias. Padura tiene lectores incondicionales, personas de puro fierro decididas a desafiar la lógica de la publicación, distribución, promoción y venta de nuestras editoriales. Pero no todo es color de rosa, también tiene detractores, muchos; algunos critican su estilo, la estructura de sus novelas, el lenguaje… dejemos fuera otros aspectos esgrimidos, a fin de cuentas La Verdad es asunto de puntos de vista, de confrontación de ideas, y Leonardo Padura está haciendo lo suyo a tiempo y sonriente. Lo cierto es que, contrario al pronóstico de los amigos a quienes Padura siempre les da los manuscritos una vez terminados, el libro está en manos de muchos lectores, muchos lectores cubanos. Y muchos de ellos están a la espera de un intercambio, análisis o una conversación sobre nuestra historia o pasado más reciente en ocasiones eludida, aplazada. ¿Acaso El hombre que amaba a los perros no es una buena manera de establecer, con preguntas y respuestas arduas y a pesar de la distancia entre los interlocutores, ese diálogo? Este podría ser uno de los comentarios de Padura ante la duda de algún lector: “Yo no creo que mis respuestas sean la única verdad, pero son al menos una parte de la verdad o pueden servir, en la confrontación con otras, para acercarnos a la verdad. Lo escabroso [dijo Padura; el entrevistador le pedía disculpas por considerar escabrosas las preguntas], lo escabroso en realidad es que muchas veces, cuando das una opinión, alguien —oficial o paraoficialmente— pueda llegar a acusarte de lo que se le ocurra para tratar de dañarte o devaluarte, y eso yo lo he sufrido en carne propia.”

Nada mejor que una cita de la novela para concluir esta pentagonía. Dice Daniel Fonseca Ledesma (o Dany, amigo de Iván y su pupilo literario): “Por más que corras y te escondas, el miedo siempre te alcanza.”

* Las citas no solo han sido tomadas del libro El hombre que amaba a los perros (Tusquets Editores, 2009 / Ediciones UNION, 2010), de Leonardo Padura. Hay otras que forman parte del diálogo que sostuvo el autor con Jorge Fornet y un nutrido grupo de lectores en la sala Manuel Galich de Casa de las Américas, una tarde de septiembre de 2009, a propósito de la publicación y distribución de la novela en España. Otras citas pertenecen a la intervención de Padura Fuentes en la presentación de su novela en la Sala Nicolás Guillén de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, así como a respuestas de la entrevista “Una sociedad que está cambiando exige pensarse a sí misma”, concedida a Daniel Díaz Mantilla (narrador, poeta y editor), publicada en la revista La Letra del Escriba (julio-agosto de 2009).

Una respuesta a “De la NEBLINA del AYER

  1. De pronto se da cuenta uno de lo “atrás” que está… Ya quiero leerme esa novela.

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