Pyotr VAIL y Alexander GENIS: COCINA RUSA EN EL EXILIO (Fragmento II)

TRADUCCIÓN DEL RUSO:

DARIA SINITSYNA

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EL TÉ NO ES VODKA PARA TOMARLO POR LITROS

Es natural que el vodka se considere la bebida nacional rusa. No tenemos ningunas ganas de desmentirlo ya que sería una tontería, pero es necesario por el bien de la verdad. Porque también tenemos té.

El té llegó a Rusia desde China en 1638, o sea cien años antes de que lo conocieran, digamos, en Inglaterra. Desde entonces se ha convertido en el símbolo y a veces en la esencia de la sobremesa rusa. El samovar ha pasado a ser una manera de vivir. Una obra de Ostróvskiy o Chéjov es inconcebible sin uno. El tomarlo ha formado un pasatiempos específico ruso: conversaciones largas sobre el sentido de la vida, casas de campo, ruiseñores y cosas por el estilo…

Y eso que ahora en Rusia no saben tomar té. Como sucede muchas veces, para disfrutar de la cocina rusa hay que salir al exilio. No es que aquí entiendan mucho, pero en EE UU hay todo lo necesario para un goloso de verdad.

Antes que todo, olvídese de los paqueticos. Que no le confunda la rapidez del procedimiento o el precio. Puede preparar una taza de té fantástico en diez minutos e incluso los mejores no cuestan más de tres céntimos por vaso. Al paquetico le echan polvo, lo peor. Además, el pegamento al diluirse en la taza arruina el sabor.

Otro error histórico es la costumbre de echarle agua al ya preparado. Esta costumbre nace en la pobreza y se convierte en el prejuicio de que el té fuerte es dañino. No hay eminencia médica que no afirme que uno fortísimo preparado correctamente es muy bueno para la salud. Muchos dicen que el amor de los anglosajones a esta bebida les permitió crear un imperio universal. En cambio, la invención de los paqueticos lo llevó a la ruina.

Es alucinante la facilidad de preparar el té. Lo único que se necesita es el esmero. En principio, cocinar es un arte único en el cual la aplicación vale más que el talento.

Caliente una tetera de porcelana, échele té  –una cucharadita por cada taza más una por la tetera– y luego agua hirviendo (que no lleve mucho hirviendo). Déjelo reposar cuatro minutos (si más, va a saber amargo). Lo mezcla y lo echa a las tazas.

El té de verdad puede tomarse con azúcar pero sin limón o mermelada, que quitan el aroma. Si le gusta el inglés, observe la sucesión: échelo a la leche y no al revés. Cuesta creer que la mayor parte de la humanidad es incapaz de seguir estas reglas elementales y se toma un mejunje asqueroso en vez de gozar de una bebida realmente feérica.

En cualquier ciudad estadounidense hay una tienda donde venden los mejores por peso. Además, por todas partes existe el famoso té en lata de la marca inglesa Twinings. El mejor es el indio Darjeeling. También son muy buenos y olorosos los tés negros chinos de calidad, por ejemplo, el Yunnan. Para el té con leche queda mejor el de Ceilán. Y después de una comida fuerte es imprescindible el verde japonés. El chino Lapsang huele un poco a humo. Si lo añade a cualquier té negro, provoca recuerdos nostálgicos de haberlo tomado en el bosque.

A los amantes de sensaciones exóticas podemos recomendarles la variante calmuca  aproximada a las condiciones urbanas. Se prepara un té negro muy muy fuerte con leche hirviendo (¡sin agua!). Se añade un poco de sal y mantequilla. El té calmuco quita la borrachera, lo cual nunca está de más. Sobre todo si recordamos el antiguo refrán ruso: “el té no es vodka para tomarlo por litros”.

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