CHANTAJE, de Lalo AGUADO (fragmento)

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Pero no llovió, no mientras estuvo en el parque. Cuando empezaron a caer las primeras gotas y se levantó el olor a polvo mojado, él ya estaba sentado en una mesa para dos y miraba a una calle cualquiera a través del cristal de un bar. Lo atendía una mujer de unos cincuenta años y fue ella quien le recomendó las alubias pintas, de primero; y los callos a la madrileña, de segundo. Para beber pidió vino y gaseosa. Un hombre con los nudillos peludos dejó una cesta de pan frente a él.

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La mujer aún tardó en llevar las alubias. Al final lo hizo y al verlas se arrepintió de haber entrado allí. Los frijoles nadaban en un caldo transparente y venían acompañados de un trozo de chorizo y otro de grasa. No estaban duros pero tampoco abiertos. El caldo en cambio tenía buen sabor. Así que se hizo a la idea de que tomaba una sopa y fue apartando los granos. Al final, acompañó la grasa y el chorizo con pan.

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Usó los callos para terminar más de media botella de vino y tuvo la idea de que no los cocinaban allí como le había dicho la mujer. Adriana hacía lo mismo. Los suyos venían en unas tarrinas como de helado, ella los cortaba en raciones y los calentaba en el microondas. Pero a todo el que le preguntaba le decía que sí, que los hacía ella misma y en el bar. Estos sabían bien y la verdad que el vino con la gaseosa entraba fácil, como un refresco, y lo hacía sentirse a gusto y feliz.

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Tomó natillas de postre y pidió la cuenta. Ocho con cincuenta, dijo la mujer. Orestes sacó la tarjeta y la dejó sobre la mesa. Lo siento, dijo ella, pero aquí no tenemos ese chisme para cobrar. El hombre de las manos velludas los miraba desde la barra. También lo hicieron los únicos tres clientes del bar. Ninguno comía. Entonces él procuró ser amable y dijo, ¿y dónde hay un cajero? La mujer le dio una dirección cualquiera, una en la que debía ir hasta la esquina, subir tres calles y luego doblar a la derecha. No es difícil. No, dijo Orestes y se levantó con timidez, como si le costara regresar a la intemperie. Los otros se quedaron viéndolo salir.

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Orestes

© 2013 Rafael Álvarez

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Caminó sin prisas hasta la esquina del bar y echó a andar en la dirección que le habían dicho. Poco después apareció el chico. Vino de atrás y se pegó a él, pero no habló. Orestes se detuvo. Tendría unos quince años. La lluvia parecía salir desde el aspersor de un jardín. ¿Qué quieres? El chico lo miró con los ojos caídos. ¿Sabes dónde es? Allá arriba, dijo Orestes y señaló hacia lo alto de la calle. Yo puedo decirte. No hace falta, ya me las apaño. Siguió subiendo, pero el chico no se volvió, solo retrasó el paso.

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Los clientes —y él lo sabía bien— solían regresar a pagar. Nadie se preocupaba de vigilarlos ni estaban pendientes de a qué cajero habían decidido ir finalmente. Por tanto, que le hubieran mandado a ese chico detrás no era una buena señal, era como si los dueños —seguro sus padres— dieran por hecho que no volvería. Tal vez, por el aspecto que tenía con aquel gorro o por su acento o acaso porque no lo habían visto nunca antes por allí. Existía una relación inevitable y difícil de salvar entre lo «desconocido» y la «desconfianza». Pero a lo que iba y le importaba, en cualquier caso, se la estaban jugando bien. A él no se le ocurría qué hacer para quedarse solo. Tampoco podía ahuyentar al chico; o aquel pueblo —sin otra salida que él conociera, que la carretera por la que había venido— podía convertirse en algo parecido a un coto de caza. Había visto una película donde las presas eran hombres que corrían por  un bosque y el día de ellos tenía esta misma luz húmeda y gris que el suyo ahora.

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Llegó hasta el cajero, introdujo la tarjeta y solicitó su saldo. El chico lo observaba desde la esquina. Le quedaban nueve euros con quince céntimos en la cuenta y en el bolsillo tenía lo justo para pagar la comida. Y eso haría. Salió a la calle, miró al otro y se encaminó hacia el bar. El chico lo imitó, pero esta vez era él quien llevaba prisa, como si quisiera anunciar cuanto antes que ya volvían. Orestes esperó a que voltease la esquina y él hizo lo mismo en la anterior, pero en dirección contraria, y echó a correr. Tras la estampida, apenas si tuvo tiempo de preguntarse si valía la pena algo así. Pero solo sentía la respiración brotándole en el pecho como un fuelle y supo que ya no se podía regresar. Subió por la calle paralela al banco —aún a riesgo de terminar encerrado en una jaula de edificios y salidas cortadas— y antes de torcer en la siguiente esquina, se volvió, pero no alcanzó a ver a nadie. Entonces corrió aún más deprisa. Frente a él, se abría el mismo paisaje de yerbas amarillas que lo había acompañado mientras venía, unas naves industriales y después una carretera. Un poco más adelante alcanzó a distinguir un terraplén, un pequeño puente sobre un río —tal vez el mismo río que encontró al llegar— y al otro lado un camino de tierra que se perdía hacia ninguna parte.

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Se deslizó ladera abajo encajando en el barro los talones de las zapatillas y se apuró en cruzar el puente. A la derecha, la maleza formaba un nudo tupido entre árboles de la orilla. Los bordeó y se ocultó dentro. Desde allí conseguía ver el largo de la calle y la falda del terraplén. Y esperó. Tenía la cabeza y los pies mojados, pero aún no sentía frío.

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