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Las del alba serían…

Con este texto que el gran Diego Ordaz (no el defensa de los Lobos, sino el literato) nos ha hecho llegar, se abre una nueva y necesaria sección temática en TDH dedicada a la crónica urbana. Me temo que, para bien, la ciudad elegida y su cronista pondrán en crisis los comodines mismos del género. Recomendamos altamente su lectura.

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No hace muchos días, a unas cuantas cuadras de mi casa —mi casa es su casa—, justo ante la espera del tren que pasaba lento, pardo en la calle mal iluminada, dos personas fueron descubiertas en una camioneta con un cadáver a bordo. Sucedió en la madrugada, preciso en la hora donde los trasnochados circulan ya ebrios, ya cansados, luchando por terminarse las cervezas que compraron en exceso. Ese horario justo yo lo calcularía entre las cuatro y seis de la mañana, entre el alba y la luz.

Esta noticia, en Ciudad Juárez, nada tiene de extraordinaria. Es una urbe que ha vibrado muchas muertes en tan variadas formas: dígase de cabezas —sin el cuerpo, sí— que aparecen dentro de una portería, crucificados en el puente más transitado o metidos en tambos de cemento a punto de fraguar, como ceremonia prehispánica. (Es momento que todos aquellos peregrinos de moral ambigua reclamen de este texto hablar sobre la belleza y las “cosas positivas” que albergamos los juarenses, y que arremetan diciendo que ni soy de la ciudad ni la quiero: venga, suenen los quejiditos burgueses reclamando la reapertura de bares y demás negocios).

Cuando los hombres —convertidos en jóvenes por la euforia del alcohol— fueron descubiertos con bebidas, bajaron de la camioneta: eran tres y solo dos atendieron la orden. Intentaron negociar, que si cuatrocientos, o quinientos, que si ochocientos pesos, que era lo más que llevaban. Ante la sospecha de que el tercero no descendía, los policías echaron un vistazo: estaba frío, tieso, sentado en medio de los dos, como si quisiera haberse perpetuado en la camaradería norteña de beber tres amigos en la cabina de una camioneta. Lo imagino con una cerveza entre sus piernas, sosteniéndola con su mano fría: ahora, la botella tibia y la mano fría, como en una trasmutación de cualidades, de servicios.

Canto Vital, coreografía de Azari Plisetski.

© 2014 Rafael Álvarez.

Los tres amigos fueron consignados, dos ante el ministerio público y el otro al anfiteatro. En las declaraciones ante la prensa (televisoras locales y periódicos) los dos sobrevivientes aseguraron que llevarían a su amigo a casa, donde vivía sólo, sin sírvete, ni madre, como diría Vallejo. Que lo dejarían allí, dentro, acostado en su cama, para que al paso del tiempo los vecinos dieran parte a la policía y lo declararan muerto por congestión, por mezcla de red bull con whiskey, por exceso de pastillas con cerveza o qué sé yo. Las circunstancias generales de la muerte, de cualquier manera, serían las mismas y, eso sí, sin culpa para lo amigos, que realmente cumplían con una entrega digna del tercero a Mitla. Sin embargo, la policía en esta ciudad, como los bomberos que lanzan fuego de Fahrenheit 451, es injustamente oximorónica: cuando asaltan, secuestran, roban o matan, no se aparecen sino hasta un tiempo considerable, el suficiente para que el delincuente llegue a su casa y se ponga las pantuflas mientras su esposa le hace una rica cena y los niños terminan la tarea a regañadientes; cuando deben dejar que la vida transcurra, apacible y melancólica, interrumpen como moscas en burrería. Esta vez importunaron una camaradería genuina, digna y derecha: los chicos despedían a su amigo y lo entregarían en casa hasta que las Tecates se terminaran. Ni modo.

La muerte (las muertes), sin duda, tiene esa cualidad variopinta que también tiene la vida. En esta ciudad se presenta la de la hoz, aunque parece que ya disminuye la frecuencia, de todas las maneras imaginables: basta revisar los periódicos de cinco años a la fecha. No es del todo malo y casi llega a ser reconfortante —lo digo no sin temor a que me engañe cierto pulso literario— que una vida se extinga entre amigos de buena voluntad, aunque emprendan acciones socialmente incorrectas. Ojalá Ciudad Juárez, así Caronte, estuviera entregada a esa amabilidad, ese desinterés, esa camaradería.

Diego Ordaz

5 de mayo de 2014, Ciudad Juárez, Chihuahua

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México en EXCELSIOR

José Martí

Los lectores de La América conocen, porque en nuestro número del mes de junio se lo describimos, el baile suntuoso que, como un himno cantado por los colores y los miembros armoniosos del cuerpo humano a las conquistas del hombre sobre la Naturaleza, han dispuesto, con notable alcance en el pensamiento y lujo en la forma, sus afortunados autores.

New York exhibe ahora el baile Excelsior, sin aquella plenitud de buen gusto con que, como flor inmensa que se abre en cesto de oro, lo exhibía el teatro Edén a los parisienses; pero con no menor riqueza. Cuando a nuestros ojos latinos asoman casi las lágrimas ante la dolorosa agonía, presentada en apropiada mímica, de los ingenieros franceses que creen haber errado sus cálculos y desesperan de haber venido abriendo el túnel del lado de Francia en la misma dirección en que lo venían abriendo del lado de Italia; cuando se dilata el alma jubilosa, y se sonríe dichosamente, como cuando se acaba de conmover a los hombres con una palabra, o arrancar un hecho nuevo a la Naturaleza; al ver entrar, al fin, lleno de abrazos, por el agujero abierto de ambas partes en el mismo lugar del túnel, al primer obrero italiano que dobla en tierra la rodilla, saludando con los llorosos franceses a un Dios nuevo, el público de Niblo´s Garden apenas aplaude. Generalmente no aplaude. ¡Hay entonces poca luz, poco color, pocas damiselas en la escena!

Pero luego es de ver, en “Ismailía”, el baile de todas las naciones. Todas están allí, en sus trajes peculiares y pintorescos; algunas faltan, que se están elaborando en la sombra y purgando pecados antes de subir a la morada de la Libertad; otras sobran, ya degeneradas y caídas, más hechas para ser bebidas de un sorbo por una sedienta bailarina, como el reino de Nápoles, que para llevar sus armas de abrir istmos en el cortejo de la locomotora prepujante, clarín de casco plumado de los ejércitos modernos.

En esa escena de Excelsior, en que los pueblos todos de la Tierra se juntan, en clarísimo espacio, por todas partes matizado —como por lenguas de gozo― de banderas, a celebrar la unión de los mares, aplauden los espectadores noche tras noche un curioso baile a cuatro, que viene después de magnífico quinteto bailado en que la Civilización, en saya corta, y la Luz, con casco y largo manto relumbrantes, disputan a un cruel señor de esclavos, azuzado por el genio negro de la Oscuridad, un pobre siervo desnudo y maltrecho, con quien la Civilización, al cabo victoriosa, baila en conyugal abandono el paso de la igualdad y de la paz; todo lo cual, con ser mímica y tener grano de chiste, conmueve, y enseña, y habla al juicio, y humedece los ojos.

Y en el baile de a cuatro, en que un inglés, todo vestido de dril blanco, figura a Europa, y a Asia un chino de ancha toga de seda, casco mondado y bigotes cadentes, cuyos extremos danzan como brazos de pulpo a los caprichos del aire, que el chino sacude con inquieto y cínico abanico, México ha sido elegido para representar a América; mas no de ridícula manera, como el inglés, que baila en la escena cancán descoyuntado, y el chino, que acompaña la animada orquesta con brincos y escarceos de ardilla loca; sino de garboso y cuasi heroico modo, y como caballero de la Civilización, que con igual brío la arrebatara de los brazos del chino que de los del inglés, cuando en los accidentes del baile se escapa a ellos.

A mayor atrevimiento, mayor honra. México se dio en su lucha contra Europa, tamaños de pueblo; y hoy, cuando quiere un europeo simbolizar la América, la simboliza en México.

No por indio, tocado de vistosas plumas y vestido de blancos algodones, y sobre ellos colgantes del pecho gruesos trozos de horadada obsidiana, y en los dedos muestras ricas de aquellas labores de oro que tan sutilmente hacían los artífices aztecas; no por indio de tiempos de antaño está representado México en el baile, sino por charro gallardísimo, de vestido apropiado y lujoso, a quien sólo sobran unas como monedillas de oro que le cuelgan del borde del sombrero. Su parte en el cuarteto no es la de Sganarelle, sino la de D. Juan. No le engañan, ni se da ocasión a que se burlen de él. Es el amante preferido de la dama, a quien su valor rescata siempre de los brazos rivales. Y en la música misma, el zapateo que el mexicano y la Civilización bailan, que no llega a ser el melodioso jarabe tapatío, interrumpe, como dúo de amor entre carcajadas de payasos, las notas saltarinas y compases descuadernados que acompañan las piruetas carnavalescas del chino y del inglés.

De todo lo cual, aunque parece cosa pequeña, se deduce que, a la larga, todo pueblo saca ventaja, por la fama que asegura y respeto que inspira, de haber sido heroico… así como queda para befa y mote cuando tarda en serlo.

 La América, Nueva York, octubre de 1883.

 [Tomado de: José Martí. “México en Excelsior”, Obras completas: La Habana, Ciencias Sociales, 1975, Vol. VII, pp. 28-30.]