Fragmento de LA NORIA, de AHMEL ECHEVARRÍA

TDH está de vuelta, después de un largo receso, y lo hace celebrando el otorgamiento del Premio Italo Calvino 2012 al joven narrador cubano Ahmel Echevarría con la publicación de un fragmento de su laureada  La noria (Unión, 2013).

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I. El cañón en la boca

1.

¿Nunca se sabrá cómo contar esta historia?

Estaba de pie, frente a la ventana —el único ventanal que tiene la sala de su apartamento—, a cinco pisos de altura sobre la calle Campanario. El sol caía vertical sobre el asfalto, rebrillaba en los cromos y parabrisas de los viejos automóviles americanos o en la flamante carrocería de los autos modernos. Esta calle no tiene soportales ni árboles en las aceras, solo viejos edificios y caserones que con el paso de las décadas y el arduo clima del trópico dejan caer pedazos de sus fachadas —incluso han perdido más que la testa de una cariátide, parte del alero o balcón encima de algún caminante o inquilino—; a los transeúntes no les queda otro remedio que ir calle arriba o calle abajo sin poder resguardarse del duro sol del mediodía multiplicado por el pavimento. ¡Cuánto quisiera este hombre disfrutar ese aparente andar despreocupado de los que caminan por la calle y la acera! Pero un episodio, para él muy particular, ha vivido. No lo ha olvidado. Incluso buscó papel en blanco y se ha puesto frente a la vieja máquina de escribir.

¿Cómo contar ese episodio? ¿Nunca se sabrá?

Se encoge de hombros. Luego de mirar el reloj regresa al cómodo butacón en donde estaba sentado.

 .

Había cerrado los ojos antes de respirar profundo. Este hombre de barba cana, con un peinado afro que le impone varios centímetros a su espigado cuerpo, necesita encontrar la calma. Mientras escucha los Conciertos de Brandeburgo siente los latidos de su corazón. Pegan muy fuerte en el pecho y la sien. Solo está convencido de que hay una historia, una historia espera por ser contada. La vivió en cuerpo y alma. Aunque parezca inverosímil cree que debe escribirla.

Tan pronto exhala, abre los ojos y toma un libro: Las armas secretas de Julio Cortázar (Editorial Sudamericana, 1959). Es un ejemplar autografiado en 1963 por el propio Cortázar al finalizar una charla; era su segunda visita a Cuba.

Lo abre justo donde está el marcador: el cuento ‘Las babas del diablo’. Y de pie comienza a teclear en su Remington:

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada.

Relee lo escrito y mira hacia el librero: Proust, Dostoievski, Hemingway, Borges, Carpentier, Lezama, Henry James, Faulkner, Piñera, Cabrera Infante, Arenas, Flaubert, Pessoa, Tolstoi… Imagina el lomo de cada libro como el rostro de alguien que lo observa y juzga. Pero con un golpe de tecla retoma la escritura:

… formas que no servirán de nada. Si se pudiera escribir: lo vieron caminar por el boulevard de Obispo como quien va en dirección al mar,

Mientras se rasca la barba se pregunta si alguien en pleno siglo XXI tendría paciencia para leer un relato en donde se experimenta con el lenguaje. ¿Puro fuego de artificio? Sus dedos tamborilean sobre la carcasa de la Remington. Y toma un bolígrafo. Luego de tachar la frase inconclusa decide retomarla:

… formas que no servirán de nada. Si se pudiera escribir: lo vieron caminar por el boulevard de Obispo como quien va en dirección al mar, para terminar el acostumbrado paseo del tercer sábado del mes, después de un almuerzo, sentados sobre el muro del litoral bajo el tibio sol de la tarde, un sol que se irá doblando en calor y luz sobre la piel, o: nos me duele el fondo de los ojos cuando miro el claro y altísimo azul interrumpido a ratos por enormes manchones blancos, arrastrados por la brisa que llega desde el mar; nos me duele el fondo de los ojos si miro a esa porción de cielo que nos deja sobre mí esas vetustas fachadas a ambos lados del boulevard, mientras andamos como quien va en dirección al mar, sabiendo que allá, al muro del litoral, no llegaré como otras veces: atiborrado de un mediocrísimo arroz frito, boniato hervido, ensalada, el dulcísimo postre y una cerveza más agria que amarga; atiborrado pero con un gran sosiego. Esta vez, casi en la mitad de mi paseo sabatino, habrá un portón abierto que sin yo saberlo me espera. O si mi Remington y yo, en plena comunión y ósmosis, dejáramos impreso en un papel: tú la mujer trigueña y la muñeira que llega a mi oído, una mujer y los acordes de una danza que ya no siguen allí, en el portón, en esa puerta que sin saberlo estuvo abierta, a mitad de cuadra; la gaita y los redobles de no sé qué otros instrumentos acoplados en el seis por ocho de la muñeira, y una mujer trigueña toda sonrisa delante de mis sus nuestros rostros.

Ha escrito el primer párrafo de su relato luego de poco más de veinte años sin escribir un texto de ficción. Antes de quitarse los espejuelos vuelve a mirar hacia el librero.

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S/T. De la serie "Muñeca Mía". René Peña, 1992.

 .

 2.

Supongamos que este hombre se llama Jorge Luis, Julio César o Antón, Piotr Ilich, Ernest, Virgilio, Fiódor o quizá Johann Sebastian. La lista de posibles nombres podría ser mayor, porque tras seleccionar un disco iba hasta su Remington. Se sabía en un rapto de emoción y dejaba atrás su propia identidad; tal como hoy, deviene otra persona frente a la máquina de escribir.

Tiene una variada colección de óperas, conciertos, sinfonías, oberturas y oratorios junto a las vacas sagradas del rock & roll, el bossa nova, la nueva y la vieja trova, el rock, los pardos búfalos del filin, el bolero y el jazz. En el aparador —en donde todavía está la Remington— escribía. Y lo hacía como según él debía hacerse: de pie, descalzo, emocionado.

A ratos busca en su librero un ejemplar de Emancipación: Cultura y Sociedad. Conserva viejos números de esa revista trimestral, pero no elige al azar; hay, en la cuarta edición del año 1970, en la sección “Crítica de Arte y Literatura”, un ensayo dedicado a sus textos narrativos: ‘¿El Paraíso en la Tierra?’, de Alfonso Fernández de la Riva.

Ha vuelto a tomar la revista. Pero hoy solo releerá algunos párrafos:

“Me atrevería a afirmar que su cuerpo es el escenario donde batallan mujeres y hombres sin una Gran Historia a sus espaldas, pero cuyas historias mínimas resultan verdaderas tragedias. El amor y la muerte, la traición, la soledad y la culpa en medio de una «vorágine» mucho mayor: la Revolución; entre tales temas se debaten los protagonistas de su novela La duquesa (Nueva Isla, 1964) y su todavía inédita “Fin de semana en Neverland” (Segundo Premio del reciente Concurso Anual de Novela de la Sociedad Nacional de Artistas y Escritores —SNAE) o de su cuaderno de cuentos Bajo el mismo cielo (Ediciones Sociedad, 1968; Premio del Concurso Anual de la SNAE 1967), incluso su breve poemario Kabuki (Ediciones Sociedad, 1966). Con la lectura, el lector tendrá ante sí a individuos de diferentes estratos sociales; están en esas páginas, como si el autor los hubiera creado a partir de una de sus costillas. Allí están, con sus virtudes pero también con sus grandes defectos, cobran vida en esas páginas soldados y obreros, batallones y sindicatos, burgueses venidos a menos, prostitutas, viejos guerrilleros, anarquistas y comunistas evocando escaramuzas y heridas en un país anclado en el Caribe.”

Tras hacer una pausa se pregunta cómo Fernández de la Riva pudo haber muerto de un paro respiratorio. Era evidente el sobrepeso, pero el asma no lo aquejaba, tampoco tenía un carcinoma en los pulmones. En la nota necrológica los diarios notificaron que la muerte se debió al fallo respiratorio. El redactor de la nota incluyó la hora del velorio y el lugar donde sería sepultado. ¿Era aquel paro simplemente una casualidad? ¿O la punta de una madeja en la que tarde o temprano se enredaría un cuerpo obeso, de 52 años, aparentemente sano? Una vecina lo encontró muerto. En las mañanas esta mujer le llevaba café. Fue en diciembre de 1971 cuando lo vio tirado en el suelo, boca arriba, húmeda la entrepierna; un espumarajo blanquecino brotaba de la boca.

En 1970 llegó a las librerías un libro de ensayos de Alfonso Fernández de la Riva: ¿Microcosmos? (Editorial Nueva Isla). Recorría varios años de literatura cubana y se detenía en una docena de autores: Julián del Casal, Emilio Ballagas, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz, Lino Novás Calvo, Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Ezequiel Vieta, Dulce María Loynaz y Cintio Vitier. Pero en la primera edición del 71 de la propia Emancipación: Cultura y Sociedad —de la cual fue su fundador y director desde 1963 a 1969— publicaron una reseña sobre su libro sin que él se diera por enterado. Alguien, parapetado tras el seudónimo Leovigildo Avilés, apretó el gatillo: “al autor de ¿Microcosmos? no le interesa ahondar únicamente dentro de los límites de la simple crítica literaria. Ese aparente ejercicio del ensayo de tema literario cae en el terreno de la ideología y la confrontación. Su carga de subjetivismo es indudablemente ladina exaltación, subversión, realidad muy parcializada amparada en pretendidas posiciones revolucionarias.”

Mientras lee fragmentos del ensayo de Alfonso Fernández de la Riva enarca las cejas. Según la autopsia, Fernández de la Riva tenía demasiado alcohol en el torrente sanguíneo y una increíble cantidad de barbitúricos en el estómago. ¿Necesitaba apaciguar su escritura, mantener a raya la exaltación y la subversión? Se sabía de la gran afición de Alfonso no solo por la buena cocina y la literatura, con cierta y ya no tan discreta frecuencia organizaba el “doble festín de la carne”. Gracias a una enemistad a raíz de una reseña literaria escrita por él y publicada en Emancipación: Cultura y Sociedad, un olvidable narrador hizo público detalles que todos intuían pero que nadie a ciencia cierta sabía: cómo Fernández de la Riva saciaba el hambre de cuanto jovenzuelo recluta, incivil o universitario pescaba y a la vez saciaba la suya. “Salir tras un jabalí. Cazarlo. Comerse al aderezado jabalí.”

Tras imaginar los supuestos festines retomó la lectura del ensayo:

“He leído en cierta publicación la siguiente aseveración: No es inteligente abandonar las profundas raíces realistas e históricas de la narrativa nacional por otras quizá novedosas, pero que no están lo suficientemente sustentadas desde el punto de vista estético, ni por la apreciación del público lector. La cita, como el texto del que fue extraído, opera como una suerte de alarma. Intenta advertirnos que es peligroso alejarse de nuestras tradiciones literarias. ¿Acaso debe un escritor argentino no fijarse en otra tradición literaria sino la de Sarmiento, Macedonio Fernández, Leopoldo Lugones, José Hernández, Ricardo Güiraldes?”

Cada vez que relee el ensayo ‘¿El Paraíso en la Tierra?’ se pregunta si verdaderamente su obra es lo analizado. Lo cierto es que Fernández de la Riva lo nombraba, mencionaba sus libros, sus personajes.

 .

Los Conciertos de Brandeburgo, Pasión según San Mateo o la Sinfonía No. 40, el Réquiem en re menor, Sinfonía de los adioses y El Mesías, Música acuática o la Sinfonía nº 9 en re menor le servían para escribir y a la vez pagarse un boleto de ida y vuelta a otro cuerpo y por un momento llamarse Julio, Jorge Luis, Julio César o Antón, Piotr Ilich, Ernest, Virgilio, Fiódor o Johann Sebastian. Pero eso era antes, cuando alternaba los cuentos, relatos y novelas con la poesía, la dramaturgia o sus textos críticos. Hoy, a pesar de que tiene a mano el libro Las armas secretas, prefirió llamarse Ernest en vez de Julio.

Ernest es el nombre ideal no solo porque Hemingway escribía de pie; hoy, en su emoción y desvarío, este hombre siente que irremediablemente hay algo duro en su boca, acerado y frío. ¿El cañón de una escopeta?

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