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KRUSCHOV, de Dolores LABARCENA

La editorial Verbum acaba de publicar la primera novela de la escritora cubana Dolores Labarcena, colaboradora habitual de este espacio. Celebramos tan buena noticia con un fragmento de KRUSCHOV. 

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(Fragmento)

Donde impera el poder invariablemente habrá fisuras. Prenda la situación por el cogote. Ya sé que es insólito y que solo los psicópatas reaccionan así, sin nervios. Pero en todo individuo hay un psicópata latente. Vale, venga, llegó la hora… Ignórelo. Saque el suyo. Pase por encima de él. Es solo el portero del Bingo: un lugar tan arte­ramente triunfalista como el traje de látex que lleva puesto. ¡Haga algo! Y me sorprendió el desenfado con que profería tales manifes­taciones. El carácter despótico que afloraba en él, Kraus, un altozano del psicoanálisis, me dejó amilanado. Ok, si no logra hacer acopio de coraje, no lo haga. Entremos sin más. No lo mire, dijo Kraus. No obstante, mi traje llamó la atención de forma inusitada, o eso pensé, ya que al pararnos en la entrada del Bingo, el portero, muy civilmente, me impidió el paso con el argumento de que con ese traje no debía entrar. Esto es una Sala de Juegos, dijo. Y además, que me había equivocado y la fiesta de disfraces era en el Carabalí, el pub de la esquina. ¿Qué pasa?, desafió Kraus al portero. ¿No es evidente? Pertenece a la subcultura de los cosplayers, dijo señalando hacia mí. Vivimos en una sociedad libre, democrática, ¿no? Vamos, hombre, déjenos pasar. Los cosplayers son personas inofensivas, el único fin es disfrazarse de sus personajes favoritos, en su caso de Spiderman, pero los hay que se disfrazan de Bob Esponja, de Barbie, de Mickey Mouse… Venga, venga, que venimos a tirar nuestro dinero, comentó Kraus despectivamente. A la fiesta del Carabalí vaya usted. Nosotros queremos probar suerte. ¿De qué derecho de admisión habla?, ¿eh?, ¿eh? Apártese si no quiere que llame a su superior. ¡Mastodonte! Por menos que esto en Las Vegas lo echarían a patadas. Recuerde que tie­ne trabajo gracias a los jugadores. ¡Apártese!, y el portero se apartó, no sin antes llamar por un walkie-talkie del que escuchamos un “Au­torizado. Mantenga código azul. Cambio y fuera.” Mi apocamiento fue tal, que permanecí como en los sueños donde gesticulas pero no alcanzas a proferir palabra. Parado, avance, nos sentaremos en la mesa de la señora con el helado. Pediremos cuatro cartones. ¿Ha jugado al Bingo? Un juego matemático, se trata de dividir la cantidad de carto­nes que se usa en cada ronda por la cantidad total de cartones en jue­go. Si hay 100 cartones en juego, y nosotros tenemos cuatro, tenemos el cuatro por ciento de probabilidades de ganar. Por supuesto, hay que tener la destreza de calcular la cantidad de jugadores, y estable­cer un promedio de cartones por cada uno. ¿Ha entendido, Parado? Yo jugaré, usted en tanto observe a su alrededor, dijo al sentarnos.

Dinner is served

Y observé. A nuestro costado se encontraba un joven que miraba compulsivamente a la cantante de los números, venía acompañado de un señor mayor, quizás su abuelo, el cual no prestaba atención ni tenía cartones; solo bebía Red Bull, imagino que contagiado por el nieto. En la mesa de atrás, un señor en chándal se tomaba un cortado o un carajillo de Baileys, mientras cinco chicas eslavas se reían del camarero, que era manco. Se inhalaba un aire tenso y viciado. En los rostros se podía apreciar con total certeza la derrota o el triunfo. ¡Bin­go!, gritó alguien, y la sala enmudeció. Luego se escuchó un bisbiseo antes de instaurarse el silencio, la expectación. ¿Ha visto, Parado?, cálculo, susurró Kraus. Un cartón más hace la diferencia. Por eso pedí cuatro. Y es poco. Ese individuo de allí, ¿lo ve?, el del bisoñé, se gasta lo mínimo 380 euros diarios. Fue paciente mío. Sin embargo, no terminó el tratamiento. Un acto biológicamente natural, el juego. Lo lúdico, Parado, el oficio de entretener está en nuestros genes mu­cho antes que el lenguaje, antes incluso que el hombre de las cavernas. ¿Ha observado esos rostros? Sí, respondí. ¿Y qué le parecen? Pues gente crispada. Así es, si usted Parado, ahora juega y pierde, lo lógi­co es que se disparen en su cerebro sentimientos de insatisfacción. Normal, uno de los sentimientos más primitivos que hemos heredado es ese. La dicha es el resultado de una victoria obtenida. Por tal mo­tivo lo traje. Fíjese, el triunfador de cada ronda es uno entre tantos. El ejemplo, Parado, sirve igualmente para allá afuera, la vida. ¿Y qué trato de advertirle con esto? Que el que persevera triunfa. No obstante, en ello debe ir implícita la autodeterminación. Y es aquí donde comenzamos el tratamiento, no antes. Levántese y cólmese de valor, vocifere: Soy un hombre libre. Grítelo, dijo Kraus, y fue lo que hice. Llené de aire mis pulmones y exclamé aquella frase. Primero tímida, pronto enérgica, convincentemente: ¡Soy un hombre libre!… No quiero recordar. Se acalló la cantante de los números, un jugador me lanzó una lata de cerveza, la señora del helado mientras tiraba sus cartones en la mesa me llamó varias veces malparido, las chicas eslavas aprovechando el bullicio vociferaban: ¡Manco, manco, manco! El manco perturbado fue corriendo a buscar al portero. Nada, que se armó un zafarrancho de combate, todos imprecando a la vez: ¡Estafadores! ¡Devuélvannos el dinero! ¡Cuadrilla de chorizos!, etc… Sin dejar de patearme, el portero, un hombre fornidísimo y de una crueldad indecible, me colmó de oprobios, olvidándose de la explicación exhaustiva de Kraus sobre los cosplayers: ¡Fantoche! ¡Capullo! ¡Vete hacer puñetas al festival del cómic!, y cosas así. Me sentí infinitamente agraviado, ultrajado, y si bien esquivé las patadas, los dolores no me dejaban mover un músculo. ¿Me permite que descanse?, jadeante le rogué a Kraus tras un grandísimo esfuerzo, al rebasar el portal que estaba justo a unos cincuenta metros del Bingo y que pertenecía a la iglesia de la Inmaculada Concepción. ¿Descansar? Mire Parado, el alboroto y enfrentamiento físico de usted con el portero harán que venga la policía en cuestión de segundos. ¿No siente la alarma? Dígame, ¿trajo ropa para cambiarse? No, no, y expresé varias veces el no con inflexión pujante y exasperada. En ese momento se me unieron el cielo y la tierra. Ni una palabra más. Desaparezca, Parado. ¡Lárguese! Consiga que su presencia se convierta en un completo misterio. ¡Huya! ¡Eche a correr!

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NOTA: Los interesados en adquirir esta novela pueden hacerlo en 

http://www.casadellibro.com/libro-kruschov/9788490741696/2541037

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Fragmento de LA NORIA, de AHMEL ECHEVARRÍA

TDH está de vuelta, después de un largo receso, y lo hace celebrando el otorgamiento del Premio Italo Calvino 2012 al joven narrador cubano Ahmel Echevarría con la publicación de un fragmento de su laureada  La noria (Unión, 2013).

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I. El cañón en la boca

1.

¿Nunca se sabrá cómo contar esta historia?

Estaba de pie, frente a la ventana —el único ventanal que tiene la sala de su apartamento—, a cinco pisos de altura sobre la calle Campanario. El sol caía vertical sobre el asfalto, rebrillaba en los cromos y parabrisas de los viejos automóviles americanos o en la flamante carrocería de los autos modernos. Esta calle no tiene soportales ni árboles en las aceras, solo viejos edificios y caserones que con el paso de las décadas y el arduo clima del trópico dejan caer pedazos de sus fachadas —incluso han perdido más que la testa de una cariátide, parte del alero o balcón encima de algún caminante o inquilino—; a los transeúntes no les queda otro remedio que ir calle arriba o calle abajo sin poder resguardarse del duro sol del mediodía multiplicado por el pavimento. ¡Cuánto quisiera este hombre disfrutar ese aparente andar despreocupado de los que caminan por la calle y la acera! Pero un episodio, para él muy particular, ha vivido. No lo ha olvidado. Incluso buscó papel en blanco y se ha puesto frente a la vieja máquina de escribir.

¿Cómo contar ese episodio? ¿Nunca se sabrá?

Se encoge de hombros. Luego de mirar el reloj regresa al cómodo butacón en donde estaba sentado.

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Había cerrado los ojos antes de respirar profundo. Este hombre de barba cana, con un peinado afro que le impone varios centímetros a su espigado cuerpo, necesita encontrar la calma. Mientras escucha los Conciertos de Brandeburgo siente los latidos de su corazón. Pegan muy fuerte en el pecho y la sien. Solo está convencido de que hay una historia, una historia espera por ser contada. La vivió en cuerpo y alma. Aunque parezca inverosímil cree que debe escribirla.

Tan pronto exhala, abre los ojos y toma un libro: Las armas secretas de Julio Cortázar (Editorial Sudamericana, 1959). Es un ejemplar autografiado en 1963 por el propio Cortázar al finalizar una charla; era su segunda visita a Cuba.

Lo abre justo donde está el marcador: el cuento ‘Las babas del diablo’. Y de pie comienza a teclear en su Remington:

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada.

Relee lo escrito y mira hacia el librero: Proust, Dostoievski, Hemingway, Borges, Carpentier, Lezama, Henry James, Faulkner, Piñera, Cabrera Infante, Arenas, Flaubert, Pessoa, Tolstoi… Imagina el lomo de cada libro como el rostro de alguien que lo observa y juzga. Pero con un golpe de tecla retoma la escritura:

… formas que no servirán de nada. Si se pudiera escribir: lo vieron caminar por el boulevard de Obispo como quien va en dirección al mar,

Mientras se rasca la barba se pregunta si alguien en pleno siglo XXI tendría paciencia para leer un relato en donde se experimenta con el lenguaje. ¿Puro fuego de artificio? Sus dedos tamborilean sobre la carcasa de la Remington. Y toma un bolígrafo. Luego de tachar la frase inconclusa decide retomarla:

… formas que no servirán de nada. Si se pudiera escribir: lo vieron caminar por el boulevard de Obispo como quien va en dirección al mar, para terminar el acostumbrado paseo del tercer sábado del mes, después de un almuerzo, sentados sobre el muro del litoral bajo el tibio sol de la tarde, un sol que se irá doblando en calor y luz sobre la piel, o: nos me duele el fondo de los ojos cuando miro el claro y altísimo azul interrumpido a ratos por enormes manchones blancos, arrastrados por la brisa que llega desde el mar; nos me duele el fondo de los ojos si miro a esa porción de cielo que nos deja sobre mí esas vetustas fachadas a ambos lados del boulevard, mientras andamos como quien va en dirección al mar, sabiendo que allá, al muro del litoral, no llegaré como otras veces: atiborrado de un mediocrísimo arroz frito, boniato hervido, ensalada, el dulcísimo postre y una cerveza más agria que amarga; atiborrado pero con un gran sosiego. Esta vez, casi en la mitad de mi paseo sabatino, habrá un portón abierto que sin yo saberlo me espera. O si mi Remington y yo, en plena comunión y ósmosis, dejáramos impreso en un papel: tú la mujer trigueña y la muñeira que llega a mi oído, una mujer y los acordes de una danza que ya no siguen allí, en el portón, en esa puerta que sin saberlo estuvo abierta, a mitad de cuadra; la gaita y los redobles de no sé qué otros instrumentos acoplados en el seis por ocho de la muñeira, y una mujer trigueña toda sonrisa delante de mis sus nuestros rostros.

Ha escrito el primer párrafo de su relato luego de poco más de veinte años sin escribir un texto de ficción. Antes de quitarse los espejuelos vuelve a mirar hacia el librero.

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S/T. De la serie "Muñeca Mía". René Peña, 1992.

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 2.

Supongamos que este hombre se llama Jorge Luis, Julio César o Antón, Piotr Ilich, Ernest, Virgilio, Fiódor o quizá Johann Sebastian. La lista de posibles nombres podría ser mayor, porque tras seleccionar un disco iba hasta su Remington. Se sabía en un rapto de emoción y dejaba atrás su propia identidad; tal como hoy, deviene otra persona frente a la máquina de escribir.

Tiene una variada colección de óperas, conciertos, sinfonías, oberturas y oratorios junto a las vacas sagradas del rock & roll, el bossa nova, la nueva y la vieja trova, el rock, los pardos búfalos del filin, el bolero y el jazz. En el aparador —en donde todavía está la Remington— escribía. Y lo hacía como según él debía hacerse: de pie, descalzo, emocionado.

A ratos busca en su librero un ejemplar de Emancipación: Cultura y Sociedad. Conserva viejos números de esa revista trimestral, pero no elige al azar; hay, en la cuarta edición del año 1970, en la sección “Crítica de Arte y Literatura”, un ensayo dedicado a sus textos narrativos: ‘¿El Paraíso en la Tierra?’, de Alfonso Fernández de la Riva.

Ha vuelto a tomar la revista. Pero hoy solo releerá algunos párrafos:

“Me atrevería a afirmar que su cuerpo es el escenario donde batallan mujeres y hombres sin una Gran Historia a sus espaldas, pero cuyas historias mínimas resultan verdaderas tragedias. El amor y la muerte, la traición, la soledad y la culpa en medio de una «vorágine» mucho mayor: la Revolución; entre tales temas se debaten los protagonistas de su novela La duquesa (Nueva Isla, 1964) y su todavía inédita “Fin de semana en Neverland” (Segundo Premio del reciente Concurso Anual de Novela de la Sociedad Nacional de Artistas y Escritores —SNAE) o de su cuaderno de cuentos Bajo el mismo cielo (Ediciones Sociedad, 1968; Premio del Concurso Anual de la SNAE 1967), incluso su breve poemario Kabuki (Ediciones Sociedad, 1966). Con la lectura, el lector tendrá ante sí a individuos de diferentes estratos sociales; están en esas páginas, como si el autor los hubiera creado a partir de una de sus costillas. Allí están, con sus virtudes pero también con sus grandes defectos, cobran vida en esas páginas soldados y obreros, batallones y sindicatos, burgueses venidos a menos, prostitutas, viejos guerrilleros, anarquistas y comunistas evocando escaramuzas y heridas en un país anclado en el Caribe.”

Tras hacer una pausa se pregunta cómo Fernández de la Riva pudo haber muerto de un paro respiratorio. Era evidente el sobrepeso, pero el asma no lo aquejaba, tampoco tenía un carcinoma en los pulmones. En la nota necrológica los diarios notificaron que la muerte se debió al fallo respiratorio. El redactor de la nota incluyó la hora del velorio y el lugar donde sería sepultado. ¿Era aquel paro simplemente una casualidad? ¿O la punta de una madeja en la que tarde o temprano se enredaría un cuerpo obeso, de 52 años, aparentemente sano? Una vecina lo encontró muerto. En las mañanas esta mujer le llevaba café. Fue en diciembre de 1971 cuando lo vio tirado en el suelo, boca arriba, húmeda la entrepierna; un espumarajo blanquecino brotaba de la boca.

En 1970 llegó a las librerías un libro de ensayos de Alfonso Fernández de la Riva: ¿Microcosmos? (Editorial Nueva Isla). Recorría varios años de literatura cubana y se detenía en una docena de autores: Julián del Casal, Emilio Ballagas, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz, Lino Novás Calvo, Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Ezequiel Vieta, Dulce María Loynaz y Cintio Vitier. Pero en la primera edición del 71 de la propia Emancipación: Cultura y Sociedad —de la cual fue su fundador y director desde 1963 a 1969— publicaron una reseña sobre su libro sin que él se diera por enterado. Alguien, parapetado tras el seudónimo Leovigildo Avilés, apretó el gatillo: “al autor de ¿Microcosmos? no le interesa ahondar únicamente dentro de los límites de la simple crítica literaria. Ese aparente ejercicio del ensayo de tema literario cae en el terreno de la ideología y la confrontación. Su carga de subjetivismo es indudablemente ladina exaltación, subversión, realidad muy parcializada amparada en pretendidas posiciones revolucionarias.”

Mientras lee fragmentos del ensayo de Alfonso Fernández de la Riva enarca las cejas. Según la autopsia, Fernández de la Riva tenía demasiado alcohol en el torrente sanguíneo y una increíble cantidad de barbitúricos en el estómago. ¿Necesitaba apaciguar su escritura, mantener a raya la exaltación y la subversión? Se sabía de la gran afición de Alfonso no solo por la buena cocina y la literatura, con cierta y ya no tan discreta frecuencia organizaba el “doble festín de la carne”. Gracias a una enemistad a raíz de una reseña literaria escrita por él y publicada en Emancipación: Cultura y Sociedad, un olvidable narrador hizo público detalles que todos intuían pero que nadie a ciencia cierta sabía: cómo Fernández de la Riva saciaba el hambre de cuanto jovenzuelo recluta, incivil o universitario pescaba y a la vez saciaba la suya. “Salir tras un jabalí. Cazarlo. Comerse al aderezado jabalí.”

Tras imaginar los supuestos festines retomó la lectura del ensayo:

“He leído en cierta publicación la siguiente aseveración: No es inteligente abandonar las profundas raíces realistas e históricas de la narrativa nacional por otras quizá novedosas, pero que no están lo suficientemente sustentadas desde el punto de vista estético, ni por la apreciación del público lector. La cita, como el texto del que fue extraído, opera como una suerte de alarma. Intenta advertirnos que es peligroso alejarse de nuestras tradiciones literarias. ¿Acaso debe un escritor argentino no fijarse en otra tradición literaria sino la de Sarmiento, Macedonio Fernández, Leopoldo Lugones, José Hernández, Ricardo Güiraldes?”

Cada vez que relee el ensayo ‘¿El Paraíso en la Tierra?’ se pregunta si verdaderamente su obra es lo analizado. Lo cierto es que Fernández de la Riva lo nombraba, mencionaba sus libros, sus personajes.

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Los Conciertos de Brandeburgo, Pasión según San Mateo o la Sinfonía No. 40, el Réquiem en re menor, Sinfonía de los adioses y El Mesías, Música acuática o la Sinfonía nº 9 en re menor le servían para escribir y a la vez pagarse un boleto de ida y vuelta a otro cuerpo y por un momento llamarse Julio, Jorge Luis, Julio César o Antón, Piotr Ilich, Ernest, Virgilio, Fiódor o Johann Sebastian. Pero eso era antes, cuando alternaba los cuentos, relatos y novelas con la poesía, la dramaturgia o sus textos críticos. Hoy, a pesar de que tiene a mano el libro Las armas secretas, prefirió llamarse Ernest en vez de Julio.

Ernest es el nombre ideal no solo porque Hemingway escribía de pie; hoy, en su emoción y desvarío, este hombre siente que irremediablemente hay algo duro en su boca, acerado y frío. ¿El cañón de una escopeta?

CHANTAJE, de Lalo AGUADO (fragmento)

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Pero no llovió, no mientras estuvo en el parque. Cuando empezaron a caer las primeras gotas y se levantó el olor a polvo mojado, él ya estaba sentado en una mesa para dos y miraba a una calle cualquiera a través del cristal de un bar. Lo atendía una mujer de unos cincuenta años y fue ella quien le recomendó las alubias pintas, de primero; y los callos a la madrileña, de segundo. Para beber pidió vino y gaseosa. Un hombre con los nudillos peludos dejó una cesta de pan frente a él.

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La mujer aún tardó en llevar las alubias. Al final lo hizo y al verlas se arrepintió de haber entrado allí. Los frijoles nadaban en un caldo transparente y venían acompañados de un trozo de chorizo y otro de grasa. No estaban duros pero tampoco abiertos. El caldo en cambio tenía buen sabor. Así que se hizo a la idea de que tomaba una sopa y fue apartando los granos. Al final, acompañó la grasa y el chorizo con pan.

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Usó los callos para terminar más de media botella de vino y tuvo la idea de que no los cocinaban allí como le había dicho la mujer. Adriana hacía lo mismo. Los suyos venían en unas tarrinas como de helado, ella los cortaba en raciones y los calentaba en el microondas. Pero a todo el que le preguntaba le decía que sí, que los hacía ella misma y en el bar. Estos sabían bien y la verdad que el vino con la gaseosa entraba fácil, como un refresco, y lo hacía sentirse a gusto y feliz.

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Tomó natillas de postre y pidió la cuenta. Ocho con cincuenta, dijo la mujer. Orestes sacó la tarjeta y la dejó sobre la mesa. Lo siento, dijo ella, pero aquí no tenemos ese chisme para cobrar. El hombre de las manos velludas los miraba desde la barra. También lo hicieron los únicos tres clientes del bar. Ninguno comía. Entonces él procuró ser amable y dijo, ¿y dónde hay un cajero? La mujer le dio una dirección cualquiera, una en la que debía ir hasta la esquina, subir tres calles y luego doblar a la derecha. No es difícil. No, dijo Orestes y se levantó con timidez, como si le costara regresar a la intemperie. Los otros se quedaron viéndolo salir.

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Orestes

© 2013 Rafael Álvarez

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Caminó sin prisas hasta la esquina del bar y echó a andar en la dirección que le habían dicho. Poco después apareció el chico. Vino de atrás y se pegó a él, pero no habló. Orestes se detuvo. Tendría unos quince años. La lluvia parecía salir desde el aspersor de un jardín. ¿Qué quieres? El chico lo miró con los ojos caídos. ¿Sabes dónde es? Allá arriba, dijo Orestes y señaló hacia lo alto de la calle. Yo puedo decirte. No hace falta, ya me las apaño. Siguió subiendo, pero el chico no se volvió, solo retrasó el paso.

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Los clientes —y él lo sabía bien— solían regresar a pagar. Nadie se preocupaba de vigilarlos ni estaban pendientes de a qué cajero habían decidido ir finalmente. Por tanto, que le hubieran mandado a ese chico detrás no era una buena señal, era como si los dueños —seguro sus padres— dieran por hecho que no volvería. Tal vez, por el aspecto que tenía con aquel gorro o por su acento o acaso porque no lo habían visto nunca antes por allí. Existía una relación inevitable y difícil de salvar entre lo «desconocido» y la «desconfianza». Pero a lo que iba y le importaba, en cualquier caso, se la estaban jugando bien. A él no se le ocurría qué hacer para quedarse solo. Tampoco podía ahuyentar al chico; o aquel pueblo —sin otra salida que él conociera, que la carretera por la que había venido— podía convertirse en algo parecido a un coto de caza. Había visto una película donde las presas eran hombres que corrían por  un bosque y el día de ellos tenía esta misma luz húmeda y gris que el suyo ahora.

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Llegó hasta el cajero, introdujo la tarjeta y solicitó su saldo. El chico lo observaba desde la esquina. Le quedaban nueve euros con quince céntimos en la cuenta y en el bolsillo tenía lo justo para pagar la comida. Y eso haría. Salió a la calle, miró al otro y se encaminó hacia el bar. El chico lo imitó, pero esta vez era él quien llevaba prisa, como si quisiera anunciar cuanto antes que ya volvían. Orestes esperó a que voltease la esquina y él hizo lo mismo en la anterior, pero en dirección contraria, y echó a correr. Tras la estampida, apenas si tuvo tiempo de preguntarse si valía la pena algo así. Pero solo sentía la respiración brotándole en el pecho como un fuelle y supo que ya no se podía regresar. Subió por la calle paralela al banco —aún a riesgo de terminar encerrado en una jaula de edificios y salidas cortadas— y antes de torcer en la siguiente esquina, se volvió, pero no alcanzó a ver a nadie. Entonces corrió aún más deprisa. Frente a él, se abría el mismo paisaje de yerbas amarillas que lo había acompañado mientras venía, unas naves industriales y después una carretera. Un poco más adelante alcanzó a distinguir un terraplén, un pequeño puente sobre un río —tal vez el mismo río que encontró al llegar— y al otro lado un camino de tierra que se perdía hacia ninguna parte.

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Se deslizó ladera abajo encajando en el barro los talones de las zapatillas y se apuró en cruzar el puente. A la derecha, la maleza formaba un nudo tupido entre árboles de la orilla. Los bordeó y se ocultó dentro. Desde allí conseguía ver el largo de la calle y la falda del terraplén. Y esperó. Tenía la cabeza y los pies mojados, pero aún no sentía frío.

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De la NEBLINA del AYER

por Ahmel Echevarría

[Fragmento]

Las ramas muertas del rosal
El hombre que amaba a los perros es la crónica o la novela de una muerte anunciada. Al menos una parte de los lectores saben que Trotski murió asesinado en México; una porción de ese grupo conoce del piolet hundido en el cráneo del viejo león en Coyoacán, el 21 de agosto de 1940, gracias a las artes de Jacques Monard/Ramón Mercader, verdugo devenido víctima. Pero Leonardo Padura Fuentes se traía mucho más entre manos, o entre páginas.

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No es el fin de Liev Davídovich la historia a narrar, sino la muerte de un idilio, el fin de un sueño, un ideal que acompañaba a varios millones de cubanos desde la salida a la puesta del sol. “Es una tarde en la que se rompen mitos y se cumplen sueños” —dijo Padura en la presentación—; en la otrora fortaleza militar San Carlos de La Cabaña, sede de la Feria Internacional del Libro en su edición de 2011. También comentó que su novela era un libro “profundamente cubano”, escrito y pensado desde Cuba para sus lectores, “en la que todo parte y termina en la isla, a pesar de que la historia atraviesa muchos escenarios de Europa y América”. Sin embargo, esta máquina narrativa admite pasajeros de otras latitudes, porque no es uno de esos libros en donde se perpetra la escritura de un diminuto episodio nacional siquiera importante para el autor o los protagonistas del relato. En El hombre que amaba a los perros se habla de esa Cuba que, con aciertos y cuentas pendientes, ha transitado entre crisis de índoles diversas hasta dar de cara con este siglo y milenio —llevando a sus espaldas nuevos aciertos y viejas cuentas pendientes—, pero también habla de las luces y muchas sombras de la URSS (y Rusia), del México de la Kahlo, Rivera, Lázaro Cárdenas y un variado diapasón de miserias humanas. Habla de la España sumida en la Guerra Civil y en antagonismos, traiciones, engaños y otras canalladas. Con esta novela Padura pone el ojo y el escalpelo en las revoluciones (el uso de la minúscula es ex profeso y no obvia sus importancias geopolíticas y dimensiones históricas), porque su intención es mostrar el funcionamiento de sus mecanismos, el verdadero papel de los hombres encargados de dirigir tal vorágine, de los hombres arrastrados y devorados por ella, de los que por razones diversas no se sumaron o decidieron disentir.

Esta entrega de Padura, que no es “la novela de su vida”, también hace una parada en el amor y su paisaje, en la verdad y su contrario, la traición, el sexo, sus alrededores; en ella se habla de la familia y el abandono, del dolor, de infligir dolor, y de la muerte, el exilio, el engaño, de la fe y la ausencia de fe tras sentir la vacuidad y falta de sentido común del discurso político; se habla de utopías, quimeras, de una cadena evolutiva en donde el último y esperado eslabón no fue el Hombre Nuevo (si acaso, fue el eslabón perdido o malogrado), de malabarismos para salir a flote en medio de una crisis no personal sino nacional que cambió, para bien o para mal, las reglas del juego (como toda crisis que se respete) y que tomó por sorpresa a la mayoría, tal como sucede en toda debacle económica, política y social.

En El hombre que amaba a los perros se nos advierte de ese relato construido y narrado por todo Estado, en donde no siempre se incluye la realidad, porque es más extraña e inverosímil y políticamente incorrecta que la ficción.

Fantasmas en la noche, de trasluz
Era el segundo semestre de 2004 cuando Iván Cárdenas, con un libro de cuentos en su haber y encargado de un cuartucho devenido clínica veterinaria, pierde a su mujer. Por esos días rememora un episodio de su vida ocurrido en 1977: el encuentro con un enigmático hombre que, acompañado de dos galgos rusos, acostumbraba a pasear por una de las playas del este de La Habana. Luego de varios encuentros, Jaime Ramón López o el hombre que amaba a los perros decidió compartir con Iván una serie de confidencias que tiene como eje al asesino de Trotski.

Por Ramón Mercader, este enigmático hombre, aquejado de una rara enfermedad y custodiado por un negro alto y flaco, conoce detalles muy íntimos. Ayudado por tales revelaciones, Iván redacta un manuscrito, donde confluyen las vidas de Trotski y Mercader, que llegará a manos de su amigo y pupilo literario Dany. Así podría resumir la novela de Padura. Solo falta agregar que la vida de Iván es un verdadero calvario. Hay de todo en la viña de este señor: las consecuencias de la homofobia, las horribles sacudidas de una política cultural o bestia gris que durante más de un quinquenio redujo, amordazó y silenció a no pocos intelectuales y artistas; alcoholismo y huesos rotos; expulsiones por “conducta impropia” en centros de trabajo, estudio y núcleos familiares; castigos y doble moral; inmuebles en “estática milagrosa”; Período Especial y todo lo que ello implica; perros sarnosos, cinismo, un poderosísimo huracán, osteoporosis, muerte y el derrumbe de una casa.

Un cuento de Raymond Chandler le sirvió a Padura para titular su novela: “El hombre que amaba a los perros”. En el texto del norteamericano el protagonista es un asesino a sueldo, el título remite a su afición. La novela del cubano le da cobija a más de un asesino; evitemos complicaciones: Mercader es el asesino y además ama a los borzoi —se aficiona a esta raza tras su acercamiento a León Trotski, que bien conocía el gusto de la aristocracia rusa por esos galgos.

El homenaje a Chandler se extiende un poco más; el norteamericano es uno de los autores que Iván prefiere luego de comprender que Literatura no es escribir en blanco y negro para cambiar todo lo que debe ser cambiado. Otro detalle: el mismo día del encuentro con Jaime López, Iván Cárdenas leía un libro de Chandler donde aparece este relato.

La neblina del ayer
Puede que haya más en la vida de Iván. Él es el escenario escogido por Padura para la puesta en escena del comienzo y final de toda una generación que se entregó en alma y cuerpo a la Revolución: “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y los manipulan hasta hacerlos mierda”. Quizá sea demasiado en la vida de una sola persona, igual puede haberle ocurrido a más de un cubano de esa generación nacido en las décadas del ’40 y ’50. Pero la realidad es más extraña que la ficción y esto le pasa factura a la novela.

De los tres compartimentos el de Iván deja un raro sabor, o la sensación de que algo no se logró o no se logró del todo. He llegado a decirme y decir “no es una buena novela”, porque en ella la historia está en función de La Historia, como si el autor hubiera subido a la máquina del tiempo y regresara del pasado no solo con una pequeña flor amarilla prendida en la solapa; es difícil moverse con gracia cargando tanto equipaje. Quizá en el afán de dejar sitio en el relato a cada kilogramo de Historia, quedaron ocultos en el compartimento de Iván los nombres de algunos de los protagonistas de los episodios nacionales que sirvieron de base ―por la www anduvo un epistolario o intercambio de e-mails rubricado por más de un intelectual cubano tras la aparición y la mención de… y de… en la TVC; de la “misa”, ese affaire no es ni la mitad. Tal vez la ausencia se debe a que todo el contenido narrado por Padura es pura ficción, o el efecto de la estilizada curva de la elipsis.

En El hombre que amaba a los perros, repito, la historia está en función de La Historia tal como si Padura tuviera la imperiosa necesidad de no dejar nada fuera. Es ahí donde la voz, a partir del supuesto manuscrito redactado por Iván desde sus encuentros con Jaime López/Ramón Mercader, reporta y opina sobre la realidad nacional y se cuela en la ficción como si fuera un troyano. La supuesta escritura o voz de otro autor dentro de la novela podría ser la justificación; sin embargo, me digo y digo “El hombre que amaba a los perros es un buen libro”. Citemos a Iván: “Saltar al vacío, jugárselo todo en la escritura”. Quizá la ficción no sea tan eficiente como en otras entregas de Padura, pero ese loco afán de no dejar nada afuera, de hacer una novela total, de saltar a la biografía novelada, de conectar geografías, de entrelazar revoluciones y sociedades cuyas r.p.m. son diferentes, a pesar de que no todos los nombres estén; en este caso, se agradece y de qué modo. Aunque parezca poco verosímil cuanto le acontece a Iván, además del encuentro con un amante de los galgos y conocedor de ciertos detalles sobre la “víctima y verdugo de uno de los crímenes más reveladores del siglo XX”, muchos lectores, en especial los cubanos que ya peinan canas, se verán en esas páginas.

Son muy superiores los compartimentos dedicados a Trotski y Mercader. Liev Davídovich y Ramón cobran vida y hasta se les puede tocar y sentir. Padura va asociando, hilvanando las hebras de diferentes sucesos históricos. El lector verá cómo, desde “el destierro impuesto por Stalin a Trotski en 1929 y el penoso periplo del exiliado (Siberia, Turquía, Noruega, Francia, México), desde la infancia de Mercader en la Barcelona burguesa, sus amores y peripecias durante la Guerra Civil, o más adelante en Moscú y París, las vidas de ambos se entrelazan hasta confluir en México”. Gracias a ese tejido queda en manos del lector (precisemos: en las manos del lector cubano) terribles pasajes y paisajes que les fueron escamoteados a lo largo de su vida:

Ramón Mercader del Río llegó a Cuba en 1974. Este hombre, entrenado por la inteligencia soviética para eliminar al gran enemigo de la revolución, muere de una muy rara enfermedad en 1978. Solo unos pocos conocían su verdadera identidad. Era un hombre cuya historia personal debía permanecer sepultada. Soldado, verdugo, víctima; quienes tenían el control de los hilos atados a sus brazos y piernas determinaron que una isla del Caribe era el lugar idóneo para los días finales de su vida. Hubo un diálogo, un acuerdo entre partes. Nosotros no decimos cree, decimos lee.

Cómo es mejor el verso aquel
El hombre que amaba a los perros no será uno de esos libros que pasará sin penas ni glorias. Padura tiene lectores incondicionales, personas de puro fierro decididas a desafiar la lógica de la publicación, distribución, promoción y venta de nuestras editoriales. Pero no todo es color de rosa, también tiene detractores, muchos; algunos critican su estilo, la estructura de sus novelas, el lenguaje… dejemos fuera otros aspectos esgrimidos, a fin de cuentas La Verdad es asunto de puntos de vista, de confrontación de ideas, y Leonardo Padura está haciendo lo suyo a tiempo y sonriente. Lo cierto es que, contrario al pronóstico de los amigos a quienes Padura siempre les da los manuscritos una vez terminados, el libro está en manos de muchos lectores, muchos lectores cubanos. Y muchos de ellos están a la espera de un intercambio, análisis o una conversación sobre nuestra historia o pasado más reciente en ocasiones eludida, aplazada. ¿Acaso El hombre que amaba a los perros no es una buena manera de establecer, con preguntas y respuestas arduas y a pesar de la distancia entre los interlocutores, ese diálogo? Este podría ser uno de los comentarios de Padura ante la duda de algún lector: “Yo no creo que mis respuestas sean la única verdad, pero son al menos una parte de la verdad o pueden servir, en la confrontación con otras, para acercarnos a la verdad. Lo escabroso [dijo Padura; el entrevistador le pedía disculpas por considerar escabrosas las preguntas], lo escabroso en realidad es que muchas veces, cuando das una opinión, alguien —oficial o paraoficialmente— pueda llegar a acusarte de lo que se le ocurra para tratar de dañarte o devaluarte, y eso yo lo he sufrido en carne propia.”

Nada mejor que una cita de la novela para concluir esta pentagonía. Dice Daniel Fonseca Ledesma (o Dany, amigo de Iván y su pupilo literario): “Por más que corras y te escondas, el miedo siempre te alcanza.”

* Las citas no solo han sido tomadas del libro El hombre que amaba a los perros (Tusquets Editores, 2009 / Ediciones UNION, 2010), de Leonardo Padura. Hay otras que forman parte del diálogo que sostuvo el autor con Jorge Fornet y un nutrido grupo de lectores en la sala Manuel Galich de Casa de las Américas, una tarde de septiembre de 2009, a propósito de la publicación y distribución de la novela en España. Otras citas pertenecen a la intervención de Padura Fuentes en la presentación de su novela en la Sala Nicolás Guillén de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, así como a respuestas de la entrevista “Una sociedad que está cambiando exige pensarse a sí misma”, concedida a Daniel Díaz Mantilla (narrador, poeta y editor), publicada en la revista La Letra del Escriba (julio-agosto de 2009).

CERVANTES: Claves de SENTIDO tras


De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de
«Las Cortes de la Muerte»”

por Rafael Álvarez Rosales


Uno de los capítulos más sui generis de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha lo constituye el XI. Esta condición excepcional puede justificarse en la aparente gratuidad argumental que plantea con relación al principio estructurador del conflicto quijotesco: los lances como caballero en su tercera salida y el desencantamiento de Dulcinea del Toboso. Efectivamente, el capítulo XI no tiene que ver de modo explícito con esta travesía hacia el rescate de la amada y la disolución del hechizo que la ha convertido en vulgar aldeana ante los ojos del manchego, como tampoco está relacionado con el tópico ya conocido de las aventuras heroicas. Sin embargo, sí puede hablarse de una continuidad dialógica entre la última parte del capítulo X y la primera del XI, suerte de puente que trenza la conversación inconclusa entre Don Quijote y Sancho sobre el desengaño en las apariencias, la tristeza y la apatía que ambas incitan.

Don Quichotte et le char de la mort, 1935. André Masson

Don Quichotte et le char de la mort, 1935. André Masson

El Caballero de la Triste Figura prosigue en un estado de ensimismamiento, luego de comprobar con sus propios ojos, cómo la mala saña de los encantadores se ha cebado nuevamente en su persona para desgracia de sí mismo y de su querida Dulcinea. Porque son los encantadores los (presuntos) responsables del trastoque de la realidad que percibe y le es hostil; negación y transferencia de lo fatal hacia aquellos que lidian con las artes oscuras y que cumplen el rol de oponentes en el esquema mental que se traza Don Quijote. Adjudicación esta, por cierto, que no aparece por primera vez en la segunda parte del libro, sino que se viene arrastrando desde la sección que le antecede.

Apesadumbrado, ausente, la desesperanza del héroe cervantino frisa la abulia: “(…) y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que sin sentirlo soltó las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer la verde yerba de que aquellos campos abundaban” (Cervantes 711). Se puede decir que este episodio, junto al precedente, marcan el inicio de la espiral de desengaños que devienen en la recuperación de la cordura de Don Quijote, y su posterior deceso.

Sancho, que desea animar el espíritu de su amo, lo conforta para que deponga su abatimiento: “Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias” (711). Y no es hasta que el escudero maldice a Dulcinea por ser la “causa” de congoja de su señor que Don Quijote recupera un poco el temple de su carácter para mandarlo a callar por su deliberada blasfemia.

Queda restablecido el diálogo una vez que se esclarece el equívoco que Sancho ha creado sobre la belleza de Dulcinea del Toboso: “me pintaste mal su hermosura: porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de ceja” (712). La rectificación en torno al asunto de la belleza de Dulcinea, nos da acceso a la modelación que Don Quijote hace de los atributos, en este caso físicos, de su amada. Recordemos que él nunca la ha visto, piensa –erróneamente que Sancho Panza ha gozado del placer de su presencia y de ahí que lo haya enviado como mensajero a pedir noticias suyas. Su apasionamiento es “de oídas”, al verídico estilo de los lances de héroes de la literatura de amor cortés. La inexistente Dulcinea, en tanto receptáculo, es ajena al proceso de idealización y consecuente veneración de su figura. La construcción de sus dotes y rasgos distintivos, por parte de su amado, proviene igualmente de códigos del amor cortesano, por ejemplo: la insistencia en el “deber ser” de unos ojos verdes responde a una convención epocal en la que ese color denotaría la ascendencia aristocrática de la dama. En este asunto se debaten cuando llega

una carreta que salió al través del camino cargada de los más diversos y estraños personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. (713.)

Don Quijote y Sancho se encuentran atónitos ante este “espejismo” escalofriante que en diagonal avanza. En el ambiente campestre empiezan a infiltrarse flujos premonitorios que se conectan con el tono siniestro de la llegada al Toboso en el capítulo IX. Estamos en presencia del primer estadio de extrañamiento que padecen caballero y escudero frente a la incógnita sobre ruedas, “que más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan” (714).

Los miembros del carro son recitantes de la compañía de Angulo el Malo.1 En el octavo día2 de las celebraciones por el Corpus Christi, van de un poblado a otro para representar Las Cortes de la Muerte, atribuido a Lope de Vega.3 Cada uno de ellos, por razones de comodidad y premura, lleva puesto el atuendo del personaje que interpreta.

Arribamos entonces al segundo estadio de extrañamiento: la descontextualización espacial y por consiguiente icónica (vestuario) de quienes ejecutan el acto recitativo. En otras palabras, aparecen en una geografía ajena al medio concreto, de acceso público, con el que se les suele asociar: la plaza en tiempo de desfile o carnaval (Bajtin mediante). No sólo eso; visten ajuares propios de la puesta teatral, lo cual descoloca el procesamiento que hacemos de la visión del conjunto. Esta maleabilidad en las formas nos muestra el lado humano y real del día a día de los actores ambulantes, y deja ver también el desenfado con que se digiere el por religioso, solemne, asunto de los autos sacramentales, en un tiempo llamado a ser igualmente afectado o pomposo como el de la festividad que conmemora la simbólica comunión de los feligreses con el misterio del cuerpo y la sangre de Cristo.

Cervantes parece sugerir la coexistencia no jerarquizada de prácticas culturales que fusionan, en una misma y polisémica unidad, lo alto con lo bajo, lo sagrado con lo profano, conceptos estos que responden a una parametración moral, que no estética, de la literatura. Nociones como “lo sublime” y “lo ridículo” emergen anexadas a temas que la (auto)censura de autoridades eclesiásticas ya sancionaba como positivos o deleznables desde el Medioevo.

De cualquier modo, la ausencia de gravedad en el itinerante grupo frente a su propia y simbólica apariencia, excita una reacción que, en su ensayo teórico “El arte como artificio”, el formalista ruso Viktor Shklovski acuñaría como “desvío” o “extrañamiento” (остранение), suerte de desautomatización o ruptura significado-significante de sistema.

Pareciera esta escena una extensión de la farsa del encantamiento de Dulcinea. ¿Cuánto hay de libertad o libertinaje en estos figurantes? En palabras de Gorfkle, este grupo “it stands in contrast to all the well-ordered and established world. Its members live outside the sphere of conventions and rules and enjoy certain license, enjoyed by all during the time of the carnival” (45).

Luego del menester que es “tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño”, frase pronunciada por el Quijote y que conecta con uno de los temas distintivos de esta segunda parte del libro, descubrimos la confesada simpatía que le profesa a la “carátula” (máscara) y a la “farándula”, congenialidad que guarda una tristísima raíz irónica, ya que él mismo, Don Quijote de la Mancha, es la representación de un papel en vida: “Alonso Quijano adopta el disfraz de caballero andante, y con ello disuelve, aniquila, su propia personalidad (…) va a tratar de remontar la corriente del tiempo, devolver la sociedad moderna en la que ha nacido a una edad más primitiva y gloriosa” (Durán 79-80). Mundo-máscara, ocultamiento, locura.

A continuación irrumpe en cascabeleo altisonante la figura más polémica de la carreta, un actor vestido de bojiganga, mezcla de saltimbanqui, bufón y loco, que en su supuesta función como velador de la senda por la que transita la procesión católica durante la festividad del Corpus, despeja el camino, amaestra al populacho en su anarquía callejera, asusta, espanta, fustiga a los espectadores y niños con su látigo rematado en vejiga de bovino. Su desempeño, que podríamos describir como sado-lúdico, más tiene que ver con el desparpajo del carnaval que con la austeridad de la procesión. Y es este igualmente anatópico “personaje” el que llegándose a Don Quijote comienza a

esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles; cuya mala visión así alborotó a Rocinante (…) Sancho, que consideró el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio y a toda priesa fue a valerle; pero cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Rocinante, que con su amo vino al suelo. (Cervantes 715.)

El inesperado enfrentamiento es quizá la incidencia más significativa del episodio. Los latigazos que espantan a Rocinante y provocan la caída de Don Quijote –caída que prefigura su declive y muerte-, invocan desde la tangibilidad del golpe, las fuerzas reproductivas de la naturaleza. El bojiganga se regodea en la materialidad de los que hace colisionar, vejigas contra la tierra; regodeo en la materialidad misma de la existencia, que pretende celebrar el inicio de la primavera, y con ella la regeneración simbólica de la vida, la restauración de la fertilidad agrícola.

Pero el despropósito va más allá. Huye sobre el asno de Sancho Panza en dirección al sitio que acogerá la próxima fiesta, y en el camino parodia la caída que Don Quijote acaba de sufrir. Su mimética y bufonesca escenificación lo encasilla en el marco de la farsa. Farsa de sí mismo como actor y del rol que interpreta. Paradójicamente, como había pasado con Don Quijote, no podemos ver al hombre que da vida al personaje, sino al personaje mismo que ha ocupado al hombre todo. Cuando hace su entrada, la transfiguración ya ha tenido lugar.

Don Quijote es situado frente a su imagen especular: el otro como desdoblamiento reaccionario de sí mismo, anticipación del encuentro con el Caballero de los Espejos. No es este el doble idealizado como “su igual”, Amadis de Gaula; el moharracho opera como mirror image que extiende el reflejo de su locura. El loco transmutado en caballero traba contacto con el actor transmutado en loco: “era lógico y casi obligado que Cervantes se aplicara en su segundo Quijote a un plan de agotar las posibilidades narrativas de la locura paradójica, con su peculiar juego de ambigüedades y de inversiones dialécticas” (Marquéz Villanueva 92).

Quijote quiere revancha por la afrenta padecida, imponer un castigo aleccionador a los que andan con aquel que ha burlado su dignidad. El Sancho (más prudente) de esta segunda parte intenta sugestionar el encendido ánimo de su señor, aportando tres argumentos de peso. El primero de ellos la numerabilidad de los oponentes; el segundo, la licencia de libertad-libertinaje con la que cuentan los faranduleros en tiempo de celebración, protectorado del que gozan por parte del poder condescendiente: “nunca se tome con farsantes,4 que es gente favorecida: recitante he visto yo estar preso por dos muertes, y salir libre y sin costas” (716). El tercer argumento está relacionado con el código marcial de los caballeros andantes. Atacar a una turba donde “entre todos los que allí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún caballero andante” (717), conllevaría a un incumplimiento y vulgarización de los principios y procederes caballerescos. Es este criterio, ingeniado desde la propia lógica que mueve los resortes de acción de Don Quijote, el que termina por convencer al manchego sobre la inviabilidad de su proyecto, y lo induce a ignorar, por incorregibles, las acciones del bojiganga.

Pero tal y como el episodio inicia con una atmósfera de pesadumbre heredada de la peripecia del capítulo anterior, extiende su curso y desenlace hasta mediados del XII. La misma arquitectura retórica que une al X con el XI, vincula al XI con el XII a modo de puente. Este otro puente dialógico se sostiene en una sola reflexión, promovida por lo acontecido con la carreta de Las Cortes de La Muerte: el sentido teatral de la existencia, un tema que aparece abordado en capítulos posteriores como los que acogen las bodas de Camacho, el retablo de maese Pedro, los sucesos del palacio ducal y el derrocamiento de Sancho como gobernador de su Ínsula, por solo citar algunos ejemplos. En el debate se erigen dos visiones filosóficas: la vida como teatro, propuesta por Don Quijote, y la perspicaz réplica de Sancho, la vida como juego de ajedrez. Aparentemente contrapuestas, guardan elementos en común: la transitoriedad de la existencia, “el juego” que es la fugacidad de la vida, y el carácter democratizador de la muerte.

Al decir de Casalduero, “(…) como el actor representa un papel en el teatro, así el hombre en el mundo; termina la representación para el actor, recobrando éste su verdadera personalidad, y al hombre le llega la muerte, liberándose de toda forma cambiante” (245-246). Es esta internalización de la vida como puesta en escena la que pone el colofón al episodio, que, como he intentado demostrar anteriormente, no puede considerarse como una unidad enclaustrada en sí misma.

Después de un estudio detenido del capítulo once, no es plausible secundar la tesis de una discontinuidad temático-estructural e incluso argumental con relación no sólo a los que le preceden y suceden, sino también con relación a la segunda parte toda. “De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de «Las Cortes de la Muerte»” condensa muchos de los tópicos que son recreados en capítulos posteriores como la desilusión, el desengaño, el extrañamiento, la locura, la teatralidad y la muerte. Sirvan estas líneas como una invitación a la lectura simbólica de este texto, y su entramado, sólo en apariencia inexpugnables.

Don Quichotte, 1952. Germaine Richier

Don Quichotte, 1952. Germaine Richier

OBRAS CONSULTADAS

Bajtin, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Trad. Forcat y Conroy. Madrid: Alianza Universidad, 1987. Print.

Casalduero, Joaquín. Sentido y forma del Quijote. Madrid: Ínsula, 1949. Print.

Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Ed. Francisco Rico. 2 vols. Barcelona: Crítica, 1998. Print.

Cervantes Saavedra, Miguel de. El coloquio de los perros. Ediciones Linkgua, 2011. Web.

De Vega, Lope. Las cortes de la muerte. Ed. Menéndez Pelayo. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Web.

Durán, Manuel. “El Quijote a través del prisma de Mikhail Bakhtine: carnaval, disfraces, escatología y locura.” Cervantes and the Reinassance. Ed. Michael McGaha. Pennsylvania: Juan de la Cuesta Hispanic Monographs, 1980. 71-86. Print.

Gorfkle, Laura J. Discovering the comic in Don Quixote. University of North Carolina Press, 1993. Print.

Iffland, James. De fiestas y aguafiestas: risa, locura e ideología en Cervantes y Avellaneda. Madrid: Vervuert, 1999. Print.

Iffland, James. “Don Quijote ante Las Cortes de la Muerte: reflexiones sobre la intertextualidad festiva.” eHumanista/Cervantes 1 (2012): n. pag. Web.

Mades, Leonard. “El auto de «Las cortes de la muerte» mencionado en «El Quijote».” Revista Hispánica Moderna 34, 1968: 338-343. Print.

Márquez Villanueva, Francisco. “La locura emblemática en la segunda parte del Quijote.” Cervantes and the Reinassance. Ed. Michael McGaha. Pennsylvania: Juan de la Cuesta Hispanic Monographs, 1980. 87-112. Print.

Shklovski, Víktor. “El arte como artificio.” Teoría de la literatura de los formalistas rusos. Ed. Tzvetan Todorov. Trad. Ana María Nethol. México D.F.: Siglo XXI, 1978. 55-70. Print.

Vidal, César. Diccionario del Quijote. Barcelona: Planeta, 2005. Print.

1Andrés de Angulo, apodado “el Malo”. Natural o vecino de Toledo (impreciso). Actor y empresario teatral cuya compañía fue una de las más populares hacia el último tercio del siglo XVI. Ya Cervantes lo había mencionado en El coloquio de los perros para diferenciarlo de otro Angulo, “no autor, sino representante, el más gracioso que entonces tuvieron y ahora tienen las comedias” (Cervantes Saavedra 77). El porqué de esa zancadilla que el autor del Quijote trata de perpetuar, constituye aún intriga y reto para los estudiosos.

2 Para esta fecha las compañías de teatro, luego de haber recorrido las principales cabeceras del país, iban entonces por el campo para extender la representación de los autos hacia aquellos pueblos de difícil acceso.

3El auto de Lope constituye la libre versión dramática de las medievales “Danzas de la Muerte” y escenifica la confrontación del hombre (Emperador, Caballero andante, Dama hermosa), terminado el ciclo de la vida, con figuras como el Tiempo, el Pecado, la Locura, el Diablo, y la misma Muerte, que preside la funesta corte y, en su imperio igualador, desprovee de rangos, clases, distinciones, a sus víctimas. Sólo a través de un genuino arrepentimiento de los pecados cometidos en vida o de la demostración de una praxis asentada en las enseñanzas del cristianismo, puede salir ileso el enjuiciado de esta terrible prueba.

4El calificativo vuelve a aparecer en boca de Sancho al inicio del capítulo XII. La referencia no sugiere esta vez una desprofesionalización de los recitantes, sino la inautenticidad de las indumentarias que visten: “Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes –respondió Sancho Panza- fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata” (718). Con este parlamento se da continuidad al tratamiento de la dicotomía apariencia-realidad, que es una de las más enfatizadas a lo largo y ancho de la obra.

OLVIDÓ que me QUERÍA

 

TIEMPO DE HIBERNACIÓN propone un fragmento de la novela Olvidó que me quería, de Miguel Ángel Fraga.

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Odlanier caminaba ensimismado, avergonzado, pero con el estómago satisfecho. Eran las nueve de la noche de un sábado y la Rampa estaba poblada de juventud. Podría encontrarse por casualidad con alguna de las amigas de Desabel y obtener información sobre su novia, pero dieron las diez, las once, y las doce sin rastro alguno.

En el Malecón se unió a un grupo de roqueros y charló sobre su bregar mientras probaba por primera vez la mejor yerba llegada de Jamaica. Los muchachos no quisieron adelantarle nada, se miraron en complicidad y resolvieron no inmiscuirse en el problema. ¡Agua, la niña de los ojos azules!, gritó uno de ellos y en desbandada se desvanecieron tirando el sobrecito con los restos de la yerba.

El carro patrullero se detuvo cerca de Odlanier. Dos oficiales de la PNR, con cara de pocos amigos, le exigieron la identificación. Hojearon varias veces el documento y le preguntaron su nombre y la dirección donde residía. Quisieron saber qué hacía en el Vedado si vivía en Centro Habana. Aquí no queremos noctámbulos, dijo envalentonado el más joven de los policías, un chiquillo recién llegado de la zona más oriental del país. Pa’ su casa si no quiere pasar la noche en el calabozo.

Odlanier guardó su carné de identidad y al echar a andar tropezó con una mujer esbelta de rostro anguloso, maquillada como para carnaval, y que, al parecer, andaba como él, desorientada. La mujer lo miró y se puso algo nerviosa. Se agachó para recoger el bolso que se le había caído, pero Odlanier se le adelantó primero.

Gracias por tanta caballerosidad. ¿Buscas compañía?

No me gustan los hombres –dijo Odlanier, que había descubierto (tan tonto no era) que se trataba de un travestido, esos que acostumbran a pulular en la zona del Vedado y el Parque de la Fraternidad a la caza de bugarrones.

No me rechaces que yo no muerdo. ¿Qué? ¿Tuviste problema con el cuerpo nacional de vigilancia? Al lado mío no vas a tener ninguno, son mis amigos. He sido enviada a la estación tantas veces que ya perdí la cuenta. He dormido con la mayoría de ellos, por no decir con todos, una nunca puede generalizar. Conocen de memoria mis datos, mis antecedentes penales y actos delictivos. Ahora ni me toman en cuenta. No sé el tiempo que hace que no se la chupo a un policía. Ninguno quiere saber de mí, dicen que se las araño con los dientes. Es que me excita tanto el uniforme… –Odlanier siguió caminando sin hacer más caso a los disparates del travestido–. Oye mulato, no te vayas, mira que la policía los ha espantado a todos. Si quieres, cambio de conversación…

Odlanier no escuchó el resto. Apuró el paso y cruzó la avenida. No soportaba a esa gentuza ni en pintura. Al dejarlo atrás, aminoró la marcha. A cien metros se encontró con dos de los roqueros, sofocados y violentos.

¿Dónde está la yerba?

¿Cuál yerba?

Oye tú, no te hagas el que no sabes. La recogiste cuando se fue la monada. Pasamos por ahí y no encontramos na’. ¡Devuélvela!

Yo no he cogido nada, se lo juro, no sé nada.

Uno de ellos sacó una navaja. Volvieron a interrogarlo. Se veían nerviosos y ya les había tomado mucho tiempo recuperarla. El más pequeño trató de tomarlo por la espalda. Odlanier lo pateó para demostrar sus habilidades marciales. El de la navaja se le echó encima. El mulato logró esquivarlo y le torció la mano hasta que soltó el arma. El travesti, que no había dejado de seguir al muchacho, recogió la navaja del suelo y preguntó:

¿Quién coño es el que quiere pelea?

Los chiquitos quedaron perplejos al ver a una loca marimacha. Ahora la lucha sería pareja, pero el arma había pasado al otro bando. Decidieron, a su pesar, dejar la cosa como estaba, no sin antes, en un descuido, patearle los testículos a Odlanier. Se alejaron corriendo y se volvieron para gritarle que ojalá lo hubiesen capado, que se lo merecía por ladrón y tarrú. Su novia se había acostado con cinco de los de su grupo y pariría un hijo en nueve meses sin saber quién era el padre.

Odlanier no supo qué le causó más dolor: si la patada en los huevos o enterarse de cómo se divertía Desabel. Quedó doblado con la cabeza apoyada en la acera y los ojos cerrados. La que iba a ser su futura esposa no sólo se había entregado a Lovilli, sino que se revolcó con media Habana. El travestí se arrodilló a su lado y lo incorporó. Odlanier lo rechazó con violencia.

Mal agradecido, si lo único que trato es ser amable. Así me pagas. Lo quieras o no, me debes una, mulato. Si no fuera por mí, estarías desangrándote como un cordero. Por aquí no se ve ni un alma que hubiera podido hacerte el favor de llevarte al hospital. Sólo yo: esta pálida materia que exorciza la noche. Vamos, arriba la moral, que no se diga que aquí no hay un hombre. Lo peor ya pasó, respira hondo, así. No creo que tenga que acompañarte al Cuerpo de Guardia, estás entero. ¿Qué piensas hacer? No me digas que vas para tu casa, porque cara de sueño no tienes y tampoco pienso que hayas creído lo que dijeron esos sobre tu novia. Porque si es cierto que quedaste estéril y tu novia te dejó plantado, lo más recomendable es que te cuelgues del ventilador del techo. Vamos, sonríe, que era una broma. Pero… tú tienes problemas sentimentales; a ver, mírame a los ojos. Sí, lo veo en tu rostro. Si son sentimentales, por medio hay una falda: tu novia. ¿Piensas casarte con ella pronto, verdad? No soy espiritista, sino astróloga y cartomántica. ¿Qué signo eres? ¡Aries! El primero del zodiaco, alaba’o, el más difícil. Con ustedes los Aries hay que tener mucho cuidado. Son testarudos hasta más no poder. Cuando se empecinan en una idea, aunque no tengan razón, tenemos que dejarlos por incorregibles. ¡Qué caprichosos son! Tú eres Aries con ascendente Piscis, naciste en la segunda mitad de Marzo y eso te hace soñador. También voluble. Piensas una cosa y haces lo contrario. Eres meticuloso, serio para los estudios, te gusta practicar deportes y también eres vegetariano… ¿Qué cómo lo sé? No te acabo de decir que soy astróloga. Mi arte son las estrellas y la adivinación, si quieres te digo la carta astral y el estado biorrítmico. Te aseguro que vas a quedar fascinado con lo que vas a descubrir de tu persona, cosas que ni tú mismo sabes. Las estrellas no mienten. Eso sí, tiene que ser en mi estudio porque con el ruido del mar no puedo concentrarme. Oye niño, no te asustes, no estoy proponiéndote nada deshonesto. Yo soy muy seria en mi trabajo y tengo muy buenos clientes intelectuales y gente famosa. Los tengo también del departamento de Seguridad del Estado y hasta del Instituto de Meteorología, cuando no se aclaran con los partes del tiempo. ¡Ay, qué torpeza la mía! Habla que te habla y no me he presentado. Soy Maridalia. El nombre me lo puse porque me encanta la cantante puertorriqueña que cantaba con La 440. ¿Que no la conoces? ¿Cómo la vas a conocer si a ti lo único que te interesa es la música americana? Tu cantante preferido es Bon Jovi, a que sí…

Con lo que la chica sabía sobre él, ni siquiera se dio cuenta de que el dolor había pasado y ahora caminaba cada vez más interesado en el monólogo del travesti. Quería saber hasta qué punto aquel individuo podía saber más de su vida que él mismo. Era asombroso que hubiera adivinado que era vegetariano y que Bon Jovi era su cantante favorito. Poco más y le dice el número de serie de su carné de identidad. Se preguntaba cómo podían existir personas de este tipo si el materialismo dialéctico imponía otras verdades. Él nunca creyó en esas cosas; sin embargo, hoy le parecía que su vida dependía de ellas. Se detuvieron ante un edificio de la calle 25, entre J y K.

Aquí vivo yo, en el último piso.

Su cara mostró una expresión de vacilación: era bien diferente que le dijeran cuatro cosas por el camino a permanecer un tiempo más o menos largo con un ser místico, de apariencia charlatana y, para mayor desgracia, maricón. ¿Lo reconocería alguno del barrio? Ya era casi la una de la madrugada. El cederista que hacía su guardia nocturna se hizo notar desde la esquina con una linterna. Maridalia comenzó a sentirse incómoda ante la duda de su presa y agitando nerviosamente el bolso miró la hora en su reloj. El vecino de vigilancia solo tendría una vaga impresión de su fisonomía, semejante a la de tantos otros mulatos de La Habana que usaban cabello trenzado como el suyo. Subieron por las escaleras y llegaron a un pequeño apartamento en la azotea del edificio.

A un lado de la puerta había un tronco pequeño de madera, a medio tallar, con un platillo de cerámica que contenía monedas de diferentes países. Mientras Maridalia ordenaba el interior de la vivienda y encendía velas e inciensos, le indicó que colaborara con los espíritus astrales y que dejara caer alguna monedita en el platillo del santo africano.

Es el protector de mi morada dijo y las monedas que más le gustan son los centavos americanos. Si no tienes puedes echarle una monedita INTUR que tiene el mismo valor que el dólar, o si no, una moneda con la imagen del Che porque el santo también es comunista. Después se dirigió a la cocina y desde allí le ofreció té porque sabía que era eso lo que tomaba. Pero se equivocó.

A esta hora no tomo nada, gracias.

Ante la negación, Maridalia se sentó frente a él, cruzó sus largas piernas y comenzó a estudiarlo en silencio mientras se fumaba un cigarrillo mentolado. Odlanier comenzó a inquietarse. El maricón tenía razón, siempre hacía lo contrario a lo que quería. Qué hacía sentado en un sofá de mimbre en la casa de un homosexual con quien había tropezado en la calle y que lo único que buscaba era sexo.

¿No tienes nada que preguntarme? inició Maridalia el diálogo.

Me trajiste aquí para contarme no sé qué cosas sobre mi vida. Estoy curioso por saber qué es lo que sabes de mí.

Todo, o casi todo. El resto lo dirán las cartas –y continuó observándolo.

Al parecer no tenía intención de comenzar la consulta. No se veían cartas, ni caracoles, ni bola de cristal por ningún lado. Terminó con el cigarrillo y encendió el segundo.

Naciste en Ciego de Ávila, pero te criaste en La Habana. Desde pequeño fuiste muy listo para los estudios, terminabas los cursos con sobresaliente y tienes alrededor de un centenar de pepillas puestas pa’ tu cartón, pero no le haces caso a ninguna. Sólo tienes ojos para una, tu novia, que se te perdió hace unos días y estás buscándola desesperadamente. ¿Me equivoco?

Odlanier se paró de un salto.

¿Tú eres bruja o qué?

Soy astróloga, no te lo repito más. Siéntate que acabamos de empezar. En realidad me sorprende que no nos hayamos encontrado antes, yo soy… cómo te lo podría explicar… Tu otra mitad, el ente vedado a tus sueños, el desdoblamiento de tu personalidad. Ambos teníamos que enfrentarnos alguna vez. La fuerza telepática funciona, y mira dónde nos topamos: en el Malecón, el lugar más surrealista y onírico de la ciudad. Allí pasa de todo. Sí, no me mires así, es la verdad. Obsérvame bien, voy a dar unos pasitos para ver si te recuerdo a alguien.

Se levantó con gracia y se paseó un rato contoneando las caderas. Dio un giro, se puso la mano en el pecho y caminó en dirección a Odlanier. Se apartó el pelo de la frente y se inclinó cuanto pudo para provocarlo.

¿De verdad que no te parezco familiar?

Odlanier negó con la cabeza. Lo que en realidad le parecía era una loca de armas tomar. Maridalia se sacó los rellenos de las tetas y se bajó el escote para mostrar su pecho velludo. Al comprobar que el mulato seguía con cara de circunstancia se apartó, alzó su vestido y echó fuera los rellenos de las caderas y el trasero. Ahora Odlanier, intrigado, parecía asistir a un striptease un tanto peculiar. Maridalia regresó a su lado y, tomándolo de la barbilla, con una mirada hipnotizadora le dijo bésame. El beso duró sólo un par de segundos. Odlanierle arrancó la peluca y gritó:

¡Cojones, tú eres Lovilli!

Recordó de golpe cuando trabajaban en la Escuela al Campo. Lovilli se había disfrazado de mujer para divertir al campamento, y en aquella ocasión, por jodedera, le había dado un sonado beso en la boca que agotó la risa de los espectadores con la misma actuación cursi y lasciva que había empleado ahora. Después se corrió la bola que Odlanier era maricón porque se había dejado besar por un hombre. Sin embargo, de Lovilli nunca se habló en esos términos porque él andaba detrás de las chiquillas y no se preocupaba por hacer elección, le daba igual blanca que trigueña, negra que mulata, china, jabada, india o albina. Hasta la media boba de Merisloydi entró en su currículo, la cuatro ojos de Oydalis y la gorda Surami. Siempre alardeó de ser el que ligaba más hembras, aunque de físico era el más feo de la escuela. Odlanier, en cambio, virgen, atractivo y educado le gustaba cumplir con sus deberes y no se fugaba de los turnos de clase. Para los alumnos de las escuelas de Centro Habana eso era síntoma de debilidad masculina. El beso de jodedera que le plantó Lovilli lo marcó como maricón durante un tiempo hasta que empezó a practicar karate y los compañeros de curso dejaron de molestarlo porque no les gustaban las patadas y los puñetazos que recibían cuando lo llamaban pato, pajarito, cherna, mariquita o maricón.

Esta vez no se puso colorado ni se refugió por vergüenza en un rincón. Quizá porque no había testigos o había madurado. El beso de Lovilli ni le bajó ni le subió la presión; lo tomó con el sentido de humor con que debió haber tomado el beso aquel para evitar las burlas de sus compañeros.

Tienes tremenda peste a boca, asere fue el comentario que hizo y empujó al amigo.

Se recostaron en el sofá con la cabeza echada hacia atrás y empezaron a reírse a carcajadas. En medio de sus contorsiones, Odlanier se volcó sobre Lovilli y comenzó a golpearlo en una lucha lúdica. El falso travesti trató de defenderse y siguió la parodia, ahora cojeando porque había perdido un zapato. Corrió por la pequeña pieza en busca de un lugar dónde esconderse mientras gritaba con voz afectada:

¡Mi marido me quiere pegar, auxilio! Llegó a la casa y no encontró la comida lista ni los niños durmiendo. Papi, perdóname, es que me entretuve conversando con la manicura. ¡Ay, suéltame, no me pegues, bruto!

Al tomar un respiro, ya eran amigos otra vez. Lovilli ni sabía lo que parecía: el vestido por la cintura, el pecho descubierto y con los sostenes colgándole de un lado, las medias rotas, el maquillaje corrido embadurnando su cara y sin peluca. Era un miembro más del club de los monstruos.

Te va mejor de mujer que de hombre, el narizón lo disimulas y no pareces tan frontudo.

Lovilli le explicó por qué había preferido ocultarse tras la máscara de travestí. Era el mejor disfraz para un pobre diablo perseguido. Le juró al amigo, por su madrecita santa, que no le había hecho ningún daño a Desabel, que en verdad trató de besarla, pero ella le dio una mordida tan fuerte en la oreja derecha que se le pasaron de inmediato las ganas. La gente inventó lo de la violación por culpa del sangramiento. Prefirió no comentar, por el momento, sus sospechas sobre la antropofagia de Desabel, buscaría una mejor oportunidad para hacerlo. Tampoco comentó el récord de natación que había impuesto ni su llegada a Haití porque estaba a punto de reconsiderar la aventura como un sueño. Nadie le creería y lo que más necesitaba en estos momentos era no quedar como mentiroso. Sí le confesó que en su desafuero sexual se había templado a la mujer de su padre y que los había sorprendido en la cama en plena faena. Pasó por alto el por qué se calentó con su madrastra, esperaba que fuera el propio Odlanier quien, si lo quería, le contara su aventura con la mujer. Le dijo que el padre había jurado matarlo si lo encontraba y no se atrevía a regresar a la casa para evitarle mayores disgustos a su madre que debía estar angustiadísima, la pobrecita. Esta era la casa de un puntito homosexual que él se singaba cuando le bajaba la racha bugarrona, porque los maricones, en la vida real, mamaban la pinga mucho mejor que las mujeres. El tipo estaba en el Cotorro, en casa de su compromiso, y en un acto de solidaridad le dejó las llaves del apartamento. Fue aquí donde encontró tanta ropa, maquillaje y accesorios femeninos que se fue al Malecón a tomar el fresco y para demostrar sus habilidades como experto en camuflaje.

Eso es todo concluyó y le dio una palmada al amigo en el muslo.

Se levantó y fue a preparar un cigarrillo. Preguntó dónde había dejado el bolso y al encontrarlo extrajo de él un sobrecito de papel cartucho. Lo abrió y mostró la yerba que se les había perdido a los roqueros. Él lo había visto caer al suelo, y para recogerlo, sin levantar sospecha, tropezó con Odlanier sin percatarse de que era su amigo. Al comprobar que su camuflaje era efectivo, decidió divertirse y provocar a Odlanier para saber hasta dónde era capaz de resistir su espectáculo.

Ahora fumaban los dos y se reían por pura inercia. Odlanier se fue relajando. Por primera vez en tantos días había dejado de pensar en Desabel; estaba a gusto con Lovilli que, aunque siempre le diera sorpresas, acababa disculpándolo, mucho más ahora que mostraba un aspecto hermoso y ambiguo.

De verdad, te ves muy bien de mujer le confesó Odlanier y le sopló un beso.

 

Los DÍAS y el POLVO

 

por Diego Ordaz

 

 
 

[Fragmentos]

 

Desde luego que yo sabía aún más de la extraña vida de Valeriano, todos en la Unión Ganadera lo comentaban. Papá se lo platicó a mamá mientras ella peinaba su largo cabello húmedo olor a champú de jojoba, yo almorzaba cereal; mamá se lo repitió a mi tía, yo jugaba al Atari; mis primos y mis hermanos se burlaban de ello y yo soltaba una risilla al recordar la fotografía que había armado y arrojado al escusado.

Valeriano estaba casado, tenía tres hijos: Jesús, Cecilia y Fernando. Los tres eran idiotas. Jesús había matado un niño en su auto Nova de llantas anchas; Cecilia era una obesa que hablaba con la lengua entre los dientes: cuando niños, a solas, entre los corrales, me preguntaba con su imbécil hablar ¿te gustan las películas para adultos? Ferny siempre fue sucio, como cualquier inadaptado o trastornado. He pensado que mucho lo aturdía la vida moderna, pero no para alejarse de ella, sino, curioso y maravillado, la siguió hasta que se convirtió en uno de sus más refinados y contundentes monigotes. Vestía camiseta con manchas de aceite, pantalón Dickies exageradamente grande y tenis Fila con la cinta sin sujetar. Es imprudente, Janeth, como la versión de La Fonsi en masculino, pero sin la posibilidad de vender su cuerpo.

Lo imagino ahora, ya muy adulto, llegar un 24 de diciembre a un KFC a punto de cerrar, con los pulgares metidos en las bolsas frontales del pantalón y suplicar a la púbera empleada que no cierre, que quiere pollo y biskets. Lo veo subir sin precisar el rumbo en los camiones urbanos, comiendo el pollo que altruistamente la granienta empleada le regaló.

 

 […]

 

 Valeriano me traía la noche, Janetísima, la noche. Su bigote saliente, que adiviné como salpullido en mis hombros y mi nuca, me hizo pensar en que su cabeza tenía precio “Se busca. Recompensa $ 10,000 dólares. Vivo o muerto”. Sentí en mi diástole-sístole su Wrangler ajustado, las botas de armadillo y la camisa semiabierta que dejaba ver su vello y el crucifijo de oro. Vi su lengua lenta humedecer el papel: liaba un cigarrillo para mí.

Cambió de tema, me habló de la ciudad que yo bien conocía, “cruzando la calle, en la esquina, está el correo”. Introdujo apenas la cartografía del centro: del Monumento a Juárez a La Catedral, del Café la Nueva Central al cine Dorado 70. Fue cada vez más específico: Hotel del Río, Hotel Avenida, Hotel AREMAR, Hotel Monumento, Hotel Mariscal, Hotel Posada Juárez, Hotel Omare. Dijo que deseaba ducharse, dormir, afeitarse, ver televisión, seguir bebiendo, descansar, quitarse las botas, “10 minutos después llegas tú, preguntas por el cuarto de Valeriano Robles”.

Sus ojos, ya sin lentes, eran moros, sus pestañas, largas y gruesas. Sigo recordando su rostro girando, a menudo lo imagino así mientras camino, atrapado en un tornado líquido de Dorotie, yéndose infinitamente por el girar del agua, en el escusado, hacia otro mundo tan parecido a éste.

 
 

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